En 1897, el 76% de la población del Imperio ruso era analfabeta. En las repúblicas de Asia Central, donde el dominio zarista había sido más feroz y el abandono más absoluto, la tasa de instrucción femenina no llegaba ni al 10%. Las mujeres, en su conjunto, apenas alcanzaban el 12,5% de alfabetización. Era una situación que se había mantenido así durante cientos de años, una situación que parecía inamovible, hasta que en 1917 sucedió una revolución que cambiaría la historia para siempre. Apenas cincuenta años después, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas había logrado la alfabetización universal de un territorio que abarcaba la sexta parte de la superficie terrestre —22 millones de kilómetros cuadrados—, y lo había hecho en un plazo de tiempo que ningún otro país, antes o después, ha conseguido igualar. En 1939, la tasa de alfabetización general ya superaba el 80%, y la de las mujeres se había disparado hasta el 72,5%. Para 1927, el 70% de la población rusa ya sabía leer y escribir; en 1939, el 94%. ¿Qué sucedió en este período histórico? ¿Cómo entendieron la función de la educación en el bloque socialista? Decenas de países del mundo, que en su mayoría arrastraban serias carencias educativas y atraso socioeconómico y cultural emprendieron una transformación pedagógica faraónica a lo largo del siglo XX, una transformación sin precedentes que no fue el resultado de políticas graduales ni mucho menos de la acción del mercado: fue una decisión política deliberada, ejecutada de forma planificada con recursos públicos y con una velocidad que solo un Estado que concibe la educación como una cuestión de supervivencia —y no como un gasto o un negocio— puede permitirse.
Detrás de estos números, que ya de por sí son extraordinarios, se esconde una historia más profunda, más compleja y, en cierto modo, más incómoda para el sentido común de nuestra época. Los sistemas educativos del bloque socialista no han respondido a un simple programa de alfabetización, ni a una maquinaria de “adoctrinamiento” —en su sentido moralista y peyorativo—, ni mucho menos un apéndice burocrático del Estado. La educación que han conformado los procesos de construcción socialista ha sido, ante todo, un proyecto de civilización: una apuesta por crear un nuevo tipo de ser humano. Karl Marx había escrito, en sus manuscritos de juventud, que el objetivo de una sociedad emancipada era la formación del “individuo omnilateral”, es decir, un ser humano desarrollado en todas sus dimensiones, no fragmentado por la división capitalista del trabajo entre lo manual y lo intelectual, entre el que piensa y el que ejecuta, entre el que manda y el que obedece. Lo que Marx formuló como una aspiración filosófica, en la URSS y otros países del campo socialista adoptó la forma de política de Estado. El plan no era alfabetizar para que la gente pudiera leer consignas, sino construir una nueva humanidad: personas capaces de pensar, de crear, de producir y, sobre todo, de gobernarse a sí mismas. Los sistemas educativos de inspiración socialista, vistos desde esta perspectiva se entendían como un taller donde se forjaba el nuevo tipo de ser humano que el socialismo necesitaba para sobrevivir y para transformar el mundo.
Los arquitectos de la nueva educación socialista
Los grandes cerebros de este proyecto fueron militantes de primera fila que entendieron que la educación era el terreno donde se jugaba el futuro de la revolución. En la URSS, que actuó de motor y campo de pruebas para el lanzamiento del primer modelo educativo socialista estatal de la historia, empezó con la campaña Likbez —abreviatura de likvidatsiya bezgramotnosti, “liquidación del analfabetismo”—, lanzada por decreto por el mismísimo Vladimir Ilich Ulianov Lenin el 26 de diciembre de 1919, apenas dos años después de la Revolución de Octubre, en medio de una cruenta guerra civil y con el país en ruinas. El líder bolchevique, como buen teórico de la educación, había leído tanto a Marx como a los pedagogos de su tiempo, y entendía que la escuela era el lugar donde se dirimía el futuro de la sociedad que trataba de construir. Así, desde los primeros días de la Revolución insistió en una máxima: “Ni la instrucción y la educación sin un trabajo productivo, ni el trabajo productivo sin la paralela instrucción”. Esta idea era revolucionaria en su época porque rompía con la tradición burguesa que separaba la educación de las élites —teórica, humanista, contemplativa— de la formación de los trabajadores —práctica, técnica, subordinada—. Lenin quería, ante todo, una “escuela única del trabajo” donde los hijos y las hijas del proletariado y el campesinado aprendieran tanto física como el manejo de una máquina, tanto la literatura como la organización de una fábrica, tanto las matemáticas como la ética de la solidaridad.
