Del analfabetismo a devorar libros: cómo la URSS se convirtió en “el país más lector del mundo”
Los soviéticos dedicaban 11 horas semanales a la lectura, el doble que estadounidenses o británicos, en un país que llegó a publicar 85.000 títulos al año y 1.800 millones de ejemplares.
Era una imagen habitual que no pasaba desapercibida para los visitantes extranjeros: en los vagones del metro de Moscú, en los bancos de los parques, en las entradas de los establecimientos, había casi siempre alguien con un libro abierto entre las manos. No se trataba de figurantes del KGB ni de individuos excéntricos, sino de un hábito cultural fuertemente arraigado en la Unión Soviética. Un estudio internacional realizado en 1966 y citado por la Biblioteca Estatal Pública de Ciencia y Tecnología de Rusia constató que los ciudadanos soviéticos dedicaban una media de 11 horas semanales a la lectura de libros, periódicos y revistas, casi el doble que británicos, norteamericanos y franceses. Durante la Guerra Fría, la URSS se ganó la fama de ser “el país más lector del mundo”, una imagen que no estaba muy alejada de la realidad.
Pero el contraste es aún más impactante cuando se recuerda el punto de partida histórico. El censo de 1897, el primero y único del Imperio ruso, reveló que el 76% de la población era analfabeta. En las repúblicas de Asia Central, la tasa de instrucción femenina no llegaba ni al 10% cuando los bolcheviques tomaron el poder. Cincuenta años después, la Unión Soviética había logrado la alfabetización universal de un territorio que abarcaba la sexta parte de la superficie terrestre. No solo había enseñado a leer a 50 de millones de adultos y a muchos más niños: había creado una cultura de lectura de masas sin precedentes en la historia, pasando de país analfabeto a país de devoradores de libros en apenas dos generaciones.
Detrás de esa realidad había una máquina editorial de dimensiones colosales. En 1990, la Unión Soviética llegó a publicar alrededor de 85.000 títulos de libros y folletos, con una tirada total cercana a los 1.800 millones de ejemplares. Esto suponía aproximadamente el 14% de la producción mundial de libros por número de títulos, a pesar de que la población soviética apenas representaba el 6,8% de la población del planeta. En 1979, un reportaje de El País recogía que el volumen de libros publicados al año en la URSS superaba los 700 millones de ejemplares, a los que se sumaban 3.800 millones de ejemplares de revistas y 7.985 diarios editados en 58 lenguas diferentes. El mismo reportaje señalaba que uno de cada cuatro títulos editados anualmente estaba dedicado a la literatura infantil y juvenil, una apuesta consciente y planificada por la formación de lectores desde la infancia. “Cada familia soviética reúne una media de cuatro periódicos”, añadía el texto.
Además de la producción masiva, también se impulsó el acceso a los libros. A principios de la década de 1980, la URSS contaba con aproximadamente 350.000 bibliotecas —más que cualquier otro país del mundo—, con un fondo total de 4.700 millones de ejemplares. Solo las bibliotecas públicas de masas, que superaban las 130.000, acumulaban 1.800 millones de volúmenes. El número de lectores registrados en estas bibliotecas superaba los 148 millones, más de la mitad de la población. En las ciudades, el 95% de la población leía con regularidad; en las zonas rurales, el 87%. Más de dos tercios de los jóvenes visitaban bibliotecas asiduamente, y el 93% tenía en su casa libros de literatura y política. El lector medio joven devoraba entre 23 y 24 libros al año.
El “hambre de libros” era tal que se convirtió en un problema de demanda que superaba constantemente a la oferta. Este fenómeno tenía una explicación muy simple, y no tenía nada que ver con la escasez: los precios eran ridículamente bajos. Un periódico costaba entre 1 y 3 kopeks, y una revista entre 30 y 50 kopeks. Cualquier pensionista podía permitirse varios periódicos al día y una buena cantidad de libros al mes. Un periódico de 3 kopeks suponía una fracción ínfima del salario, el equivalente a unos pocos céntimos de euro hoy en día, un coste prácticamente simbólico que explica por qué la lectura era un hábito tan accesible.
Lo que distinguía a la URSS de los países capitalistas era también un sistema educativo que había hecho de la lectura un hábito nacional, y un sistema editorial que convertía los libros en un bien de consumo masivo, accesible y deseado. Testimonios de la época, como los que recogió Alexei Yurchak en su obra etnográfica Todo era para siempre hasta que dejó de existir. Cómo vivía, qué creaba, de qué se reía y con qué soñaba la última generación soviética, recuerdan que la lectura como norma cotidiana, una norma de la vida diaria. El hábito estaba tan integrado y tan naturalizado que no leer podía parecer casi extraño: se calcula que en las décadas de 1960 y 1970, aproximadamente el 80-90% de los habitantes de las ciudades y el 70% de los del campo leían con regularidad. En el último decenio soviético, se imprimieron 19.500 millones de libros. Entre 1918 y 1983, la URSS publicó 3,4 millones de títulos diferentes con una tirada total de 60.000 millones de ejemplares. Casi cada familia soviética tenía su propia biblioteca personal, acumulando más de 30.000 millones de volúmenes en los hogares, que crecían a un ritmo de 700-800 millones de ejemplares al año. Los visitantes extranjeros se maravillaban ante la omnipresencia del libro en la vida cotidiana soviética; no era un lujo, sino un compañero de vida.
Hoy, aquella cultura de masas lectora es un recuerdo después de que el colapso de la Unión Soviética arrastrara consigo el sistema editorial y cultural que la sostenía: las tiradas de revistas, libros y periódicos cayeron decenas de veces. Los rusos leen hoy tanto como otros europeos, y la distancia con el pasado es abismal. Sin embargo, el legado persiste en cierta medida en los países que formaron la URSS, donde la lectura sigue siendo, sobre todo para quienes crecieron bajo aquel sistema, un hábito tan natural como respirar. El “país más lector del mundo” ya no existe, pero educó a millones de mujeres y hombres vivos que adquirieron hábitos de lectura y muchos libros soviéticos que siguen guardados en las estanterías sus hogares.
El contraste es aún más brutal si se compara con los resultados del informe PISA 2025, recién publicados por la OCDE y recogidos por elDiario.es: el Estado español, por ejemplo, ha caído 23 puntos en lectura respecto a la edición anterior, y 45 puntos en dos ediciones. El alumnado español obtiene 451 puntos en lectura, muy por debajo de la media de la OCDE (466) y de la UE. El analista de la OCDE, Hue Halgreen, ha señalado que la razón principal de este desplome generalizado —que afecta a tres de cada cuatro sistemas educativos del mundo— es el uso de pantallas: “Los estudiantes tienen problemas con textos largos. Si el texto es más largo de 400 palabras tienen más dificultades”, ha afirmado en rueda de prensa.
Fuentes
Estudio internacional de 1966 (Biblioteca Estatal de Ciencia y Tecnología de Rusia); El País, 1979; Goskomstat de la URSS; Alexei Yurchak, Todo era para siempre hasta que dejó de existir (2006); OCDE / Informe PISA 2025; elDiario.es.