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Una nueva generación de antifascistas retoma el pulso en las calles

Pese a la represión policial, el auge reaccionario y la extensión del discurso derrotista, la juventud trabajadora recupera la iniciativa con un mes ininterrumpido de movilización antifascista masiva.

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Manifestación estudiantil convocada por Ikasle Antolakunde Sozialista en Bilbo (Bizkaia) contra la visita de Vito Zoppellari Quiles. Foto: Gedar Langile Kazeta
Manifestación estudiantil convocada por Ikasle Antolakunde Sozialista en Bilbo (Bizkaia) contra la visita de Vito Zoppellari Quiles. Foto: Gedar Langile Kazeta

Para muchos analistas, el debate público en el Estado español parecía haber quedado irremediablemente secuestrado por narrativas reaccionarias durante los últimos tiempos. La sensación generalizada de que el fascismo y la extrema derecha se habían convertido en el nuevo sentido común era palpable en muchos sectores. Se hablaba constantemente de una batalla cultural perdida, de calles resignadas ante la provocación y de un monopolio discursivo reaccionario que avanzaba sin apenas oposición. Sin embargo, los acontecimientos registrados durante entre septiembre y octubre dibujan un panorama social y político distinto. Una lectura atenta de los acontecimientos recientes muestra una cadena de movilizaciones ininterrumpidas que apuntan hacia una especie de repunte del antifascismo en el Estado español.

Este resurgir de las manifestaciones y contramanifestaciones antifascistas es un fenómeno extendido en varias ciudades, en algunas de ellas generando movilizaciones multitudinarias que han impedido la presencia fascista e inspirado a antifascistas de otras ciudades a organizarse. El tejido estudiantil y juvenil ha sido uno de los primeros en reaccionar frente a las provocaciones protagonizadas por la extrema derecha. El 15 de octubre, un grupo de individuos de ideología fascista intentó reventar una comida popular organizada por la Organización Estudiantil Socialista en un campus universitario de Sevilla (Andalucía). Los asistentes plantaron cara de forma inmediata y lograron expulsar a los provocadores del recinto. El 26 de octubre, la ciudad de Bilbo (Bizkaia, Euskal Herria) fue escenario de una movilización estudiantil masiva, catalogable como una de las más grandes de los últimos años. Bajo el lema “Contra el fascismo y los provocadores”, miles de jóvenes tomaron las calles en la manifestación convocada por Ikasle Antolakunde Sozialista (IAS) para dejar claro que no permitirán la normalización de la violencia y los discursos fascistas de la mano del agitador fascista Vito Zoppellari Quiles. Por la tarde, Gazte Koordinadora Sozialista (GKS) convocó otra movilización multitudinaria. Finalmente, Zoppellari tuvo que suspender su acto.

Una de las dinámicas más ilustrativas de este cambio de ciclo es la estrategia de confrontación contra aquellas figuras mediáticas que actúan como agitadores de la extrema derecha. El caso de Zoppellari resulta el más evidente para entender este momento. Durante su gira por diferentes ciudades a lo largo de este mes de octubre, el agitador se ha topado con muros de rechazo. El 16 de octubre, sumó su segundo fracaso consecutivo en Iruñea (Nafarroa), donde la rápida organización antifascista impidió que llevara a cabo su acto con normalidad, e intervino brevemente y ante un grupo muy reducido de personas. Aún así, se produjeron fuertes disturbios en la capital navarra, donde decenas de antifascistas respondieron a las cargas policiales que trataron de dispersar la concentración. Apenas cuatro días después, el 20 de octubre, el movimiento estudiantil volvió a cerrarle el paso en Catalunya, impidiendo que pudiera tan siquiera transitar por las instalaciones de la Universidad Autónoma de Barcelona. La presión social sobre esta figura alcanzó otro punto de tensión el 23 de octubre en Zaragoza. Allí, ante la masiva presencia de manifestantes que frustraron nuevamente su convocatoria pública, la policía cargó duramente contra los grupos antifascistas con el objetivo de proteger y escoltar a Zoppellari.