La persona que dio forma política a toda esta filosofía, convirtiéndola en un sistema estatal concreto y no solo en una declaración de principios, fue Nadezhda Krupskaya, probablemente la primera gran teórica y organizadora de la pedagogía soviética. Krupskaya había pasado años en el exilio, estudiando a los pedagogos europeos y desarrollando su concepción de la educación al servicio de la emancipación. Para ello, propuso un sistema basado en la formación politécnica, articulando trabajo productivo y enseñanza intelectual para superar la alienación capitalista: una educación integral, gratuita y obligatoria, enfocada en la conciencia de clase, el conocimiento científico y la transformación social. Para Krupskaya, el trabajo productivo era la base misma de la vida escolar, una actividad productiva social y necesaria que daba sentido a todo lo demás, no una mera cuestión de innovación metodológica abstracta. En consecuencia, su método eliminaba el currículo dividido en materias y lo sustituía por una articulación interdisciplinaria que conectaba el conocimiento con la vida real, con las necesidades de la producción y del campo, con los problemas concretos del pueblo.

Anton Makarenko fue un paso más allá y defendió que la pedagogía socialista no era una utopía sino una realidad posible. Su trabajo con vagabundos, jóvenes huérfanos y sumidos en la delincuencia en las colonias Gorki y Dzerzhinsky —muchachos a los que el sistema zarista había descartado, a los que la sociedad burguesa habría abandonado a su suerte— demostró que la educación socialista podía transformar incluso a quienes parecían “irrecuperables”. Makarenko partía de la idea de que la educación es un proceso social donde el trabajo educativo es, ante todo, un trabajo de organización. Su método principal partía del concepto de la colectividad, que constituía la esencia misma de su sistema educativo. Para Makarenko, el individuo solo cobra sentido en el colectivo, y el colectivo no es un simple conjunto de personas en interacción, sino un complejo de individuos que tienen un fin determinado, están organizados y poseen organismos colectivos, es decir, una unidad orgánica que explica a la participación de cada cual. En consecuencia, el pedagogo entendía el trabajo colectivo como una herramienta educativa en sí: no se trabajaba para aprender un oficio, sino para aprender a ser responsable, solidario y con sentido del deber. Sus colonias educativas, que combinaban estudio, trabajo productivo y autogobierno de los educandos, se convirtieron en un modelo pionero que fue estudiado y admirado en todo el mundo, incluso en los países capitalistas.
Otro pedagogo importante, aunque menos conocido, fue Moisey Pistrak, quien llevó la idea de la “escuela del trabajo” hasta sus últimas consecuencias. Pistrak profundizó en los conceptos esbozados por Makarenko sobre la auto-organización de los alumnos como principio educativo fundamental, con una propuesta ambiciosa: si el socialismo aspiraba a crear ciudadanos capaces de gobernarse sin amos, la escuela debía ser el primer ensayo de ese modelo, una escuela para la nueva sociedad. Bajo este modelo, los estudiantes no debían ser meros receptores pasivos de conocimiento, sino sujetos activos de su propia formación y de la vida escolar. Para Pistrak, la escuela era una comunidad en miniatura, un espacio donde los futuros ciudadanos aprendían a tomar decisiones, a resolver conflictos y a asumir responsabilidades. Pistrak subrayaba que los estudiantes deben ser educados para actuar conscientemente, deben saber por qué están estudiando un determinado tema, porque la revolución en curso en la URSS dependía de la acción consciente de las masas trabajadoras que debían entender que, independientemente de su voluntad, participarían en la lucha entre “lo viejo y lo nuevo”. La educación del nuevo orden social, a diferencia del antiguo, no oculta su carácter político ni sus objetivos, sino que, por el contrario, los explica abiertamente, entendiendo que es de interés popular identificar las contradicciones sociales que quedan en pie para que se resuelvan adecuadamente.
