La cadena de valor mundial de la inteligencia artificial opera bajo una profunda asimetría estructural que divide al mundo entre la fuerza de trabajo invisible que entrena a los algoritmos y el oligopolio tecnológico que fabrica sus componentes físicos esenciales. Mientras el desarrollo de modelos de lenguaje y herramientas automatizadas se promociona como la “cúspide de la innovación moderna”, diversas investigaciones y demandas judiciales aportan pistas sobre un sistema de explotación salvaje. En la base de esta industria, el entrenamiento de modelos mediante el etiquetado de datos, la moderación de contenido “tóxico” y los procesos de supervisión humana dependen de una masa laboral masiva ubicada mayoritariamente en el Sur Global, en países como Kenia, Ghana, Colombia, Filipinas e India. Estas tareas esenciales para firmas como OpenAI y Meta son sistemáticamente externalizadas a través de subcontratistas como Sama, Scale AI, Appen y Teleperformance, aislando a las matrices de las responsabilidad sobre la explotación que generan. 

El costo humano de esta división internacional del trabajo ha sido rigurosamente documentado. El informe titulado Scroll. Click. Suffer, publicado en 2025 por la organización de derechos humanos Equidem, registró 60 incidentes graves de daño psicológico tras entrevistar a 76 trabajadores en Colombia, Ghana y Kenia. Los empleados de estas plataformas se enfrentan diariamente a jornadas agotadoras de entre 8 y 20 horas bajo la modalidad de ‘pago por tarea’, lidiando con cuotas severas y periodos de espera no remunerados. La remuneración económica por este esfuerzo es extremadamente baja, oscilando entre los 1.32 y 3.74 dólares por hora, una cifra inferior al salario mínimo de empleos administrativos básicos en regiones como Kenia. Periodistas de investigación de medios como TIME en 2023 y el programa 60 Minutes en 2024 expusieron cómo OpenAI pagaba de forma indirecta tarifas significativamente mayores a la firma Sama, de las cuales los trabajadores locales solo percibían una fracción mínima.

El impacto más severo de esta dinámica es el daño mental crónico. La exposición continua a material gráfico extremo que incluye violencia explícita, abuso sexual infantil, y necrofilia ha provocado casos documentados de trastorno de estrés postraumático, depresión severa, ansiedad generalizada e ideación suicida, agravados por un nulo apoyo psicológico por parte de los empleadores.

La situación legal de estos trabajadores se caracteriza por la inestabilidad y la falta de derechos fundamentales. De acuerdo con reportes de The Guardian y los seguimientos judiciales de Equidem, se han interpuesto demandas en Kenia y Ghana contra Meta y Sama debido a las condiciones de explotación ilegal y al trauma psicológico no atendido. Las plataformas suelen evitar la responsabilidad directa clasificando a los empleados como “contratistas independientes dentro de la economía colaborativa o gig economy”, recurriendo además a la retención de pagos, despidos abruptos y la represión sindical activa cuando los trabajadores intentan organizarse. Evaluaciones de organismos como Oxford Fairwork y la Institución Brookings coinciden en que “ninguna de las principales plataformas del sector cumple con los estándares mínimos de pago justo o condiciones laborales dignas, extendiéndose estas prácticas incluso a campos de refugiados y afectando, en los casos más extremos, a menores de edad expuestos al mismo tipo de contenido nocivo”.

Monopolio y ganancias millonarias

En el extremo opuesto de esta cadena de suministro, la realidad financiera e industrial es radicalmente distinta. El desarrollo del hardware físico necesario para procesar la inteligencia artificial se encuentra bajo un monopolio casi absoluto concentrado en dos corporaciones estratégicas. En los Países Bajos, la empresa ASML mantiene un control del 100% del mercado de las máquinas de litografía ultravioleta extrema (EUV), dispositivos indispensables para la manufactura de microchips avanzados con nodos inferiores a los 7 nanómetros que utilizan las unidades de procesamiento gráfico de última generación. Cada una de estas máquinas posee un costo de mercado que supera los 150 a 300 millones de dólares, otorgando a ASML una cuota de entre el 90% y 94% del mercado general de litografía a nivel mundial, sin competidores reales en el horizonte tecnológico actual.

Por su parte, la compañía Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) consolida la manufactura física de dichos componentes. Según datos sectoriales provistos por agencias de análisis de mercado como TrendForce y Reuters, TSMC dominó el sector de las fundiciones de semiconductores con aproximadamente el 70% de la cuota global, llegando a fabricar más del 90% de los procesadores más avanzados del planeta para clientes de primer nivel como Nvidia, Apple, AMD y Broadcom. Esta centralización geográfica y corporativa genera márgenes de ganancia extraordinarios.