En 1985, el economista John P. Burkett, de la Universidad de Rhode Island, publicó en el Journal of Comparative Economics un estudio que abordaba una pregunta central en el debate de la Guerra Fría: ¿influye el sistema económico en la satisfacción de las necesidades básicas de la población? En lugar de centrarse en el crecimiento del PIB o la producción industrial, Burkett utilizó el Índice de Calidad de Vida Física (PQLI), elaborado por David Morris, que combina alfabetización, mortalidad infantil y esperanza de vida. El autor argumentaba que los Estados socialistas tenían incentivos políticos para garantizar educación y sanidad, y que la reducción de la desigualdad podía facilitar el acceso de la población a estos servicios, factores que podían explicar un mejor desempeño en el PQLI. Para controlar la incertidumbre metodológica, Burkett empleó técnicas bayesianas desarrolladas por Edward Leamer y Herman Leonard, que permiten comprobar cómo varían los resultados al modificar el modelo estadístico.
El análisis incluyó 116 países a principios de la década de 1970, entre ellos Bulgaria, China, Cuba, Checoslovaquia, la República Democrática Alemana, Hungría, Polonia, Rumanía, la Unión Soviética y Yugoslavia, además de países capitalistas. Burkett controló factores como la renta per cápita, el gasto público en sanidad y educación, la fragmentación étnico-lingüística, el pasado colonial, la composición religiosa y diversas interacciones entre estas variables. Los primeros resultados mostraron que el "efecto neto del socialismo" —calculado como el cambio en el PQLI si un país mantuviera las mismas condiciones pero bajo un sistema socialista— era positivo en prácticamente todos los países analizados, con excepciones como las dos Alemanias, Grecia y Japón, donde el efecto era ligeramente negativo y no significativo, según el estudio. En 62 países el efecto positivo alcanzaba significación estadística al nivel del 5%. En Perú, por ejemplo, el modelo estimaba que, manteniendo constantes el resto de factores, el país habría alcanzado un PQLI notablemente superior bajo un sistema socialista.
La principal aportación del trabajo apareció cuando Burkett repitió los cálculos utilizando cuatro familias distintas de modelos: una inspirada en economistas no marxistas, otra en sociólogos, otra en politólogos y otra en autores marxistas. La magnitud del efecto variaba según el modelo, y en muchos países el intervalo de estimaciones incluía el cero, lo que impedía afirmar con certeza estadística que existiera una diferencia atribuible exclusivamente al sistema económico. Sin embargo, los valores medios obtenidos mediante el análisis bayesiano seguían siendo mayoritariamente favorables al socialismo. Según el autor, 53 países mostraban un efecto positivo y estadísticamente significativo en los cuatro modelos; 39 países no presentaban diferencias significativas en ninguno; y 24 países tenían resultados dependientes del modelo empleado.
Burkett evitó presentar su investigación como una demostración definitiva de la superioridad de un sistema económico. Su conclusión fue prudente: los datos disponibles permitían encontrar, en muchos casos, una asociación positiva entre socialismo y mejores indicadores de calidad física de vida, pero las estimaciones dependían en parte de cómo se construyera el modelo estadístico. El estudio sigue citándose porque introdujo una innovación metodológica poco habitual en la época: reconocer explícitamente que las conclusiones pueden depender del modelo utilizado y tratar esa incertidumbre como parte del análisis. Más allá del debate político, el trabajo constituye un ejemplo temprano de cómo aplicar herramientas estadísticas para comparar sistemas económicos evitando que una única especificación determine todas las conclusiones.
Sin embargo, los hallazgos de Burkett no son un caso aislado. Un estudio publicado en 1986 en el International Journal of Health Services por los investigadores Shirley Cereseto y Howard Waitzkin, de la Universidad de California, llegó a conclusiones similares utilizando una fuente muy diferente: los datos del Banco Mundial, complementados con informes de UNICEF y de la organización World Priorities. Analizando 123 países —casi el 97% de la población mundial— y clasificándolos por nivel de renta per cápita y por sistema político-económico, los autores encontraron que, en 30 de 36 comparaciones sobre salud y educación, los países socialistas superaban a los capitalistas del mismo grupo de renta. Las diferencias eran especialmente abismales en los niveles más bajos de desarrollo: la mortalidad infantil en los países capitalistas de ingresos bajos era de 131 por cada 1.000 nacidos vivos, casi el doble que en China (71 por 1.000); los médicos eran diez veces más escasos en los capitalistas pobres que en los socialistas del mismo nivel; y el Índice de Calidad de Vida Física (PQLI) en los socialistas de ingresos bajos (76) casi duplicaba al de los capitalistas del mismo grupo (38). Cereseto y Waitzkin, basándose en fuentes occidentales y con un análisis estadístico riguroso que incluía tabulaciones cruzadas, análisis de varianza y regresión múltiple, concluyeron que el sistema político-económico era un predictor fuerte e independiente de la calidad de vida, incluso después de controlar por la renta.