Estos tres pedagogos representan tres corrientes distintas pero complementarias dentro de la pedagogía soviética, que posteriormente ha sido ampliamente estudiada y citada en ámbitos académicos y educativos de todo el mundo. Junto con millones de trabajadores que conformaron el sistema eduactivo soviético, los ideólogos de la educación socialista construyeron unas instituciones que no se limitaban a enseñar, sino que pretendían transformar la conciencia, las relaciones sociales y, en última instancia, la propia existencia humana. Y lo hicieron desde la práctica cotidiana, desde las escuelas y las colonias, desde el trabajo diario con millones de niños, jóvenes y adultos.

Educación politécnica como base
El concepto central que articulaba todo este proyecto era la “educación politécnica”, una palabra que hoy tiene otro significado pero que en su momento era la bandera del primer sistema educativo socialista de la historia. No se trataba de una formación profesional estrecha, sino de una enseñanza que proporcionara una comprensión general de los procesos productivos en su conjunto. Marx había señalado que el capitalismo fragmenta el conocimiento y separa el trabajo manual del intelectual, y que esta separación era precisamente una de las fuentes principales para reproducir la alienación y la división social del trabajo. Por ello, la educación politécnica, entendida como educación integral, pretendía superar esa fractura formando personas capaces de comprender la tecnología, la ciencia y la sociedad en su relación recíproca, no especialistas ciegos atrapados en una única tarea, incapaces de ver el conjunto. Este ideal se tradujo materialmente en un currículum que combinaba ciencias, humanidades y formación técnica: los estudiantes soviéticos no solo estudiaban física y matemáticas, sino que también trabajaban en talleres, fábricas, granjas, aprendían a montar y desmontar fusiles. El objetivo no era simplemente adquirir habilidades prácticas, sino comprender el lugar que ocupa el trabajo en la vida social y desarrollar una actitud creativa hacia la producción, desdibujando la frontera entre la educación y la vida, entre el aprender y el hacer.



Fotos: TASS
Alfabetización masiva e igualdad de oportunidades
El sistema se puso en marcha con una velocidad y una escala que hoy resultan difíciles de imaginar. Entre 1920 y 1940, se establecieron miles de “puntos de alfabetización” (litpunkty) en fábricas, granjas colectivas y cuarteles del Ejército Rojo, garantizando que el acceso a la cultura dejara de ser un privilegio de las antiguas élites aristocráticas y burguesas urbanas. La campaña movilizó a unos 50 millones de adultos hacia el aprendizaje de la lectura y la escritura, con especial énfasis en las mujeres —que constituían la mayoría de los estudiantes— y en las zonas rurales más remotas y atrasadas. En la década de 1920, solo en la región autónoma de Chuvasia, alrededor de 70.000 personas recibieron formación a través del Likbez, casi uno de cada ocho adultos, según los archivos locales citados por el historiador E. A. Zvyagintsev en su estudio sobre la alfabetización en la Rusia soviética. La creación de más de 700 nuevas instituciones universitarias y técnicas permitió que, para 1940, más de 800.000 estudiantes —en su mayoría de extracción obrera— se formaran gratuitamente en ciencias y tecnología. Un estudio publicado en 2021 en la revista Voprosy obrazovaniya / Educational Studies Moscow por las investigadoras Z. F. Ibragimova y M. V. Frants, titulado Inequality of Educational Opportunity in Soviet and Post-Soviet Russia: An Empirical Analysis, concluyó que la desigualdad de oportunidades era menor durante el período soviético que en la Rusia postsoviética en todos los niveles educativos, y que, aunque la educación de los padres seguía siendo un factor determinante, la etnia no contribuía significativamente a la desigualdad relativa de oportunidades en la URSS. En otras palabras: el sistema soviético no eliminó del todo las diferencias sociales, pero logró que el origen social no fuera una barrera insalvable para el acceso a la educación, y lo hizo a una escala que ningún otro país ha conseguido.
