Este domingo llegó la primera ola de calor del verano: temperaturas asfixiantes, noches que no refrescan y un auténtico infierno para la clase trabajadora, que debe afrontar esta situación en las peores condiciones. El verano ya no llega como una estación: llega como una amenaza.

El apartado del clima en prensa aparece separado del de política o sociedad, como si fuera el decorado de fondo de un paisaje sobre el que nadie tiene responsabilidades y frente al que poco se puede hacer.

Sin embargo, lo cierto es que la frecuencia y la dureza de las olas de calor no han dejado de aumentar, y que lo que se presenta como una fatalidad es en realidad el producto de un sistema capitalista que tiende a destruir, como nos recordaba Marx, las dos fuentes de riqueza: el trabajo y la naturaleza. El cambio climático hace que las olas de calor se vuelvan cada vez más intensas y que los récords diarios de temperatura se disparen; las primaveras y los veranos se adelantan y se prolongan. La temperatura media global se sitúa ya casi 1,5 ºC por encima de los niveles preindustriales; los últimos once años han sido los más cálidos jamás registrados y la temperatura de océanos y mares está en máximos históricos. Conviene mentalizarse: este verano, que se augura atroz, será el más fresco de los que vienen.

Las consecuencias para la clase trabajadora son devastadoras. En las ciudades, el anuncio del calor es el anuncio de días insoportables y la noche, que debería traer descanso, se convierte en una larga negociación con el sudor y la temperatura asfixiante, en casas sin aire acondicionado, donde familias enteras viven en habitaciones con apenas ventilación. Es el anuncio de ir al trabajo apretados en autobuses y metros en los que nunca está del todo claro si habrá ventilación o no, o si tocará esperar en medio de la calle. Son los críos de clase trabajadora encerrados en aulas a 30 grados. Son las discusiones en el trabajo por conseguir que se instale un ventilador o por reducir las horas de trabajo al sol en aquellos empleos que se desarrollan en la calle. Las muertes de trabajadores obligados a trabajar a pleno sol durante olas de calor volverán a conocerse este verano porque mientras unos contemplan el verano desde terrazas y piscinas, otros lo hacen desde andamios, carreteras y campos abrasados.

En el campo se contiene la respiración ante la posibilidad, como cada verano, de nuevos incendios que destrozarán vidas, pueblos y entornos naturales. Incendios a los que seguirá el reparto de culpas, donde las competencias son utilizadas como arma arrojadiza; donde los políticos profesionales, mientras todo arde, harán lo de siempre: desviar el foco de las causas reales, buscar falsos culpables y rechazar cualquier explicación estructural del problema. Conviene buscar la explicación en la reducción de cuadrillas durante el invierno, en el mantenimiento de plantillas temporales de trabajadores que se juegan literalmente la vida por cuatro duros entre subcontratas, convenios precarios y contratos temporales, mientras la prevención se trata como un gasto estacional y solo se movilizan recursos suficientes cuando el monte ya está ardiendo. Pero también en la crisis ecológica y en la brecha territorial, con territorios cada vez más despoblados, donde el monte deja de formar parte de un tejido productivo y comunitario vivo para convertirse en poco más que una fuente de beneficios para empresarios y propietarios, mientras los costes de prevención y extinción los paga la clase trabajadora.

Frente a esta situación, conviene mirar a quienes fueron las apuestas estrella de la socialdemocracia a la izquierda del PSOE: muchos de los gurús del ecologismo y del Green New Deal que hoy ocupan ministerios de un Gobierno que ante la situación que vivimos cada verano y a la que prometieron poner remedio en campaña electoral se dedican a lanzar campañitas tan vergonzosas como «Un verano de cuidado», con las que buscan generar una supuesta «cultura del calor». El quehacer de Tejero y compañía frente a los incendios se ha reducido a tratar de paliar las terribles consecuencias que las olas de calor tienen sobre la clase trabajadora mediante parches imposibles de aplicar. Indicar «protégete, refréscate e hidrátate» a la clase trabajadora en plena ola de calor es poco más que una broma de mal gusto. ¿Cómo te proteges cuando tienes que salir del trabajo a pleno mediodía y esperar el autobús bajo un sol abrasador? ¿Cómo te refrescas en medio de una jornada laboral en una cafetería donde los descansos para ir al baño están medidos y cronometrados? ¿Cómo te proteges del calor cuando al abrir la ventana no cambia nada y descansar es cuestión de renta?

Las recomendaciones de Mónica García (que ya está en campaña electoral para las municipales de 2027) sobre la importancia de «buscar la sombra», «buscar espacios cubiertos» o que, «si tienes aire acondicionado invites a tus amigos a casa», son otro ejemplo de esta apuesta de gobernanza bajo la promesa de «combatir el cambio climático», que se ha convertido en poco más que un intento de maquillar sus consecuencias más terribles. Como si el problema fuera aprender a soportar el calor extremo y no acabar con aquello que lo produce.

Por otro lado, el Ministerio para la Transición Ecológica ha iniciado la campaña comunicativa sobre los incendios de la mano de los ministerios de Interior y Defensa, convirtiendo los incendios también en parte de la agenda militarista y utilizándolos como excusa para reforzar la imagen del Ejército y de la Guardia Civil.

El capitalismo está amenazando con la extinción de la humanidad. No podemos entender las olas de calor o los incendios al margen de la crisis climática, como parte de la crisis del capital. Estos fenómenos nos revelan la incapacidad de la sociedad capitalista para organizar racionalmente su relación con la naturaleza. El capitalismo, como modo de producción que requiere de un crecimiento incesante, demanda cada vez más recursos, y los criterios de organización social solo pueden orientarse hacia aquello que resulta más rentable, no hacia formas de producción más sostenibles. Así se nos muestra cómo la oligarquía, tanto la trumpista, que apuesta claramente por la expansión de combustibles fósiles, como la vestida de verde, es incapaz de encontrar una solución a la crisis climática; mucho menos en un momento de escalada bélica que exige redirigir recursos al rearme de los Estados, así como ampliar modelos de extracción destructivos para la fabricación de armamento.

Frente a quienes utilizan la crisis ecológica como excusa para renunciar a los principios revolucionarios, frente a quienes nos dicen que todo lo que no sea defender el capitalismo verde es infantilismo, nosotras afirmamos, a la luz de sus fracasos, que someter la producción y la organización del territorio a un modelo racional y democrático es la única forma de afrontar la crisis climática. Y para ello debemos politizar aquello que desde la televisión nos presentan como fruto del destino. Exigir que se cumplan y amplíen las normativas laborales de prevención frente al calor, luchar contra quienes se enriquecen alquilando viviendas que saben perfectamente que no son habitables durante el verano, apoyar a los bomberos forestales en las huelgas y luchas que han protagonizado en los últimos años por la mejora de sus condiciones laborales y conectar todas estas luchas con la necesidad de construir un poder político de la clase trabajadora consciente de que, frente al cambio climático, las respuestas cosméticas de la socialdemocracia y la negación militarista de la derecha son igualmente impotentes.