En el 250 aniversario de su independencia, el imperio americano parece acechado de nuevo por el fantasma del comunismo. Lo que ayer fueran los Metternich, Guizot y el Zar son hoy Trump, Leavitt y Musk, los demócratas moderados y los periodistas de Fox News, unidos en Santa Alianza contra lo que el presidente ha denominado “la mayor amenaza en la historia de América”.

El comunismo, nos explicaba la portavoz de la Casa Blanca, es enemigo de “las tres P sobre las que se construye Estados Unidos”: Policía, Prisiones y Propiedad Privada. “Puedes ser leal a Karl Marx o leal a América”, abundaba Trump con sorprendente precisión doctrinal. Hay más claridad sobre lo que es el comunismo, pensaba yo al oírlos, en la Casa Blanca que en la de Enrique Santiago. Elon Musk, por su parte, llamaba a recuperar la Communist Control Act de 1954, elaborada en plena caza de brujas MaCarthysta, arguyendo que el comunismo posee “el mayor cómputo de muertos de cualquier filosofía”. En su discurso del 4 de julio, Trump ofrecía una síntesis: “Se está produciendo un resurgimiento de la amenaza comunista en nuestro país, que incluye a parte de los recién llegados que abrazan ideas totalmente contrarias a nuestro modo de vida y a nuestro gran éxito […] No dejaremos que esto suceda […] América nunca será un país comunista”. Y concluía, lapidario: “El comunismo es como un cáncer: hay que extirparlo”.

Habrá quien diga que esto es pura neurosis, que el fantasma del comunismo invocado por los poderes americanos es todavía mayormente etéreo, que el temido DSA no deja de ser una organización reformista o que el objetivo inmediato de Trump no es otro que demonizar a sus rivales burgueses del Partido Demócrata. Pero en cierto sentido algo similar podría decirse de 1848: cuando Marx y Engels escribieron su Manifiesto, que apenas leyó nadie hasta casi treinta años después, los comunistas genuinos podían contarse, en el mejor de los casos, por centenas. Lo que ambos casos tienen en común es el hecho de que algo parece estar moviéndose en esa dirección: embrionario, lento y difuso, sí, aún cobijado bajo un caparazón externo, sí, aún ligado a los intereses y formas organizativas de otras clases. No hay que caer en optimismos baratos, claro, ni olvidarse de separar el grano de la paja. Pero nunca, si nos atenemos a las encuestas, han sido el socialismo y el comunismo tan populares entre la población americana, especialmente entre su juventud; nunca en la historia del país ha habido una organización autodenominada socialista con tantos miembros como el DSA –que con sus 120.000 afiliados actuales superó hace unos días al histórico Partido Socialista de Eugen Debs.

Ese “movimiento real” del que hablaran Marx y Engels no avanza siempre en línea recta ni viene al mundo ya bajo una forma acabada: por el contrario, nace habitualmente de la mano de otras clases, aún tutelado e inmaduro, y se desarrolla bajo una incertidumbre permanente: cada nuevo paso puede acabar siendo un avance o un repliegue, cada nuevo reto es un dilema, cada fallo puede dar lugar a un estancamiento de décadas, perpetuando esa inmadurez o sellando su compromiso con la burguesía. El camino hacia la independencia política de la clase trabajadora –no confundir con la autonomía de un pequeño grupo– es, en definitiva, espinoso. Las garantías inmediatas no existen, que no es más que otra forma de decir que todo puede acabar siendo una mierda. Pero la tarea de los marxistas consiste en luchar porque ese movimiento se funda con el socialismo, porque adquiera las formas necesarias para confrontar y enterrar realmente el orden burgués. No hay alternativa, en ese sentido, a recorrer el camino, tal y como quede configurado por las diferentes características de cada territorio y contexto. Las de EEUU, sobra decirlo, son especialmente complejas: escasa tradición socialista, décadas de intensa histeria anticomunista y aplastante hegemonía cultural burguesa, fuerte represión, un territorio inmenso y muy heterogéneo, un sistema electoral diseñado para asegurar el dominio de dos grandes cárteles capitalistas, las dádivas que su posición imperialista permite ofrecer, una dictadura burguesa especialmente bien diseñada y asentada en un temible aparato burocrático-militar, etc. Todo lo anterior hace inevitable que el punto de partida fuera, en este caso, singularmente atrasado –requiriendo, por parte de los revolucionarios, tácticas y enfoques adaptados a tal contexto, el cual, conviene recordar, no es universalizable.  