Una universidad de masas para las masas: el acceso a la educación superior
Los mencionados resultados de la carrera cultural y educativa cobran todo sentido cuando se comprueba la evolución del porcentaje de población con educación superior, que pasó de 2,3% en 1959 a 4,2% en 1970, 6,8% en 1979 y 10,0% en 1989, según los datos recogidos por la Oficina del Censo de Estados Unidos en su estudio “Estimates and Projections of Educational Attainment in the USSR to the Year 2000”. En consecuencia, entre 1960 y 1980, el número de científicos en la URSS creció de 354.000 a 1.373.000, cuadruplicándose en tan solo dos décadas y representando una cuarta parte de los científicos del mundo, según datos recogidos por el Instituto de Investigación de Europa del Este de la Academia China de Ciencias Sociales y confirmados por la tabla 3 del estudio “De la historia social de la ciencia nacional” (CyberLeninka). Para 1970, los físicos y matemáticos ya eran 95.300, y la cifra creció hasta 142.000 en 1980. En suma, si en 1950 había unos 800.000 estudiantes en la RSFSR, en 1970 la cifra había crecido hasta los 4,58 millones en toda la URSS. Para 1980, el número de estudiantes universitarios superaba los 5,2 millones. Como consecuencia, la URSS dominó las Olimpiadas Internacionales de Matemáticas durante décadas, obteniendo medallas de oro de forma sistemática, gracias al sistema de olimpíadas de matemáticas, que comenzó en Leningrado en 1934, involucrando a decenas de miles de estudiantes cada año.

La Universidad de la Amistad de los Pueblos “Patrice Lumumba”
El programa universitario internacional de la Unión Soviética fue uno de los proyectos de poder blando más ambiciosos del siglo XX. Su buque insignia fue la Universidad de la Amistad de los Pueblos “Patrice Lumumba” (UDN), fundada en Moscú en 1960. Concebida por el PCUS en plena Guerra Fría, su misión era formar a una intelectualidad favorable a la URSS en los países del Sur Global, especialmente entre familias pobres que no habían tenido acceso a la educación superior. En su primer año acogió a 539 estudiantes extranjeros de 59 países, y una década después se había convertido en una institución de unos 4.000 estudiantes de 84 países. De acuerdo con cifras oficiales, se calcula que a lo largo de su historia, formó a más de 7.000 profesionales cualificados en 48 países africanos.
El número de estudiantes extranjeros en la URSS creció de 13.500 en 1960 a 126.500 en 1990, y entre 1949 y 1991 más de medio millón de personas de 150 países se formaron en universidades soviéticas. Para 1980, el bloque socialista gastaba unos 325 millones de dólares anuales en este esfuerzo, más de diez veces superior a la inversión estadounidense en becas para estudiantes del Sur Global. El modelo de la UDN fue replicado por otros países del bloque, como la Universidad del 17 de Noviembre en Praga, la Universidad Karl Marx en Leipzig, el Instituto Gamal Abdel Nasser en Sofía o el Instituto para Estudiantes Extranjeros en Budapest, que formaron a decenas de miles de profesionales en todo el mundo.

Educación artística y musical
Hay otra dimensión del sistema educativo socialista que rara vez se menciona en los debates sobre su legado: la educación artística. La URSS desplegó la mayor red de enseñanza musical y artística del mundo, convirtiendo el conservatorio y el ballet en un derecho garantizado y extendido para la clase trabajadora. Ya en 1930, el New York Times recogía las impresiones del coleccionista musical Edwin A. Fleisher, quien afirmaba que “La Rusia soviética lidera el mundo en su sistema de enseñanza musical”. Fleisher explicaba que, en Moscú, existían 100 escuelas elementales de música en las que los niños realizaban un curso preliminar de dos años; los que aprobaban los exámenes podían entrar en escuelas secundarias para un curso adicional de tres años, y solo los mejores cualificados accedían al conservatorio. Y subrayaba el detalle más importante de todos: “El gobierno paga toda la educación musical de los alumnos y los mantiene en el conservatorio todo el tiempo que sea necesario y hasta que estén listos para la aparición pública”.
