Este año se ha cumplido el aniversario del genocidio anticomunista de Indonesia. Entre octubre de 1965 y marzo de 1966 se desarrolló este traumático episodio para el pueblo indonesio y el movimiento comunista internacional, uno de los acontecimientos más sanguinarios, silenciados y olvidados del siglo XX. Fue un auténtico exterminio de masas premeditado que contribuyó a la consolidación de la dictadura de Suharto tras la liquidación física del Partido Comunista de Indonesia (PKI), la mayor organización comunista no gobernante del mundo, y la tercera mayor en general tras el Partido Comunista de la Unión Soviética y el Partido Comunista Chino. Lo que comenzó en octubre de 1965 como una aparente "respuesta militar" a un supuesto complot —el Movimiento 30 de Septiembre— se transformó rápidamente en una campaña de persecución y aniquilación sistemática de Estado que segó la vida de entre 500.000 y un millón de personas, de acuerdo con diferentes cálculos historiográficos conservadores. El objetivo era el PKI, que con 3,5 millones de militantes representaba una fuerza temible. También bucaron el desmantelamiento de las reformas agrarias radicales que amenazaban los intereses de los terratenientes locales y sus aliados imperialistas.

La investigación histórica, respaldada por autores como Geoffrey Robinson y la desclasificación de archivos del National Security Archive, confirma que las matanzas no fueron un "estallido espontáneo de violencia", sino una operación planificada y dirigida desde la mismísima cúpula del ejército indonesio. Los militares proporcionaron transporte, armas y listas de objetivos a milicias civiles y grupos religiosos para ejecutar a sindicalistas, militantes comunistas, campesinos, intelectuales, personas de origen chino y a sus familias. Los ríos de Java y Bali se tiñeron de sangre en un proceso de "limpieza" detallado en el documental The Act of Killing (Joshua Oppenheimer, 2012) y estudiado por el periodista Vincent Bevins en su libro El Método Yakarta, donde describe la eliminación física de las bases sociales de la izquierda como herramienta eficaz para imponer regímenes autoritarios alineados con Washington.

El papel de los gobiernos occidentales fue determinante en la ejecución del genocidio. Documentos oficiales demuestran que la CIA y la embajada estadounidense entregaron listas de nombres de cuadros comunistas al ejército de Suharto sabiendo que serían ejecutados. Robert Martens, oficial de la embajada en la época, llegó a admitir cínicamente: "Probablemente tengo mucha sangre en las manos, pero no es del todo malo". Esta colaboración internacional no se limitó a la inteligencia; Reino Unido y Australia participaron activamente a través de propaganda para justificar la carnicería, celebrando el resultado como una "victoria" necesaria para la "estabilidad" en la Guerra Fría.

Imagen de archivo de una marcha del Partio Comunista de Indonesia, encabezada por niños.

El "Método Yakarta" se convirtió tras 1966 en una experiencia exportable para la represión contrarrevolucionaria en todo el Tercer Mundo. El éxito percibido por las élites —la destrucción total de la oposición, la clausura de las crisis revolucionarias y la apertura del país a la explotación acelerada— inspiró campañas similares en América Latina. Durante los años 70, en países como Chile y Brasil, aparecieron pintadas con la palabra "Yakarta" como amenaza directa de exterminio contra los partidarios de meras reformas sociales. Esta estrategia de destrucción física de la militancia comunista y de su tejido organizativo permitió la transferencia de recursos públicos al sector privado y el establecimiento de una casta corrupta bajo el régimen del "Nuevo Orden" de Suharto, que duraría formalmente hasta 1998.

Seis décadas después, el Estado indonesio mantiene la prohibición sobre el PKI y la estigmatización de las familias de las víctimas bajo la denominada "etiqueta 1965". A pesar de que informes como el de la comisión Komnas HAM (2012) o el Tribunal Popular Internacional de 1965 califican los hechos como crímenes contra la humanidad, la narrativa oficial y las leyes siguen protegiendo y premiando a los verdugos. El genocidio anticomunista de Indonesia permanece así como un episodio silenciado porque es la prueba material de hasta dónde están dispuestos a llegar la burguesía y sus policastros para asegurar la dominación del capital frente a las fuerzas de la revolución proletaria.

Imagen de archivo de un acto del Partido Comunista de Indonesia en 1965. Foto: desconocido.