Así, al abordar la cuestión que nos ocupa, es importante hacer ciertas aclaraciones. Aunque sus políticas actuales puedan tener mucho en común (cabiendo ambas bajo el concepto de “socialdemocracia”), igualar el DSA con los partidos del “populismo de izquierda” europeo (Podemos, la Francia Insumisa de Melènchon, el Labour de Corbyn, Syriza) resulta, a mi juicio, impreciso. Son fenómenos de diferente naturaleza. DSA es más orgánico y masista, y recuerda a los compases iniciales del movimiento obrero europeo, cuando este todavía se mantenía bajo el manto del liberalismo –el ala izquierda de la burguesía– y veía cómo ante sus organizaciones se esbozaba, con claridad creciente, la disyuntiva entre la independencia política o proseguir con la colaboración de clases, contando en su interior con pequeños contingentes de revolucionarios dispuestos a empujarlo en la dirección correcta. El populismo europeo, esa flor de un día, fue más bien una respuesta pequeñoburguesa-radical a un contexto de crisis política y económica, erigida sobre una serie de liderazgos carismáticos —Iglesias, Corbyn, etc.—que lograron capitalizar brevemente el descontento, ganando un amplio apoyo de masas, sin formar por ello ningún tipo de estructura estable y reprimiendo con dureza todo disenso “radical” interno y toda voluntad de construir una organización desde la base. Desaparecido el líder o el tirón original –que solo se mantiene en Francia–, se desvanecieron sin apenas dejar rastro. La diferencia clave radica, por lo tanto, en su naturaleza en tanto que movimientos. DSA está abiertamente dividido en dos alas, reformista y revolucionaria, e imbricado con el pequeño repunte del asociacionismo obrero y el sindicalismo en EEUU, las iniciativas locales de solidaridad con los migrantes, instituciones comunitarias de diversa índole, etc. Y no cuenta, por el momento, con una burocracia derechista orientada a represaliar, marginar y expulsar a las voces radicales o simplemente cualquier disenso, ni está del todo subordinada a un líder o camarilla. Por decirlo con un ejemplo: Pablo Iglesias era Podemos –de hecho, sigue siéndolo– y Melènchon es la Francia Insumisa, pero Mamdani no es el DSA, en el que ni siquiera posee un puesto directivo (pertenece a la sección neoyorquina, una de las más masivas y reformistas). Asimismo, en 2016 y 2019 DSA se benefició del impulso de las campañas socialdemócratas de Sanders, pero no depende de este, que ni siquiera es miembro (de hecho, el DSA ha prohibido formalmente el sionismo dentro de su organización). También podríamos decirlo a modo de hipótesis: si alguna vez surge un partido obrero independiente en EEUU, es probable que sus semillas estén en el DSA actual, igual que, por ejemplo, las raíces del socialismo alemán estuvieron en la Unión de Sociedades Educativas Obreras, donde los trabajadores seguían yendo de la mano de la burguesía liberal. Desde luego, no puede decírselo mismo de Podemos, el Corbynismo y similares. Es importante, sin embargo, no confundir las semillas con las flores. Nada garantiza que las semillas dejen de ser eso, semillas, cobijadas en tierra hostil, atadas al imperialismo del Partido Demócrata, que todo acabe siendo poco más que un enorme bluff o que incluso quede completamente diluido. Todo avance real vendrá mediado por luchas políticas cuyo resultado es incierto.

En rigor, no hay un DSA sino dos, pues se trata, como decíamos, de una organización escindida entre un ala reformista y un ala revolucionaria. El ala reformista es hoy dominante, y determina por ello su política oficial –a ella pertenecen, claro está, las figuras más conocidas, como Mamdani. Aunque la propuesta original de su fundador, el anticomunista Michael Harrington, tiene hoy escaso predicamento, las fracciones dominantes siguen buscando de facto valerse del Partido Demócrata confiando en empujarlo hacia la izquierda, conseguir el mayor número posible de representantes electos, etc. El DSA actual mantiene, por lo tanto, una alianza con el ala izquierda de la burguesía. De ahí los aplausos que reciben por parte de los advenedizos de Sumar y otros personajes de la misma ralea.