Para 1976, los datos del Ministerio de Cultura de la RSFSR indicaban que solo en la República Socialista Federativa Soviética de Rusia había 3.920 escuelas de música y arte para niños, en las que estudiaban unos 600.000 niños y trabajaban más de 55.000 profesores. En toda la URSS, se estima que había más de 8.000 escuelas de música de siete años, con capacidad para 1,4 millones de estudiantes. Esta infraestructura cultural masiva, financiada íntegramente con fondos públicos y sin ánimo de lucro, permitió que incluso en las etapas finales del periodo socialista surgieran movimientos musicales de diversos estilos que se nutrieron directamente de una sociedad con una formación musical y una sensibilidad cultural extraordinariamente altas. La red de conservatorios y escuelas de arte no solo formaba a intérpretes de élite: extendía la cultura “de elite” a las masas, a todos los rincones del vasto país, democratizando el acceso a la música, la danza y la literatura como nunca antes se había hecho, dejando boquiabiertos a los periodistas del New York Times.

“El país más lector”: la lectura como cultura de masas
El sistema educativo socialista catapultó a la URSS del analfabetismo generalizado a ganarse la fama de ser “el país más lector del mundo”. Según un estudio mundial de 1966 citado por la Biblioteca Estatal Pública de Ciencia y Tecnología de Rusia, los ciudadanos soviéticos dedicaban una media de 11 horas semanales a la lectura de libros, periódicos y revistas, el doble que los británicos, norteamericanos o franceses. Una estructura editorial masiva que acompañaba al fomento de la lectura desde la educación convirtió el libro en un bien de consumo accesible, abundante y deseado. El diario El País, en un reportaje de 1980 sobre una exposición de libros rusos en la Biblioteca Nacional, recogía que en la Unión Soviética se publicaban anualmente 90.000 títulos, con tiradas totales de 1.800 millones de ejemplares, y en 145 idiomas diferentes. Aunque la cifra de títulos variaba ligeramente según la fuente —85.000 en algunos registros—, se calculaba que la URSS producía aproximadamente el 14% de los libros del mundo a pesar de tener solo el 6,8% de la población mundial. El mismo reportaje señalaba que uno de cada cuatro títulos editados anualmente estaba dedicado a la literatura infantil y juvenil, una apuesta deliberada por la formación de lectores desde la infancia. La cultura de la lectura, inculcada por el sistema educativo, convirtió a generaciones enteras en lectores asiduos, un hábito que aún pervive en los países que conformaron la unión.

Europa del Este: de la herencia del atraso a la modernidad educativa
Los países de Europa del Este que se integraron en el Pacto de Varsovia en alianza con la URSS tras la Segunda Guerra Mundial partían, en su mayoría, de una situación de atraso educativo considerable, con altas tasas de analfabetismo y un acceso a la educación que era, en el mejor de los casos, un privilegio de las élites urbanas y terratenientes.
