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La mujer y la ciencia bajo el socialismo

En 1969, la URSS tenía casi tantas mujeres ingenieras como ingenieros tenía EEUU en total; en 1985, el 97% de las soviéticas de 40 a 44 años trabajaba.

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Imagen de archivo de un laboratorio en la URSS. Foto: Pinterest
Imagen de archivo de un laboratorio en la URSS. Foto: Pinterest

En 1969 existían en la Unión Soviética 775.000 mujeres ingenieras, según el recuento de William Mandel en su estudio Soviet Women in the Work Force and Professions, una cifra que se acercaba mucho al total de ingenieros que tenía entonces Estados Unidos, que eran unos 870.000, de los cuales apenas el uno por ciento eran mujeres. Estas impresionantes cifras fueron fruto, entre otros muchos factores, de cómo se enfocó y organizó la educación en el bloque socialista en general y en la URSS en particular. Prueba de ello es también el hecho de que, según los registros de matrícula del bloque recogidos por Kristen Ghodsee, en 1970, las mujeres representaban el 39 por ciento del alumnado de las escuelas de ingeniería soviéticas, el 43 por ciento en Rumanía y el 27 por ciento en Bulgaria, mientras que en Estados Unidos, todavía en 1976, solo el 3 por ciento de los títulos de ingeniería recayó en mujeres, una proporción que en 1970 había sido del 0,83 por ciento, de acuerdo con el Engineering Manpower Bulletin de abril de 1981. En química, la distancia era igual de notable, puesto que, según los datos del American Institute of Physics Research Center, entre 1962 y 1964 el 40 por ciento de los doctorados soviéticos en esa disciplina correspondió a mujeres frente al 5 por ciento estadounidense, y aún en 2006 la cifra norteamericana, un 35 por ciento, seguía por debajo de la soviética de cuatro décadas antes.

A ello se sumaba una participación laboral en la que, de acuerdo con las series de empleo soviético publicadas por la Oficina del Censo de Estados Unidos, las mujeres constituían el 51,4 por ciento de la fuerza de trabajo soviética en 1970 frente al 38 por ciento estadounidense, y en 1985 la tasa de actividad de las mujeres soviéticas de entre cuarenta y cuarenta y cuatro años alcanzaba el 97 por ciento, la más alta de Europa.

Resulta evidente que tales diferencias no pudieron ser posibles sin un cambio radical tanto en la accesibilidad universal a los estudios superiores como en el papel de la mujer en la familia; hecho que pudo ser comparado en un estudio en ambos lados simultaneamente. En primera instancia se puede observar que, tal y como reconstruyen Lippmann y Senik, la República Democrática Alemana estableció un itinerario escolar único y obligatorio hasta el décimo grado, sin ninguna diferenciación formal entre chicos y chicas, mientras que en la República Federal niños y niñas siguieron currículos distintos hasta los años setenta y la distribución del alumnado en tres tipos de centro tras el cuarto grado mantuvo después márgenes amplios de separación por sexo que Fuchs-Schündeln y Masella han documentado en detalle. El Código de Familia de la RDA estableció en 1965 que la relación entre cónyuges debía organizarse de modo que la esposa pudiera conciliar la maternidad con su actividad profesional y social, traduciéndose en medidas concretas que lo hicieran posible. Señal de estas medidas son, por ejemplo, que, según los datos del Deutsches Jugendinstitut, en 1988 el 80 por ciento de los niños menores de tres años del Este asistía a guardería frente al 3 por ciento del Oeste, y el 94 por ciento de los mayores de dos años estaba escolarizado en jardín de infancia frente al 60 por ciento occidental. Las guarderías orientales abrían de seis de la mañana a seis de la tarde mientras que solo el 17 por ciento de los centros occidentales ofrecía un horario equivalente. El resultado fue que en 1990, al final de la división, la tasa de actividad de las mujeres era del 89 por ciento en el Este, frente al 92 por ciento de los hombres, mientras que en el Oeste apenas llegaba al 56 por ciento femenino frente al 83 por ciento masculino.

Quentin Lippmann y Claudia Senik aprovecharon esa partición en su artículo Math, girls and socialism, publicado en 2018 en el Journal of Comparative Economics, para aislar el efecto causal de las instituciones, y empezaron verificando que las dos regiones eran equivalentes antes de separarse, puesto que, con datos del Statistisches Reichsamt, en 1933 el 44,64 por ciento de la mano de obra oriental estaba en la industria frente al 40,08 por ciento occidental y las mujeres eran el 33,12 por ciento de los asalariados en el Este frente al 35,92 por ciento en el Oeste, diferencias estadísticamente indistinguibles de las que produciría una partición aleatoria de los Länder (territorios). Dos generaciones después, el efecto educativo del socialismo seguía diferenciándose incluso en los datos de la evaluación alemana de PISA de 2003, mostrados en el estudio. Con una muestra de 23.619 alumnos, los resultados muestran que las chicas obtienen 31 puntos menos que los chicos en la puntuación global de matemáticas, sobre una media de 500, y que esa desventaja se reduce en los Länder orientales, con atenuaciones que van de los 5 a los 11 puntos. En las calificaciones declaradas el efecto es aún más nítido, ya que la brecha se cierra por completo en el Este e incluso se invierte entre los adolescentes, donde el 39 por ciento de las chicas orientales declara buena nota en matemáticas frente al 35 por ciento de los chicos, mientras que en el Oeste la relación es del 30 frente al 34 por ciento.

El estudio hace hincapié en que el factor que se mide en esta separacion es el de las “expectativas”, ya que trata de no estar influido por otros fenomenos a la hora de hacer las mediciones. El tiempo semanal dedicado a las matemáticas no difiere entre ambas zonas, con una media de 252 minutos y sin diferencia estadísticamente significativa, y los cuestionarios a los directores no detectan divergencias relevantes en agrupamiento por niveles, métodos de enseñanza o exigencia. Tampoco lo explican las condiciones económicas ni la distinta composición religiosa, ambas descartadas en los contrastes de robustez. Lo que sí cambia son las actitudes, puesto que las chicas orientales declaran menos ansiedad, más confianza y una disposición a competir sensiblemente mayor, y esa ventaja competitiva se concentra en los deciles intermedios de rendimiento, exactamente donde la incertidumbre sobre las propias capacidades deja margen para que operen los estereotipos.

Ampliando el análisis a 724.784 estudiantes de treinta y cuatro países europeos entre 2000 y 2012, ya en la última sección del mismo trabajo, la brecha media de género en matemáticas es de 16,38 puntos, y las chicas de los países que fueron socialistas recuperan 9,23 de esos puntos, es decir, más de la mitad. En los extremos de la distribución el patrón se repite, puesto que antes de 1991 un país socialista tenía 27 puntos porcentuales más de probabilidad de enviar al menos una chica a la Olimpiada Internacional de Matemáticas que un país occidental, y después de 1991 esa ventaja creció hasta los 38 puntos. Entre los mejores ajedrecistas del escalafón de la Federación Internacional, el 72,9 por ciento de los hombres procede de países del antiguo bloque, proporción que entre las mujeres se eleva al 81 por ciento, con una diferencia significativa al uno por ciento.