Iruñea y la criminalización del antifascismo
El pasado jueves fue testigo del enésimo intento de criminalización del antifascismo militante. A lo largo de toda la mañana se produjo un goteo de detenciones contra 28 jóvenes antifascistas. ¿Su culpa? Haber impedido que Vito Quiles, el malfamado provocador fascista, vertiera su odio en la universidad del Opus en Iruñea el 30 de octubre del año pasado. No han sido aquellas las primeras detenciones a raíz de esos acontecimientos: ya otros 7 jóvenes habían sido detenidos por la misma razón. Tampoco es nada nuevo en Euskal Herria el odio de la policía hacia el antifascismo militante; prueba de ello son todos los enjuiciados por haber hecho frente al partido fascista Vox en Iruñea, los detenidos del 12 octubre en Gasteiz o la hinchada antifascista Indar Gorri (grupo de aficionados del Osasuna), que en solo dos temporadas ha acumulado 98 detenciones y 351 multas para un total de 229.000€, por no hablar de la violenta carga policial en El Sadar, cuando, con el pretexto de identificar a un aficionado, la Policía Nacional acabó hiriendo a 30, dejando uno de ellos inconsciente.
Sin embargo, en las detenciones políticas que se suelen producir en Iruñea destaca la clara intención de añadir un plus de criminalización a los arrestos. No se puede explicar de otra forma, si no, que agentes de la Policía Nacional hayan entrado encapuchados en un instituto con la intención de detener a un estudiante, o que compañeros suyos hayan acudido a la Selectividad para arrestar un joven que mostraba ‒¡claro está!‒ indicios de que iba a huir. Todo esto teniendo en cuenta que, por lo menos en algunos casos, los detenidos no llegaron siquiera a declarar, de forma que todo el circo montado con los arrestos (incursiones en institutos y en la PAU, agentes con caras tapadas en la comisaría, …) era el pretexto para que recogieran nada más que una citación judicial. El objetivo de esta operación, pues, es criminalizar el antifascismo militante, señalarlo, y deslegitimizarlo. De paso, amedrentar y castigar a los antifascistas.
En los últimos dos años, este tipo de maniobra de señalamiento y demonización se ha convertido en la marca de gobiernos reaccionarios como el de Trump o de sus lacayos en el extranjero (Vox), empeñados en una batalla toda dirigida a ilegalizar y desarmar el antifascismo. No obstante, aquí, no son espantosos ultraderechistas o dictadores los que promueven estas prácticas, sino que policías bajo el control del Ministerio del Interior del gobierno más progresista de la historia, encabezado por el PSOE, y a su vez apoyado por diferentes partidos de la izquierda del capital, ya que solo así ‒dicen‒ se puede erigir un muro de contención contra el fascismo. Al parecer, ese muro de contención lo están levantado con multas, detenciones, peticiones de cárcel, porrazos y bolas de FOAM contra los movimientos antifascistas y revolucionarios. En el mientras, los protagonistas de los pogromos de Hernani o Torre Pacheco, los agresores de migrantes y personas LGTB, los matones de Desokupa, los responsables de violencia policial, y un largo etcétera, siguen a pie de calle, impunes.
Una vez más, la socialdemocracia y la izquierda del capital en general, mientras se llenan la boca con el antifascismo en época de elecciones, renuncian a hacer lo único en lo que podrían aportar: revertir la militarización y los recortes; despenalizar el antifascismo militante; ilegalizar los grupos y partidos fascistas, detener sus jefes, suprimir su prensa y cerrar sus canales de difusión, confiscar sus recursos y desarmarlos. No solo no lo hacen, sino que se dedican una y otra vez a criminalizar el antifascismo militante, el único en grado de erigir un sólido muro de contención al fascismo, que le plante cara en la calle, en las escuelas y en las universidades. En la ofensiva de la oligarquía contra las clases trabajadoras, pues, PSOE y Cía. toman bando con los fascistas: contra los antifascistas.
Pero no todo es oscuridad y no todo es traición. En el último año, en numerosas ocasiones el compromiso antifascista ha dado muchísimos frutos, confrontando el avance del fascismo en las calles y reafirmando la legitimidad de la lucha contra la reacción. El mismo miércoles en Iruñea, miles de personas se movilizaron en solidaridad con los detenidos, demostrando que el antifascismo sigue vivo y en buena salud, a pesar de la represión. Sin embargo, las últimas detenciones lo dejan claro: la lucha contra el fascismo y por los derechos y libertades políticas de la clase trabajadora es necesaria y urgente. Para hacerle frente a los tiempos que vienen, es hora de articular un grande frente antifascista, amplio y de clase, pero que no se deje embaucar por los cantos de sirena electorales de la llegada del fascismo y que defienda y popularice el antifascismo militante. Toda mi solidaridad a los detenidos y represaliados.