En la República Democrática Alemana, el sistema educativo fue concebido como un pilar fundamental del nuevo Estado socialista. La Ley de Desarrollo Socialista del Sistema Escolar, promulgada el 2 de diciembre de 1959, estableció la escuela politécnica general de diez grados como el núcleo del sistema educativo. Allí, la educación era gratuita y obligatoria hasta el décimo grado, lo que, junto a una cobertura sanitaria universal y otros servicios sociales, contribuyó a que la tasa de alfabetización alcanzara el 99%. Esta escuela politécnica, que sustituyó al tradicional sistema de escuelas diferenciadas por clases, se caracterizaba por un currículo unificado para todos los niños hasta el octavo grado (y posteriormente hasta el décimo), con un fuerte énfasis en matemáticas y ciencias, y por la integración de la formación politécnica de inspiración soviética que integraba la enseñanza teórica con el trabajo productivo. La expansión de la educación superior fue igualmente notable, rompiendo el privilegio educativo burgués y abriendo las universidades a los hijos de obreros y campesinos. Además, se crearon las escuelas específicas llamadas Arbeiter-und-Bauern-Fakultäten (Facultades de Obreros y Campesinos) entre 1946 y 1962, que permitieron a los trabajadores y campesinos obtener el título de bachillerato (Abitur) y acceder a la educación superior sin pasar por los procedimientos de selección habituales. Entre 1951 y 1963, más de 33.000 personas se graduaron en estas facultades y accedieron a la universidad. El porcentaje de estudiantes de origen obrero en las universidades aumentó del 5% al 30%. La inversión en educación fue una prioridad estatal en todo momento: entre 1954 y 1962, la RDA destinó un promedio del 6% de su PIB a la educación, según datos de la UNESCO, una cifra notablemente superior al promedio mundial actual (3,96% del PIB en 2023).

Bulgaria era otro de los países más atrasados de Europa cuando los comunistas llegaron al poder: en 1946, la tasa de analfabetismo oscilaba entre el 23,4% y el 31%, según diferentes estimaciones de la época, y en algunas regiones llegaba al 70%. En 1939, el país tenía solo 5 universidades con 10.169 estudiantes y el 27% de los municipios carecían de escuela. Tras la Segunda Guerra Mundial, el nuevo Estado, la República Popular de Bulgaria, declaró la educación como prioridad estatal y en 1948 se aprobó la primera “Ley de Educación Socialista de Bulgaria”. Para 1960, el analfabetismo había sido prácticamente erradicado: a finales de los años 50, la población menor de 50 años era ya plenamente alfabeta, y para 1964-65, el país contaba con 6.000 escuelas primarias para 1,3 millones de alumnos. Así, Bulgaria llegó a ocupar el tercer lugar mundial en número relativo de estudiantes, solo por detrás de la URSS y EEUU. El número de mujeres con títulos universitarios creció progresivamente del 21,4% en 1956 al 47,7% en 1983. El gobierno llegó a dedicar alrededor del 8% del PIB a salud y educación.
Antes de la República Socialista Federativa de Yugoslavia, en 1931, el 44,6% de la población mayor de 10 años del país era analfabeta, según los datos del censo de aquel año. El nuevo Estado organizó cursos generalizados de alfabetización en los que las mujeres constituían el 70% del alumnado. El resultado fue una reducción constante del analfabetismo: del 44,6% en 1931 al 25,4% en 1948, el 21% en 1961, el 15,1% en 1971 y el 9,5% en 1981. En 1946 existían 10.666 escuelas primarias con 1,4 millones de estudiantes, y el número de alumnos de enseñanza básica alcanzó su pico en el curso 1975/76 con 2,85 millones. El país introdujo la enseñanza primaria obligatoria de ocho años en 1958. La educación secundaria también creció: de 959 institutos en 1946 a 1.248 en 1987, y el porcentaje de población con título de secundaria pasó del 6,6% en 1953 al 25,5% en 1981. La educación superior, que en 1953 solo alcanzaba al 0,6% de la población, llegó al 5,6% en 1981. La alfabetización alcanzó el 91% y la esperanza de vida, los 72 años.
En la República Socialista Checoslovaca, el número de personas con educación secundaria se multiplicó casi por cuatro entre 1950 y mediados de los años 70, y el de personas con educación superior se cuadruplicó, de modo que el 60% de la población activa tenía una formación más allá de la educación básica. Los años de escolarización obligatoria, impartidos en la lengua nativa de cada minoría étnica, hicieron mucho por elevar los niveles de alfabetización, especialmente entre los eslovacos y ucranianos, según documenta el historiador Hugh Seton-Watson.
