Los mismos Estados que levantan muros, financian a los cuerpos policiales fronterizos con los presupuestos más altos de la historia y convierten la inmigración en el eje de sus campañas electorales son, cuando se miran las cifras, los principales fabricantes de las catástrofes de las que huye la gente que llega a sus fronteras. Venden las armas que alimentan las guerras. Drenan, año tras año, más capital del Sur. Han emitido el grueso del carbono que hoy desplaza a millones de personas. Y, después, instrumentalizan el odio al migrante para reforzar el discurso político de la reacción y adoptar medidas autoritarias a placer.

Las armas e intervenciones

El motor más directo del desplazamiento es la guerra, y el mercado mundial de la guerra está dominado por el Norte global prácticamente en su totalidad. Según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), en el quinquenio 2020-2024 Estados Unidos concentró el 43 % de todas las exportaciones mundiales de armamento pesado —más de cuatro veces la cuota del segundo exportador, Francia (en torno al 9,6 %)— y vendió armas a 107 países. Sumando a sus aliados, se ve que Estados Unidos y los países de la OTAN controlan más del 80 % del comercio mundial de armas; los diez mayores exportadores son en más de un 70 % miembros de la Alianza, y si se añaden socios estrechos como Israel (3,1 %) o Corea del Sur (2,2 %), la cuota supera el 75 %. Los cinco primeros —Estados Unidos, Francia, Rusia, China y Alemania— acaparan el 71 % de las ventas.

¿A dónde van esas armas? En buena medida, a las regiones que después generan refugiados. En Oriente Medio y el Norte de África —origen de algunas de las mayores crisis de desplazamiento del mundo—, la mitad de las importaciones de armas las suministró Estados Unidos en 2020-2024, seguido de Italia (12 %), Francia (9,7 %) y Alemania (7,6 %). 

Centroamérica

Pocos casos ilustran mejor cómo una potencia del Norte fabrica su propia migración que el del Triángulo Norte centroamericano

La guerra fría y el intervencionismo estadounidense en Latinoamérica muestran claramente sus efectos en los años posteriores. En El Salvador, la guerra civil (1980-1992) dejó unos 75.000 muertos; en Guatemala, el conflicto que se prolongó hasta 1996 causó alrededor de 200.000 muertos y desaparecidos. En ambos casos, Estados Unidos respaldó a los Gobiernos y ejércitos responsables de buena parte de la violencia, en el marco de su estrategia anticomunista. Cientos de miles de centroamericanos huyeron de las masacres hacia el norte, y se aseguró la no proliferación de los países mediante infinidad de mecanismos tanto económicos como bélicos.

El nacimiento de las maras es un objeto de estudio de interés. Sin trabajo ni estatus legal en barrios pobres de Los Ángeles, jóvenes refugiados salvadoreños fundaron allí, en los años ochenta, la Mara Salvatrucha (MS-13) y nutrieron el Barrio 18. Las dos mayores pandillas transnacionales de América Central nacieron, literalmente, en California, como producto directo de las guerras que Washington había ayudado a alimentar en esa época.

Tras la ley de inmigración estadounidense de 1996 (la IIRIRA), Estados Unidos amplió los delitos que conllevaban expulsión y deportó a cientos de miles de personas. Entre 1998 y 2014 envió a Centroamérica a unas 300.000 personas, decenas de miles sin antecedentes penales (al igual de como sucede hoy en día), a países devastados por las mencionadas guerras. 

El resultado en este caso, fue una de las regiones más violentas del planeta. El Salvador alcanzó en 2015 una tasa de 104-109 homicidios por cada 100.000 habitantes —6.657 asesinatos, la cifra más alta del mundo ese año—, y Honduras había llegado a 92 por 100.000 en 2011. De esa violencia volvieron a huir cientos de miles de personas en las llamadas "caravanas" de la década de 2010, ejemplificando perfectamente que el mayor responsable de todo ello fueron en esencia los Estados Unidos.

Irak y Libia

A pesar del ejemplo concreto, el patrón se repite en muchas otras intervenciones, y lo hace hasta hoy en día a pesar de que las medidas de las consecuencias no sean aún cuantificables. La invasión de Irak de 2003 desencadenó un conflicto que, a lo largo de los años siguientes, desplazó a varios millones de iraquíes dentro y fuera del país. La intervención militar de la OTAN en Libia en 2011 provocó un colapso del estado y el país se convirtió en el principal punto de partida de la ruta del Mediterráneo central hacia Europa —con mercados de esclavos documentados por Naciones Unidas— y la diseminación de armas y combatientes desestabilizó todo el Sahel, que es hoy uno de los grandes focos de desplazamiento del mundo. 

La extracción de recursos

Si las armas explican la huida de la guerra, la extracción explica en gran medida la huida de la miseria. Y aquí los números desmienten frontalmente el relato según el cual el Norte "ayuda" a un Sur incapaz de prosperar por sí mismo. El mecanismo central empleado por las potencias imperialistas para drenar gran parte del valor de la periferia es el llamado intercambio desigual en el comercio internacional.

