La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha confirmado recientemente un cambio en la hegemonía tecnológica global: la República Popular China ya invierte más que los Estados Unidos de América en investigación y desarrollo (I+D). Según los indicadores publicados por el organismo el pasado 31 de marzo, el gasto del Estado chino ascendió a 1,03 billones de dólares, mientras que el desembolso estadounidense se situó en 1,01 billones de dólares. Estas cifras, calculadas bajo el criterio de paridad de poder adquisitivo, reflejan la capacidad real de movilización de recursos productivos más allá de las fluctuaciones del mercado de divisas.

La brecha entre ambas potencias responde a ritmos de acumulación de capital intelectual marcadamente distintos. Los datos de la OCDE muestran que China ha elevado su gasto en investigación cerca de un 10% anual durante al menos la última década. En el ejercicio de 2024, el incremento fue del 9,7%, una cifra que contrasta con el 3,4% registrado en Estados Unidos. Esta tendencia sostenida es signo de una estrategia estatal orientada a transformar la base productiva y reducir la dependencia de tecnologías externas.

El indicador utilizado por la OCDE incluye de forma agregada el gasto del Gobierno, el sector empresarial y las partidas destinadas al ámbito militar. La utilización de la paridad de poder adquisitivo resulta determinante en este análisis, ya que corrige las diferencias de costes operativos entre países, permitiendo una comparación directa sobre cuántos recursos físicos y humanos —como laboratorios, materiales y salarios de investigadores— se están activando realmente en cada territorio.

Este adelantamiento se produce en un contexto de competencia acelerada por el control de las fuerzas productivas avanzadas. Mientras la economía estadounidense muestra un crecimiento más lento en esta área, la planificación económica china ha priorizado la soberanía tecnológica en sus planes quinquenales como eje central. Según la OCDE, esta dinámica no es un fenómeno aislado de 2024, sino el resultado de un proceso de inversión masiva que ha permitido al capital chino disputar la vanguardia en sectores estratégicos donde el bloque occidental mantenía históricamente el monopolio.