La generación que sufre las condiciones laborales más precarias en décadas (sobrecarga, horas extra sin pagar, trabajar sin contrato o directamente sin cobrar) es, al mismo tiempo, la que menos herramientas colectivas tiene para defenderse. Según el Estudio sobre los jóvenes españoles y el mercado laboral de la Unión Sindical Obrera (USO) de 2023 aseguraba que un 54,55% de los jóvenes entre 16 y 30 años no sabía exactamente qué es un sindicato. No es un matiz: de entrada, no saben qué son, ni qué hacen, ni para qué sirven.

Este desconocimiento masivo no es un accidente. Es el resultado tangible de una desconexión generacional y, también, de la incapacidad de las propias organizaciones sindicales para renovarse y ser prestigiosas entre quienes más sufren la precariedad.

La paradoja de la percepción

El informe de USO, basado en una encuesta a 1.010 jóvenes, dibuja un panorama contradictorio. Por un lado, un 74,65% de los encuestados cree que un sindicato puede ser de ayuda ante un problema laboral, y un 71,88% de hecho asegura que contactaría con uno si tuviera una necesidad. Por otro lado, casi la mitad (49,90%) tiene una percepción "buena o muy buena" de los sindicatos, frente a solo un 13,37% que la considera "mala o muy mala".

Sin embargo, los de afiliación real son lapidarios: solo un 5,5% de los afiliados de CCOO y un 9,4% de UGT tiene menos de 30 años, según los datos aportados por los propios sindicatos. El estudio de USO señala que la afiliación sindical entre los jóvenes que han trabajado ronda el 15,74% (la mitad de la OCDE, que se sitúa en el 30%), cifras que vuelven a chocar frontalmente con la realidad de las grandes centrales sindicales.

El informe explica que la razón de esta brecha se encuentra, en parte, en que los jóvenes actúan principalmente por reacción, no por convicción previa. Ante abusos reales (como horas extra sin pagar o trabajos sin contrato), la respuesta más frecuente es "no hice nada" (entre el 30% y el 45% de los casos). Solo en situaciones extremas (como acoso o despido) la cifra de quienes acuden a un sindicato supera el 20%, que tampoco es mayoritario. Es decir, la gran mayoría solo consideraría la afiliación tras sufrir un abuso directo, no como una herramienta preventiva o de pertenencia de clase.

Precariedad y derechos vulnerados

El contexto socioeconómico general de esta desconexión es una realidad laboral que, por sí sola, tiene el potencial de disparar la sindicalización. El informe de USO es demoledor al detallar las experiencias de estos jóvenes:

  • 77,63% ha realizado trabajos que no le correspondían.
  • 69,32% ha sufrido sobrecarga laboral.
  • 64,64% ha realizado horas extras sin cobrarlas.
  • 54,92% ha trabajado sin contrato en alguna ocasión.
  • 51,05% ha trabajado alguna vez sin cobrar.

A pesar de ello, cuando se les pregunta por qué no actúan, el informe señala que un 43,37% no sabía a dónde acudir y se sintió "poco o nada protegido". Este dato es aún más grave entre mujeres (42,15%). Solo un 3,27% se sintió "muy protegido". La conclusión es inevitable: el discurso sindical, sus canales y su presencia no llegan a los centros de trabajo precarios donde se concentra la juventud (hostelería, reparto, cultura, cuidados, etc.).

Desconocimiento estructural o abandono sindical

El informe de USO desglosa ese 54,55% de desconocimiento. No es que tengan una idea vaga: muchos directamente confunden los sindicatos con ONGs (10,2%), con departamentos del Ministerio de Trabajo (9,31%) o incluso con partidos políticos (4,16%). El conocimiento real ("asociación de trabajadores"), no alcanza la mitad: solo lo reconoce el 45,45%.

Y aquí el propio estudio apunta a una responsabilidad directa del sistema educativo y, de paso, de los propios sindicatos. La formación en derechos laborales es casi inexistente hasta la FP (con la asignatura FOL), pero como bien señala el informe, "no solo los estudiantes de FP van a trabajar". Muchos jóvenes abandonan la ESO o el bachillerato sin haber oído hablar jamás de un convenio colectivo o de la negociación sindical. En ese sentido, la propuesta de USO de incluir educación sindical en el último curso de la ESO podría ser sensata, pero se torna insuficiente si no va acompañada de un cambio de modelo sindical. La ausencia de datos oficiales del Ministerio de Trabajo desde 2010 impide evaluar si las campañas de "rejuvenecimiento" de los grandes sindicatos son algo más que marketing.

Síntomas de agotamiento: riesgos de irrelevancia e inutilidad

A pesar de que el 66,98% de los jóvenes no afiliados valora afiliarse en el futuro, la pregunta es: ¿a qué se afiliarían? La realidad es un modelo sindical que, salvo honrosas excepciones en sectores y centros de trabajo concretos o en sindicatos combativos de base ha envejecido como estructura. La burocratización, la dependencia de subvenciones estatales (un 67,52% de los jóvenes cree, acertadamente, que los sindicatos "cobran subvenciones del Estado") y su falta de propuesta y articulación para los sectores frecuentados por la juventud trabajadora los alejan de la realidad juvenil.

La conclusión es que nos encontramos ante un desistimiento generacional inducido. Los jóvenes no son apolíticos ni pasivos: cuando sufren acoso, un 44,55% dice que acudiría a un abogado (en hipótesis), frente al 29,58% que acudiría a un sindicato. En la realidad, tras un despido, solo un 19,29% fue al sindicato, mientras un 24,64% fue directamente a un abogado. Anteponen la vía jurídica individual a la colectiva porque la perciben como más eficaz, rápida y menos burocratizada.

Si los sindicatos no logran revertir esta percepción, si no son capaces de ser vistos como herramientas útiles para mejorar la vida de la clase trabajadora, los datos apuntan a un futuro claro: la progresiva irrelevancia y el envejecimiento terminal de los sindicatos.