La Revolución de Asturias, más allá de Largo Caballero y la Alianza Obrera
El historiador Matthew Kerry sostiene que la insurrección no se explica solo por las órdenes de la dirección socialista ni por la firma de la alianza, sino por conflictos cotidianos, redes locales y una creciente percepción de amenaza en las cuencas mineras.
La editorial Comares editó en castellano un libro titulado Un pueblo revolucionado: El octubre de 1934 y la Segunda República en Asturias (2024), del historiador Matthew Kerry. La obra, publicada originalmente en inglés en 2020 como Unite, Proletarian Brothers! Radicalism and Revolution in the Spanish Second Republic, 1931–1936, más que un descubrimiento archivístico reciente, es una traducción sobre un aspecto relativamente descuidado sobre la historiografía de la Revolución de Asturias que ahora llega al público español y de habla hispana. El libro cuestiona dos explicaciones asentadas sobre la insurrección asturiana: que la radicalización socialista se entiende sobre todo por la estrategia de Largo Caballero, y que la unidad obrera nació principalmente con la firma de la Alianza Obrera, un pacto impulsado por el PSOE en 1934 para coordinar la acción revolucionaria y al que se sumaron la UGT, el Partido Comunista y sectores de la CNT, aunque esta última mantuvo reticencias. Kerry sostiene que esas perspectivas no bastan para explicar por qué la insurrección adquirió en Asturias una amplitud que no tuvo en otros lugares.
El estudio desplaza el análisis de los dirigentes y las organizaciones formales hacia las comunidades obreras de las cuencas mineras: sus conflictos, redes de sociabilidad y experiencias cotidianas durante la República. Entre los factores que reconstruye figuran las disputas sobre los alquileres y la actividad de las ligas de inquilinos, el conflicto en torno al poder de la Iglesia, la reacción contra la reorganización de las derechas y la percepción de una amenaza autoritaria. También presta atención a la actuación de las fuerzas policiales en 1934: registros, cacheos y redadas contribuyeron, según su análisis, a convertir la defensa de la comunidad obrera local en un foco de movilización. La reseña académica de Gabriel Rabelo de Oliveira destaca justamente esa combinación de historia local, política y cultura como una de las principales aportaciones del libro. Otro elemento relevante es la incorporación de la participación política de mujeres en movilizaciones que a menudo han quedado fuera de los relatos centrados exclusivamente en partidos, sindicatos y dirigentes, como las ligas de inquilinos, aunque los cargos y la oratoria pública continuasen mayoritariamente en manos masculinas.
El planteamiento de Kerry no es que las instrucciones de la dirección socialista fueran irrelevantes, sino que no explican por sí solas los motivos ni el significado material más profundo que la insurrección tuvo para quienes participaron desde las cuencas. El autor distingue entre los cálculos de la dirección central, que podían buscar provocar una crisis gubernamental, y las expectativas más ambiciosas de sectores proletarios de la base asturiana, para quienes Octubre podía ser una transformación social efectiva. Así, la revolución aparece menos como un episodio que se desencadena de pronto por una orden de una cúpula dirigente y más como el desenlace contingente de conflictos y prácticas políticas acumulados en un territorio determinado. Dentro de las comunidades mineras había socialistas, anarquistas y comunistas que compartían espacios y experiencias, pero también mantenían rivalidades. Esa convivencia contradictoria ayuda a explicar tanto la posibilidad de la movilización conjunta como sus límites.
La importancia historiográfica del libro, por tanto, está en replantear la explicación causal de Octubre: no reducir la insurrección a decisiones de la cúpula del PSOE, al deterioro económico ni a la formación de la Alianza Obrera. El estudio muestra cómo se combinaron disputas materiales y simbólicas, redes de militancia local, temores políticos y represión estatal para hacer plausible una de las mayores movilizaciones revolucionarias de la historia del Estado español. También ayuda a evitar una lectura teleológica: los conflictos de 1932-34 no conducían inevitablemente a la revolución ni a la Guerra Civil. La insurrección tuvo ciertamente significados distintos para los actores y evolucionó sobre el terreno. En consecuencia, Kerry la interpreta como un proceso abierto y disputado, no como un bloque con un único objetivo desde el principio. La aportación más defendible del libro es reordenar y conectar todos esos factores con una investigación amplia en archivos locales, provinciales y estatales, incluidos fondos de corrientes conservadoras y anarquistas menos atendidos.
Conviene recordar, además, que la historiografía reaccionaria y franquista empleó Octubre de 1934 como justificación de la represión militar posterior y, en última instancia, del golpe de Estado fascista del 18 de julio de 1936. La insurrección asturiana, presentada como una amenaza revolucionaria y separatista, sirvió de coartada para legitimar la sublevación militar y la dictadura que la siguió. El trabajo de Kerry, al reconstruir la complejidad de lo ocurrido, contribuye a desmontar esa lectura interesada y a devolver a los protagonistas su condición de sujetos políticos con objetivos concretos.