Antes del auge actual de la inversión en inteligencia artificial, el capitalismo registró varios episodios en los que la aparición de una tecnología nueva vino acompañada de una subida pronunciada de las cotizaciones, una expansión de la capacidad financiada con endeudamiento y una destrucción e valor posterior. En esta casuística se muestra cómo el capitalismo, en su afán de aumentar el beneficio, trata de impulsar las nuevas tecnologías susceptibles de aumentar la productividad, generando momentos puntuales de aumento de inversión con una promesa de retorno mayor a la tasa de ganancia media para la época, para después acabar integrando dichas tecnologías aumentando en cada caso el capital constante (todo lo asociado a la infraestructura principalmente) y destruyendo valor (con sus respectivas consecuencias para la población general) incluso en mayor medida de lo que se ha creado, dado el carácter caótico y ansioso de las inversiones en estos momentos.

El primer gran caso ligado a una tecnología fue la fiebre ferroviaria británica de la década de 1840. En su punto álgido, en 1845, el Parlamento autorizó la construcción de unas 8.500 millas de vía nueva, que exigían una inversión estimada en torno a 294 millones de libras, una cifra cercana al 90 % del producto interior bruto británico de la época. En los años de máxima construcción, 1846 y 1847, el gasto físico en infraestructura superó los 40 millones de libras anuales, más del 6,5 % de la renta nacional, y el capital desembolsado en ferrocarriles pasó de unos 30 millones de libras a comienzos de la década a más de 100 millones en 1849. Las acciones se emitían parcialmente pagadas, de modo que el inversor entregaba solo un pequeño depósito inicial y quedaba obligado a aportar el resto cuando la compañía lo reclamara. Cuando esas reclamaciones de capital llegaron, muchos tenedores se vieron forzados a vender, y hacia 1850 el índice de acciones ferroviarias había caído más de un 65 % desde su máximo. Cerca de un tercio de las líneas autorizadas nunca se construyó. El operador más poderoso del sector, George Hudson, fue descubierto a comienzos de 1849 pagando dividendos con el capital de los nuevos inversores en lugar de con beneficios reales.

El colapso de esta fiebre ferroviaria tuvo un impacto devastador en la sociedad de la época, evaporando los ahorros de miles de familias de clase media y alta que se vieron atrapadas por deudas que no podían asumir. Además, la detención en seco de la rentabilidad, y por ende de la inversión, provocó una recesión que acabó con miles de empleos, sobre todo en el sector siderúrgico y de construcción civil.  

El segundo episodio acompañó a la expansión de la electricidad, la radio y el automóvil en los años veinte estadounidenses. El Dow Jones de Industriales alcanzó un máximo intradía de 381,17 puntos el 3 de septiembre de 1929 y tocó fondo en 41,22 el 8 de julio de 1932, una caída del 89,2 % que no se recuperaría hasta 1954. La relación precio-beneficio del índice S&P Composite era de 32,6 en septiembre de 1929. Una parte de la euforia se canalizó a través de los fondos de inversión, que se apilaban unos sobre otros al comprar participaciones de otros fondos y multiplicaban así el apalancamiento. Vehículos como la Goldman Sachs Trading Corporation o los fondos Blue Ridge y Shenandoah cotizaban por encima del valor de los activos que poseían y vieron desaparecer el valor de sus acciones ordinarias durante la caída. El capital total captado por los fondos de inversión hasta 1929, en torno a 3.400 millones de dólares, representaba menos del 3 % de la capitalización del mercado estadounidense.

Este segundo episodio marcó el prólogo para el crac del 29 y la gran depresión. Con la caída, se congeló el crédito y el consumo, lo que en definitiva provocó que para 1933, una de cada cuatro personas en EE. UU. no tenía trabajo (25% de desempleo aproximadamente), y esto, sumado a que la quiebra de los grandes fondos y bancos se llevó por delante los ahorros de decenas o cientos de millones de personas, la conclusión fue que millones de personas perdieron sus hogares y terminaron viviendo en asentamientos de chabolas conocidos como "Hoovervilles".

El tercer episodio fue la burbuja de las puntocom y las telecomunicaciones de finales de los noventa. El índice Nasdaq Composite alcanzó los 5.048,62 puntos el 10 de marzo de 2000 y cayó alrededor de un 78 % hasta unos 1.114 puntos en octubre de 2002, sin recuperar ese máximo hasta abril de 2015. En los cinco años posteriores a la Ley de Telecomunicaciones de 1996, las operadoras invirtieron más de 500.000 millones de dólares, financiados en su mayoría con deuda, en tender fibra óptica. Se instalaron entre 80 y 90 millones de millas de cable, de las cuales alrededor del 95 % permanecía sin uso en 2001, la llamada fibra apagada. WorldCom había sostenido que el tráfico de internet se duplicaba cada cien días, cuando en realidad lo hacía aproximadamente una vez al año. Corning, el mayor fabricante de fibra, vio su acción pasar de cerca de 100 dólares en 2000 a alrededor de 1 o 2 dólares en 2002, y los ingresos de Ciena cayeron de 1.600 a 300 millones. Entre 2000 y 2002 las acciones de telecomunicaciones perdieron más de dos billones de dólares de valor de mercado, y WorldCom protagonizó la mayor quiebra de la historia de Estados Unidos hasta entonces, seguida por Global Crossing y 360networks.

El estallido de esta burbuja borró cerca de cinco billones de dólares de valor de mercado y dio paso a la recesión estadounidense de 2001. Miles de empresas de internet desaparecieron en cuestión de meses y cientos de miles de empleos se evaporaron en los polos tecnológicos y en las operadoras de telecomunicaciones. El daño fue especialmente agudo para los trabajadores que habían concentrado sus ahorros de jubilación en acciones de su propia empresa, como los de WorldCom, que vieron esos planes reducidos a la nada cuando la compañía se desplomó entre denuncias de fraude contable. El Nasdaq no recuperaría su nivel previo hasta quince años más tarde.