Ambos estudios, el de Burkett y el de Cereseto y Waitzkin, coinciden en un punto esencial: los países socialistas, partiendo de condiciones históricas mucho más desfavorables —colonialismo, subdesarrollo y expolio— y con menos recursos, consiguieron mejores resultados en salud y educación porque orientaron sus prioridades políticas hacia la cobertura universal de necesidades básicas, no hacia la acumulación privada de capital. Una evidencia empírica que desafía el relato oficial.
Bienestar más allá del PIB
Estos hallazgos podrían parecer contradictorios con otros estudios que, como los de Rati Ram (1982) y Larson y Wilford (1979), encontraron que el Índice de Calidad de Vida Física (PQLI) está altamente correlacionado con el PIB per cápita, hasta el punto de que el primer componente principal explica el 95% de la varianza de los tres indicadores que lo componen —alfabetización, esperanza de vida y mortalidad infantil—. Sin embargo, esa correlación global no invalida las conclusiones de Burkett y de Cereseto y Waitzkin. Lo que demuestran Ram y Larson/Wilford es que, en términos generales, los países con mayor renta tienden a tener mejores indicadores sociales; pero no examinan si, dentro de un mismo nivel de renta, el sistema político-económico marca diferencias. Es precisamente eso lo que aclaran tanto Burkett como Cereseto/Waitzkin: al comparar países con el mismo PIB per cápita, descubrieron que los socialistas superan sistemáticamente a los capitalistas en diferentes modelos estadísticos. La correlación entre PQLI y PIB no es un "efecto natural" del capitalismo, sino que oculta que, con la misma renta, unos sistemas logran mucho más que otros.
Por otro lado, el estudio de Hirschberg, Maasoumi y Slottje (1991) añade una capa de complejidad adicional: el bienestar es multidimensional y el PIB no capta dimensiones como los derechos políticos, las libertades civiles o la salud pública, que se agrupan en clusters distintos al del ingreso. Esto apuntala la crítica al reduccionismo economicista y permite observar que la superioridad socialista en salud y educación —dimensiones que el PIB no recoge adecuadamente— no es un artefacto estadístico, sino un logro real de políticas socialistas que priorizan necesidades básicas sobre la acumulación de capital. Incluso Summers y Heston (1984), al reconocer que la conversión del saldo exterior al tipo de cambio distorsiona las comparaciones internacionales y sobrevalora a los países exportadores de materias primas, proporcioban evidencia involuntaria de que el PIB es una medida imperfecta y sesgada, que tiende a ocultar la transferencia de valor de las periferias a los centros imperialistas.
Por tanto, otros estudios complementarios demuestran que, cuando se controla por renta y se reconoce la multidimensionalidad del bienestar, el socialismo emerge como un sistema más eficaz para garantizar salud, educación y supervivencia a las mayorías sociales. Y plantean una pregunta incómoda: si con menos dinero se puede vivir más y mejor, ¿por qué los gobiernos capitalistas, incluso los más ricos, mantienen sistemas que excluyen y perpetúan la desigualdad?
Fuentes
John P. Burkett, "The Physical Quality of Life Index and the Impact of Socialism", Journal of Comparative Economics, Vol. 9 (1985), pp. 145-163; datos del Índice de Calidad de Vida Física (PQLI) de David Morris; técnicas bayesianas de Edward Leamer y Herman Leonard.
Cereseto, Shirley y Waitzkin, Howard (1986). "Capitalism, Socialism, and the Physical Quality of Life". International Journal of Health Services, Vol. 16, No. 4, pp. 643-658. (Versión abreviada publicada en American Journal of Public Health 76:661-666, 1986).
Ram, Rati (1982). "Composite Indices of Physical Quality of Life, Basic Needs Fulfilment, and Income: A 'Principal Component' Representation". Journal of Development Economics, Vol. 11, pp. 227-247.
Larson, David A. y Wilford, Walton T. (1979). "On the Physical Quality of Life Index and Evaluating Economic Welfare Between Nations". Economics Letters, Vol. 4, pp. 193-197.
Hirschberg, Joseph G.; Maasoumi, Esfandiar y Slottje, Daniel J. (1991). "Cluster analysis for measuring welfare and quality of life across countries". Journal of Econometrics, Vol. 50, pp. 131-150.
Summers, Robert y Heston, Alan (1984). "Improved International Comparisons of Real Product and Its Composition: 1950-1980". Review of Income and Wealth.