Las grandes empresas y los Estados del Norte aprovechan su poder comercial y geopolítico para mantener comprimidos los salarios y los precios del Sur, de modo que un país pobre debe exportar cada año mucho más trabajo y más recursos incorporados en sus productos para poder pagar la misma cantidad de importaciones. El resultado es una transferencia neta de trabajo, oculta dentro de las cadenas globales de suministro, que no figura en ninguna estadística de saqueo porque se realiza mediante operaciones de compraventa perfectamente legales.

Un estudio publicado en 2024 en la revista Nature Communications por Hickel et al. ha puesto cifras a esa transferencia. Midiendo los flujos de trabajo incorporado en la economía mundial entre 1995 y 2021, los autores calculan que solo en 2021 el Norte global se apropió, en términos netos, de 826.000 millones de horas de trabajo del Sur global. Para hacerse una idea de la magnitud, esa cantidad equivale a unos 369 millones de trabajadores a jornada completa, más que toda la población activa de Estados Unidos y la Unión Europea juntas, trabajando un año entero para sostener el consumo del Norte.

Valorado a los salarios que se pagan en el propio Norte, ese trabajo apropiado equivalía a 16,9 billones de euros en un solo año, y acumulado a lo largo de todo el periodo estudiado el valor del trabajo drenado supera los 310 billones de euros. 

Para un trabajo del mismo nivel de cualificación, los salarios del Sur son entre un 87 y un 95 % más bajos que los del Norte, una diferencia que no se explica por el tipo de tarea ni por el sector, porque se repite por igual en la agricultura, la minería, la industria y los servicios. Tan brutal es la distancia que un trabajador altamente cualificado del Sur llega a cobrar un 68 % menos que un trabajador poco cualificado del Norte. Así, aunque los trabajadores del Sur aportan en torno al 90 % del trabajo que mueve la economía mundial, solo reciben el 21 % de los ingresos globales.

Esas 826.000 millones de horas representan entre un 9 y un 16 % de toda la capacidad productiva del Sur, que se desvía hacia las cadenas de producción que sostienen el consumo del Norte. El Sur no es pobre porque produzca poco, ya que produce la mayor parte de lo que el mundo consume, sino porque el fruto de ese trabajo se captura sistemáticamente en otro lugar, perpetuando de esta manera una tasa de ganancia (que igualmente sigue decreciendo) en el norte, y la pobreza del sur.

Cambio climático

El tercer mecanismo es el más reciente pero promete superar a todos los demás. El Centro de Monitoreo de Desplazamiento Interno (IDMC) ha contabilizado 359 millones de desplazamientos internos por fenómenos meteorológicos desde 2008, una media de 22,4 millones al año; y 2024 batió el récord con 45,8 millones de nuevos desplazamientos por desastres, casi el doble de la media de la década, con los ciclones como causa del 54 % del total. Hacia el futuro, el Banco Mundial estima en su informe Groundswell (2021) que, de mantenerse las tendencias, el cambio climático podría obligar a hasta 216 millones de personas a desplazarse dentro de sus propios países para 2050. 86 millones de personas en África subsahariana, 49 en Asia oriental y el Pacífico, 40 en Asia meridional, 19 en el Norte de África, 17 en América Latina y 5 en Europa oriental y Asia central deberían ser desplazadas para esa fecha, si no más. Y es una estimación que el propio Banco califica de conservadora, porque solo cuenta el cambio lento y el desplazamiento interno.

Lo decisivo es quién provoca ese calentamiento. El continente africano, que concentra el mayor foco de desplazamiento previsto, es responsable de apenas en torno al 4 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Y según estimaciones de Oxfam, el 1 % más rico de la humanidad genera tantas emisiones como la mitad más pobre del planeta. El propio vicepresidente de Desarrollo Sostenible del Banco Mundial lo resumió al presentar Groundswell: "el informe es un crudo recordatorio del coste humano del cambio climático para los más pobres, que son justamente los que menos contribuyen a sus causas".

El aspecto jurídico además no ampara este tipo de desplazamientos. La Convención de Ginebra de 1951 no reconoce la figura del "refugiado climático", de modo que quien huye porque el mar se tragó su isla o la sequía mató su cosecha no tiene, en la práctica, ningún estatuto de protección al que acogerse, ni aunque sea formalmente. El derecho internacional, escrito por los Estados del Norte a mediados del siglo XX, no contempla la causa que esos mismos Estados están contribuyendo a desatar.

Conviene recordar, además, que el desplazamiento climático no es ajeno a los países del norte, y que se esperan grandes modificaciones también entre estos. En los años treinta, la sequía y la erosión ya convirtieron las Grandes Llanuras de Estados Unidos en un desierto de polvo —el Dust Bowl— y unos 2,5 millones de personas abandonaron la región, de las que cerca de 400.000 se dirigieron a California, donde fueron recibidas con controles de carretera y campos de trabajo miserables.