El caso de Rumanía muestra la misma tendencia histórica: en el periodo de entreguerras, el país tenía una de las tasas de analfabetismo más altas de Europa. De acuerdo con el censo oficial de 1930, el 37,6% de la población mayor de 7 años era analfabeta, con cifras que superaban el 60% en las zonas rurales de Moldavia y Valaquia. El sistema educativo apenas cubría a las masas campesinas, con unas tasas de escolarización que, en el nivel primario, rondaban el 70% en las ciudades pero caían al 30% en el campo. A partir de la proclamación de la República Popular de Rumanía en 1947, la erradicación del analfabetismo se convirtió en una prioridad estatal. En 1948, el nuevo gobierno aprobó una ley de educación que declaraba la enseñanza obligatoria y gratuita, y puso en marcha campañas masivas de alfabetización que movilizaron a miles de jóvenes y maestros. En 1956, se declaró que el analfabetismo había sido prácticamente eliminado, pasando de cerca del 40% en 1930 a menos del 10% en el censo de 1956. Pero el proceso fue mucho más allá de la alfabetización básica: el sistema educativo se desarrolló de forma integral, con una expansión sin precedentes en todos los niveles. La educación primaria se hizo universal, y la escolarización prácticamente total: en el curso 1960-61, el 98,8% de los niños en edad escolar estaban matriculados en la enseñanza primaria. La educación secundaria también se democratizó: el número de estudiantes en enseñanza secundaria pasó de 115.246 en 1938 a 551.545 en 1960. El número de estudiantes en educación superior se multiplicó casi por diez, pasando de 26.455 en 1938 a más de 250.000 a finales de los años 70. El número de instituciones de educación superior creció de 27 en 1938 a 54 en 1984, y el de profesores universitarios se multiplicó por siete. La formación profesional experimentó un crecimiento espectacular, adaptándose a las necesidades de una industrialización acelerada que transformó el país en pocas décadas.

Polonia, como el resto de países de la región, emprendió tras la guerra una campaña masiva contra el analfabetismo. La Constitución de 1952 garantizó el derecho a la educación; en 1949 se iniciaron acciones sistemáticas para erradicar el analfabetismo; en 1950, el Partido Obrero Unificado Polaco pudo declarar la “victoria en la lucha contra la ignorancia”: en tres años, más de 600.000 polacos habían aprendido a leer y escribir. En total, casi un millón de ciudadanos adquirieron la capacidad de leer y escribir, lo que les permitió continuar su educación. El analfabetismo, que había sido común en la Segunda República —en 1931 aún había 23,1% de analfabetos—, fue prácticamente eliminado: entre 1931 y 1950 el número de personas mayores de 7 años que no sabían leer ni escribir se redujo de 5,9 millones a 1,1 millones, y para 1960 la cifra había caído a 664.000. El número de hijos de campesinos que accedieron a la educación superior y se convirtieron en intelectuales y profesionales fue uno de los logros más destacados del periodo.
Todo este impulso educativo que exportó e integró los avances del modelo educativo soviético en las particularidades de cada país, abarcó desde la alfabetización básica hasta la formación de élites técnicas y científicas, funcionando como un pilar fundamental en la modernización de Europa del Este, creando un capital humano y unas cotas de bienestar social que, a pesar del colapso posterior, dejaron una huella indeleble.
Cuba: la epopeya de la alfabetización y la construcción de un referente educativo
Si la experiencia de Europa del Este impresiona por su escala y su ritmo, el caso cubano es, quizás, el más ejemplar y sobrecogedor de todos, no solo por sus evidentes logros, sino por la velocidad y profundidad a la que se lograron en un país del llamado Tercer Mundo, bloqueado y asediado por la potencia más poderosa de la historia situada a 150 kilómetros de sus costas. En 1959, tras el triunfo de la Revolución, Cuba era un país con una alta tasa de analfabetismo (estimada entre el 20% y el 25%), una precaria red de escuelas y una población rural sumida en la ignorancia. Fidel Castro lo resumió con la siguiente consigna: “Cuba no puede ser un país libre y soberano si su pueblo es analfabeto”.