Pero la respuesta antifascista ha ido mucho más allá del mero rechazo a figuras mediáticas concretas y se ha materializado en un choque frontal contra el avance de los discursos de odio y la desinformación en las ciudades y los barrios, disputando el espacio público palmo a palmo. Un ejemplo claro ocurrió el 26 de octubre en Burgos. Allí, diversos grupos antifascistas lograron acorralar a un grupo de neonazis que estaban intentando instrumentalizar de forma oportunista el reciente asesinato de María Rosario para sembrar un discurso abiertamente racista entre los vecinos. La rápida movilización impidió que ese mensaje de odio lograra echar raíces en las calles burgalesas: los fascistas tuvieron que irse escoltados por la Policía.

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Vídeo: @_sraka_ (X)

El nivel de conflictividad de las últimas semanas ha demostrado también que la respuesta antifascista callejera conlleva un alto coste represivo para los propios manifestantes. Galiza y Asturies han sido epicentros recientes de esta pugna. El 21 de octubre, las calles de A Coruña acogieron una multitudinaria manifestación antifascista que terminó en violentas cargas de la Policía contra los antifascistas. Los agentes cargaron duramente contra la multitud, dejando un saldo alarmante de una decena de personas heridas y varios manifestantes detenidos. Sin embargo, lejos de apagar el ánimo de la protesta, esta represión actuó como un fuerte catalizador. Al día siguiente, el 22 de octubre, tanto la propia ciudad de A Coruña como la localidad asturiana de Avilés vivieron una intensa noche de movilizaciones y enfrentamientos directos, esta vez motivados por el rechazo unánime a la presencia y actividad de Vox.

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El ciclo antifascista había comenzado antes, en septiembre. El 11 de septiembre, durante la Diada, el grupúsculo Núcleo Nacional no pudo acceder a la plaza Mossèn Jacint Verdaguer de Barcelona: miles de antifascistas convocados por la Organització Juvenil Socialista les cortaron el paso y les obligaron a huir escoltados por los Mossos, que cargaron hasta tres veces contra los manifestantes y dejaron una cincuentena de heridos. El 21 de septiembre, más de mil personas impidieron el acto de Vox en Santiago de Compostela (Galiza): decenas de jóvenes se encerraron en el Centro Sociocultural de Santa Marta y una cadena humana bloqueó el acceso; Buxadé intentó un mitin callejero con megáfono que los cánticos ahogaron, y la jornada terminó con una carga policial y varios heridos. El 8 de octubre, en València, un cordón antifascista de 1.500 personas protegió la acampada por la vivienda de la Plaza del Ayuntamiento frente a la convocatoria de Núcleo Nacional y Patriam, que solo reunió a unas decenas de personas y se disolvió escoltada. En Madrid, varias convocatorias antifascistas se movilizaron en octubre para defender la acampada por la vivienda Sol ante los intentos de Núcleo Nacional, Democracia Nacional y otros grupos fascistas que trataron de atacar la atacar protesta. La respuesta del cordón de seguridad organizado desde la acampada fue exitosa en todas las ocasiones y miles de personas acudieron a la plaza a mostrar su apoyo ante las convocatorias antifascistas.

La acumulación de todos estos incidentes y movilizaciones en un mes pone en entredicho la teoría de la apatía social, la desmovilización juvenil y la derrota ideológica. Tal y como se ha podido comprobar en múltiples marchas antifascistas, miles de personas se reunen para reivindicar la unidad de clase frente al avance del fascismo, convirtiendo el pesimismo propagado por los sectores “progresistas”, está mutando en organización y movilización. La escena antifascista parece estar tomando la iniciativa y demostrando de forma contundente que, en la disputa por el sentido común de la sociedad, la última palabra todavía la tienen las calles.