En junio de 1959, el párroco unionista Ian Paisley dio en Belfast un encendido discurso contra… una heladería. El problema no eran los helados, claro. El problema era que se trataba de una heladería regentada por un italiano, y por lo tanto un elemento de “infiltración papista”. Sus seguidores captaron rápidamente el mensaje: la heladería ardió, otros comercios y hogares católicos fueron saqueados, y los pogromos lealistas se extendieron por la ciudad.

Además de párroco, Paisley fue fundador del DUP (Democratic Unionist Party), a día de hoy partido mayoritario entre los protestantes de los seis condados irlandeses que Gran Bretaña sigue ocupando. El término “espiritualmente israelí”, popularizado por las redes sociales, define bien a sus bases. El espíritu colonial puede tomar formas diferentes, pero sin abandonar jamás ciertas similitudes de fondo. Los caracteriza una defensa militante de sus privilegios, una ansiedad permanente sobre los movimientos de la población oprimida, una aguda conciencia de lo precario de su posición. La continuidad entre quienes hicieron arder la heladería en 1959 y quienes han extendido el furor racista por las calles de Belfast durante las pasadas semanas es, en ese sentido, directa y plena –hablamos, esencialmente, de un pogromo unionista. La comunidad católica, moldeada por la experiencia de la opresión nacional y la lucha contra esta, tiene más líneas de defensa contra la reacción, por más que, por desgracia, tampoco sea del todo ajena –ningún grupo nacional lo es, y pretenderlo es encerrarse en mitos debilitantes– a la expansión del nativismo (contra el cual solo el internacionalismo consecuente y organizado es una auténtica vacuna).

Pues más allá de los casos particulares, lo que une todos los pogromos de los últimos años es la mentalidad imperialista, que nunca se agotó en el mero expansionismo, sino que incorpora un proyecto de estratificación interna de la fuerza de trabajo y cohesión de la población bajo el mando de “su” burguesía. Los defensores del imperialismo siempre confiaron en pacificar a sus propias clases populares ofreciéndoles los frutos de la opresión de una subclase racialmente definida; la misma que, como nos recuerdan hoy los portavoces de la socialdemocracia, “hace los trabajos que nosotros no queremos”. Al mismo tiempo, el sujeto marcado como inferior funciona también como chivo expiatorio perfecto: la oligarquía puede desplazar el descontento hacia ellos, la clase media en descomposición puede proyectar sobre estos sus pánicos y ansiedades, e incluso la rabia de los trabajadores puede redirigirse convenientemente en esta dirección.  

El pogromo, en ese sentido, es un fenómeno con dos aristas. Por un lado, canaliza hacia el que ha categorizado como extraño las miserias y frustraciones del “nativo”, sirviendo como una incendiaria válvula de escape. Por otro lado, reafirma salvajemente la estratificación, sirviendo como mecanismo de sometimiento y terror. El comunista americano Harry Haywood nos lo recordaba en su análisis de los linchamientos: en ellos, la turba blanca recordaba a los negros del Sur que no debían osar considerarse humanos.

De ahí el evidente placer con el que Elon Musk, primer billonario de la historia e hijo orgulloso de la Sudáfrica del apartheid, saluda cada nuevo pogromo y llama sin pudor a la guerra racial. Su colega Thiel, teórico de la dictadura directa de las corporaciones, se crió a su vez en la siniestra excolonia alemana de Swakopmund, donde también imperaba la subyugación total de la población negra.  El futuro soñado por nuestros oligarcas es uno en el que las poblaciones occidentales acepten abandonar la lucha de clases en favor de una sagrada “unidad nacional” que tenga su Otro en el sujeto racializado, el alborotador socialista y la potencia enemiga que toque. No hablamos ya de los desmanes de cuatro lunáticos en Belfast, sino de algo que los EEUU han convertido en política oficial, mientras la UE pretendidamente liberal recorre el mismo camino. El gobierno laborista de Keir Starmer, en su compromiso con EEUU e Israel, la austeridad y el militarismo, fabrica diariamente una alfombra roja para que un futuro gobierno de Reform, presidido por la histérica sonrisa de Farage, pueda reclutar a quienes hoy queman hogares de migrantes para un ICE a la británica. Mientras tanto Andy Burham, la esperanza blanca del Labour, afirmaba el otro día estar de acuerdo con Farage en la cuestión migratoria. Todo en orden en el viejo imperio.

