Los políticos que insultan reciben un 17% más ‘me gusta’ y aumentan su intención de voto un 2,4%
Un estudio sobre más de 3 millones de publicaciones de congresistas de EEUU en redes sociales concluye que la falta de respeto es una estrategia electoral rentable: moviliza a los simpatizantes y polariza a los opositores.
La incivilidad en la política no es un error de comunicación, sino una estrategia con retornos medibles. Un estudio del economista Elliot Motte, del programa Job Market Paper, analizó los más de 3 millones de tuits publicados por miembros del Congreso de Estados Unidos entre 2017 y 2022 y concluyó que los mensajes “tóxicos” generan un 17% más de ‘me gusta’ que los “no tóxicos”.
El trabajo documenta que este tipo de contenido también tiene un impacto electoral directo: tras un pico de “toxicidad” en la cuenta de un representante, la intención de voto a su favor aumenta 2,4 puntos porcentuales en la semana siguiente. Los resultados se mantienen tras controlar por el tema, el tono, la presencia de críticas y otras características del mensaje. El estudio emplea una metodología basada en inteligencia artificial para medir la toxicidad de cada mensaje, utilizando tanto la herramienta Perspective API como un modelo de lenguaje de gran escala (LLM) entrenado para distinguir la crítica “civilizada” de la “incivilidad”. El resultado es que los retornos de la “toxicidad” son decrecientes: los políticos que apenas recurren a ella obtienen un mayor beneficio en términos de interacción, mientras que quienes la usan de forma habitual ya no reciben un impulso adicional. El patrón sugiere que la “incivilidad” funciona como una herramienta para captar atención de forma puntual, pero no como una estrategia sostenida. El estudio también encontró que los políticos más “tóxicos” tienden a ser los que están en la oposición y los que ocupan posiciones ideológicas más extremas, lo que sugiere que la “toxicidad” se utiliza para mantener la visibilidad cuando no se está en el poder. El impacto electoral no es homogéneo. El aumento de la intención de voto se concentra entre los votantes ideológicamente afines al político, especialmente los simpatizantes débiles, mientras que los opositores se vuelven menos propensos a votar por él. El estudio señala que los picos de toxicidad movilizan a los indecisos hacia sus respectivos campos partidistas, ampliando la brecha de apoyo entre simpatizantes y opositores. Este efecto se observa principalmente entre quienes se informan exclusivamente a través de redes sociales, mientras que los que solo consumen televisión no muestran cambios significativos en su intención de voto. La investigación también indica que el efecto es de corta duración: la intención de voto vuelve a sus niveles previos en aproximadamente una semana. El trabajo de Motte contribuye a un debate académico más amplio sobre los efectos de la comunicación negativa y la toxicidad en línea. Sus hallazgos sugieren que, aunque la mayoría de los votantes dice rechazar el lenguaje agresivo, este sigue siendo electoralmente rentable para quienes lo emplean. El estudio no analiza si ese beneficio se traduce en votos reales en las urnas, pero sí constata que los incentivos para la incivilidad existen y que los políticos profesionales parecen responder a ellos. Las conclusiones plantean una pregunta de fondo sobre los costes a largo plazo de normalizar la toxicidad en el discurso público, incluida la erosión de la confianza en las instituciones y el aumento de la polarización irracional.