La respuesta fue la Campaña Nacional de Alfabetización de 1961, una de las gestas educativas más impresionantes del siglo XX. Movilizó a más de 270.000 voluntarios, entre ellos unos 100.000 adolescentes de entre 10 y 18 años, conocidos como los “maestros voluntarios” o “brigadistas”, que se adentraron en las zonas más recónditas de la isla para enseñar a leer y escribir al resto de cubanos. Según los datos oficiales de la Comisión Nacional de Alfabetización de Cuba, esta campaña logró en menos de un año que más de 700.000 personas aprendieran a leer y escribir. El 22 de diciembre de 1961, Fidel pudo anunciar ante el mundo, y ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, que Cuba era el primer país de América declarado “Territorio Libre de Analfabetismo”. Algunos países del continente todavía no pueden presumir de ello. La tasa de analfabetismo se redujo así de más del 20% a un histórico 3,9% en apenas un año, gracias a un movimiento de masas que, más allá de la labor de alfabetización, transformó la sociedad cubana, honró la labor del educador y estableció los principios que han guiado el sistema educativo cubano durante décadas.
Los logros de la Revolución Cubana en el ámbito educativo no se detuvieron ahí: crearon 15.000 nuevas aulas en zonas rurales, se estableció un sistema educativo gratuito y universal en todos los niveles, y se multiplicaron las universidades y centros de formación profesional. El número de médicos, por ejemplo, pasó de unos 7.000 antes de 1959 a más de 70.000 en las décadas siguientes, según datos del Ministerio de Salud Pública de Cuba. Hoy, la tasa de alfabetización en Cuba es del 100%, y el país es reconocido internacionalmente como todo un paradigma en educación y salud, con una esperanza de vida de casi ocho décadas y una tasa de mortalidad infantil de 4,0 por cada 1.000 nacidos vivos hasta ahora, según los informes de la UNESCO y la OMS, indicadores que, para un país en desarrollo, son sencillamente extraordinarios. La educación cubana, en definitiva, no solo alfabetizó a una población que dejaba atrás siglos de colonialismo y neocolonialismo; sentó las bases de una sociedad más justa, más culta y más sana, convirtiéndose en uno de los legados más reconocidos de la Revolución.

Un legado común y una apuesta a la altura de los objetivos
Todos estos hitos de alfabetización masiva, los efectos en la vida cotidiana, la superioridad en ciencias, la igualdad de oportunidades, la red de educación artística y la expansión internacional son datos fácilmente contrastables, una realidad histórica que los números y los testimonios de las personas que lo han vivido confirman una y otra vez. Y sin embargo, el relato dominante en Occidente sobre los sistemas educativos socialistas sigue siendo el de la “ideologización”, el “adoctrinamiento” y el “atraso”; nada más lejos de la realidad: los sistemas el educativos socialistas—masivos, gratuitos, universales, de calidad, innovadores y con un énfasis sin precedentes en las ciencias y las artes— lograron algo que ningún otro sistema había logrado antes. Han transformado sociedades enteras, que han pasado de ser mayoritariamente analfabetas a sociedades plenamente escolarizadas y con formación avanzada en un tiempo medio de apenas dos décadas, con efectos positivos palpables y reconocidos en la salud pública, igualdad de género y movilidad social.
Hoy, cuando la educación se ha convertido en un negocio internacional, cuando las universidades son empresas y los estudiantes son clientes, cuando la deuda estudiantil es una condena de por vida para millones de estudiantes y sus familias y la investigación se subordina a los intereses de las megacorporaciones, la educación de los sistemas socialistas sigue siendo un espejo incómodo en el que mirarse, porque plantea una pregunta que la ideología burguesa prefiere no responder: ¿qué sociedad queremos construir y qué tipo de personas necesitamos para construirla? La educación socialista entiende que el conocimiento no es neutral, que la pregunta no es solo qué enseñar, sino para qué y para quién. En la URSS, en China, en las repúblicas populares del Este de Europa y en Cuba la respuesta ha sido clara: para la emancipación de la clase trabajadora y para la construcción de una sociedad sin clases, un horizonte que da sentido a cada escuela, a cada libro, a cada docente. Su legado educativo sigue siendo un recordatorio de que la educación puede ser algo más que la preparación para el mercado laboral: puede ser el taller donde se forja la nueva humanidad.