Replicando el patrón de lo sucedido hace dos años en Gran Bretaña, los días de pogromos feroces han recibido respuesta bajo la forma de multitudinarias protestas antifascistas. Sindicatos, plataformas antirracistas, organizaciones republicanas y socialistas se han unido en Belfast, Glasgow y Brighton para recordar al fascismo que las calles no son suyas y lanzar un mensaje de solidaridad, mientras la policía custodiaba a los pequeños grupos racistas desbordados por la multitud. Un ejemplo saludable, sin duda. Sin embargo, más allá de lo inmediato la cuestión resulta más compleja, y apunta a varios dilemas reales. 

Hablamos, claro, de dilemas estratégicos. Stand Up to Racism, parte clave de la convocatoria de las protestas en el lado británico, es una suerte de frente impulsado por los trotskistas del Socialist Workers Party desde coordenadas que no distan demasiado del liberalismo, buscando un enfoque lo suficientemente laxo como paro no alienar a los laboristas y sus socios. Unite, el principal sindicato de las protestas, sigue afiliado al Partido Laborista (a pesar de haber reducido notablemente sus donaciones al partido hace solo unos meses), el mismo que hace gala de su dureza contra los migrantes, persigue la solidaridad con Palestina y, dicho sea de paso, rechaza de pleno la reunificación de Irlanda. El dilema, por lo tanto, es que desde estas coordenadas la voluntad de confrontación con el fascismo acaba atada a fuerzas que reproducen incesantemente sus condiciones de posibilidad, generando un círculo vicioso en el cual el enemigo tiene cada vez mayores márgenes de maniobra. En el lado irlandés, por su parte, el socialdemócrata Sinn Féinn ha acabado fiándolo todo al lento avance electoral dentro de los márgenes políticos establecidos por el acuerdo con Gran Bretaña, con años de gobiernos de coalición de impronta claramente anti-proletaria, mientras en el Estado de Irlanda acentúa su perfil sistémico e incorpora incluso demandas anti-migratorias.

Con estos mimbres es difícil, por decirlo de algún modo, enfrentarse a lo que viene y de hecho ya está aquí, bajo la forma de tambores de guerra, autoritarismo rampante y auge de la reacción, desde una perspectiva emancipatoria eficaz. Las movilizaciones antifascistas de los últimos días son un indicio de que en Irlanda y Gran Bretaña sigue existiendo energía para combatir a la ultraderecha, y las masivas muestras de solidaridad con Palestina han demostrado que existe también voluntad de confrontar la agenda imperialista de nuestros gobiernos. Pero las luchas corren el riesgo de mantenerse encerradas en una rueda de hámster (con rendimientos decrecientes) si no va gestándose, en ellas y más allá, una creciente independencia con respecto a la agenda de la oligarquía en todas sus formas, y lo que es lo mismo: con respecto a nuestros Estados y sus partidos leales. Es posible y necesario que la respuesta frente al autoritarismo, el auge fascista y el militarismo se articule en términos de independencia de clase, que los trabajadores vuelvan a aparecer como bloque frente al programa de la burguesía, y que los sectores más avanzados, a la par que impulsan el proceso, puedan unificarse para ofrecer una alternativa socialista –esto es, una política independiente– frente a un capitalismo en declive. El camino no es fácil, pero la ruina reciente de Your Party, que pasó de 600.000 inscritos a la nada absoluta en tan solo unos meses, muestra que el que ofrecen las burocracias reformistas ni siquiera es transitable.