El ala revolucionaria, por su parte, es un compuesto heterogéneo formado por grupos como el MUG (Marxist Unity Group), que aboga por romper con el Partido Demócrata para construir un partido marxista unificado en base a un programa revolucionario, los m-l de Red Star y Springs of Revolution o los trotskistas de Reform & Revolution, por nombrar solo a los más prominentes. Muchos de estos grupos provienen de pequeñas sectas, otros nacieron en torno a blogs sobre teoría revolucionaria (como Cosmonaut, origen del MUG) e iniciativas similares. Comparten, grosso modo y mediando muchas diferencias tácticas y conceptuales, la voluntad de separarse de los Demócratas y generar un partido revolucionario de masas, destruir el Estado americano para erigir un Estado obrero y comenzar el proceso de construcción del socialismo. Son comunistas, vaya, y en su conjunto componen hoy, con todas sus diferencias y conflictos internos, el grueso del movimiento comunista estadounidense, a quien le queda por delante –como en todas partes–, un largo proceso de clarificación. Lo que queda fuera, por otro lado, son sectas de diverso tipo y el histórico Partido Comunista de EEUU, cuyas posiciones están por lo general a la derecha del DSA.

Por curioso que pueda resultar, estos grupos se han beneficiado del laxo y descentralizado modelo de partido americano –generado para asegurar que cada sección de la clase propietaria pudiera tener voz propia–, en base al cual han podido unirse, formando fracciones autónomas, a una organización socialdemócrata que poseía ya un cierto arraigo de masas, exponer libremente sus planteamientos, criticando la línea oficial del partido y a sus principales exponentes, y aumentar de forma notable su influencia, ganando incluso un importante número de puestos en el Comité Ejecutivo tras el último congreso. Al mismo tiempo, han logrado generar un ecosistema realmente nutrido de blogs, revistas, podcasts, etc., que constituye una de las esferas públicas comunistas más vibrantes del presente –lo que por desgracia no es decir mucho–, en la que se discute con profundidad de prácticamente todo. Invito a quien me lea y no esté muy familiarizado con el fenómeno a hacer un ejercicio: que piense las críticas intuitivas que le surgen ante el DSA y luego consulte los medios de estas fracciones. Lo que encontrará son esas mismas críticas –incluyendo, probablemente, hasta aquellas que no tengan demasiado sentido–, pero elaboradas abiertamente y de forma sistemática.

Decíamos, vaya, que algo se mueve en el terreno americano, tan hostil históricamente a nada que huela a socialismo. Así, el DSA actual no es siquiera el mismo que hace una década: ha habido un giro a la izquierda. Resulta instructivo, en este sentido, consultar las encuestas realizadas en 2013, 2016 y 2021, donde se pedía a sus militantes que eligieran las etiquetas ideológicas con las que se sentían representados. En 2016, el número de quienes se describían como “sanderistas” era el 32%; en 2021, la cifra bajó hasta el 19%. El porcentaje de autodenominados “socialdemócratas” descendió igualmente desde el 32% (2016) hasta el 16% (2021), frente a un 58% que pasaba a sentirse cómodo con la etiqueta de “socialista”, sin apellidos dudosos, un 38% que se autodefinía como “marxista” y un 27% como “comunista”. Asimismo, el porcentaje que se definía como “Demócrata” pasó del 39% en 2013 al 19% en 2016, desplomándose hasta el 9% en 2021. Lo anterior –por mucho, claro está, que haya que coger con pinzas lo que cada uno de esos términos significa para quien se los adscribe– ha tenido su reflejo en el creciente poder orgánico de los grupos radicales, mediadores políticos de esta deriva, que pasaron desde la irrelevancia de 2016 a componer de facto la mitad de la dirección tras el Congreso de 2025, y por un giro a la izquierda de sus posiciones programáticas. Las bases políticas del DSA siguen lejos de un programa marxista, pero abogan ya, como informaba este periódico, por: “la abolición del Senado, del Tribunal Supremo y de la presidencia [esto es, de la Constitución Americana], sustituyéndolos por un ejecutivo y un poder judicial subordinados al Congreso; la abolición de las “fuerzas carcelarias del Estado capitalista”; retirar la financiación al Departamento de Guerra; la amnistía universal para inmigrantes; y la expropiación de las grandes corporaciones”. Por insuficiente que sea, cabe notar que esta clase de giro hacia la izquierda impulsado desde la base y enriquecido por el debate permanente hubiera sido imposible dentro de la forma cuasi-monárquica de partidos como Podemos y similares, cuyo modelo de participación plebiscitaria recuerda más a personajes como Luis Napoleón que a nada que huela a socialismo. Sirva como ejemplo también el modo en que Corbyn ha conseguido, en su caza de brujas contra las pequeñas organizaciones revolucionarias, convertir Your Party en cuestión de meses en una secta reformista irrelevante.

Pero también aquí hay que ser cuidadoso: al margen de cuáles hayan sido sus beneficios colaterales, el modelo americano de partido que DSA ha heredado es del todo inapropiado para una organización obrera, pues se trata de un modelo diseñado para asegurar que cada cargo electo se deba antes a sus contribuyentes de campaña o “sus electores”, ese concepto difuso, en lugar de a la organización. Por esa vía, claro, no se puede llegar muy lejos –como saben bien las fracciones revolucionarias, que tanto insisten en esta cuestión. Sin medios para convertir realmente, por medio del debate abierto y los procedimientos internos necesarios, la diversidad en unidad de acción y las resoluciones en decisiones absolutamente vinculantes para todos sus miembros –el centralismo democrático, muy resumidamente– no hay partido que valga. En ese sentido, conviene rebajar los entusiasmos oportunistas y recordar que no todo es el número de miembros: el DSA actual sigue estando, tanto política como organizativamente, muy por debajo del Partido Socialista de Debs, que era una organización independiente con una estructura propia. Y lo que es aún peor: ni siquiera eso impidió su posterior deriva oportunista.

El anterior, por prominente que sea, es solo uno de los muchos obstáculos que atentan contra cualquier avance en la dirección correcta. La dinámica mediática y política burguesa, con su unidad de represión y cooptación, conspira por todas partes para la marginación de los grupos radicales y la integración de cualquier forma de oposición dentro del corral de lo aceptable para el capital y el Estado. Los compromisos claudicantes, la colaboración de clases y similares tienen en esta dinámica su principal promotor: se encumbrará a los líderes moderados y televisivos, se demonizará a los radicales y se usará alternativamente el palo y la zanahoria para intentar que todo quede en agua de borrajas –en el ala izquierda del Partido Demócrata, básicamente, sumando una serie de socialdemócratas electos en alguno de los lugares menos reaccionarios del país, o incluso en la desaparición. Reconocer esto, y asumir que su probabilidad es grande, es estricto realismo. Pero también lo es decir que la lucha de clases no se detiene, que ninguna maniobra puede anular los antagonismos a los que responde, que la burguesía y sus agentes no son omnipotentes, y que la posibilidad del avance de las posiciones revolucionarias es real. Quien predetermina la derrota está tan preso de las dinámicas políticas burguesas como el socialdemócrata que ve en el reformismo el único horizonte posible.

En definitiva, la lucha de clases dentro de la propia DSA es una de las formas más avanzadas de la lucha de clases en el seno del imperio americano, y los revolucionarios que trabajan en su interior tienen por delante enormes desafíos. Quien aplauda con las orejas su forma actual, socialdemócrata, tratándola como un modelo definitivo, está entre los adversarios: lo importante es lo que el movimiento puede llegar a ser. O se está con el liderazgo reformista actual o se está con la causa revolucionaria: las dos alas no pueden conciliarse. Y digo el movimiento, y no las siglas per se, porque un resultado óptimo pasaría por romper con lo que acabaría revelándose como liquidacionismo, socialchovinismo, etc. (a nivel histórico, la “escisión del socialismo” es irreversible mientras exista un ala leal al Estado burgués). Así, la disyuntiva fundamental es la siguiente: ¿seguirá el movimiento conformando una organización difusa que funcione como ala izquierda de los Demócratas o avanzará, desterrando a los reformistas, hacia convertirse en un partido socialista independiente y centralizado? ¿Adoptará un programa revolucionario? ¿Logrará ubicarse como la cabeza política de un auténtico movimiento obrero independiente? En realidad, Trump lo expresó bien: ¿serán leales a Karl Marx [léase: a la clase trabajadora internacional] o leales a América?

En su lucha por tratar de avanzar en la dirección correcta, los comunistas tendrán que enfrentarse a los peligros paralelos de la integración socialdemócrata –congraciándose con lo existente como único horizonte viable, aceptando ser el ala izquierda del liberalismo, etc.– y el aislamiento sectario –perdiendo cualquier arraigo de masas, y traicionando con ello el propósito de construir un partido de clase–, a la vez que tratan de depurar su proyecto, todavía lastrado por diversos elementos doctrinarios, y reflexionan muy seriamente sobre cómo podría sobrevivir el movimiento a una escalada de represión estatal que a buen seguro Trump y los suyos están ya cocinando. Luchas y dilemas que, desde luego, nos interpelan a todos los comunistas.