Un software total para un mundo en crisis
Palantir y el Pentágono aceleran la fusión entre el capital tecnológico y el aparato represivo del Estado para erigirse como los nuevos señores de los datos y del mundo.
La llamada “era de la información” está evolucionando rápidamente, de manera que, de la mano de la inteligencia artificial y la posibilidad técnica del procesamiento y uso masivo de los datos, está esculpiendose, inevitablemente, a la imagen y semejanza de la lógica pura de la acumulación de capital y la prevalencia de una clase sobre otra.
En el segundo trimestre de 2025, el Ejército de los Estados Unidos firmó un contrato marco con Palantir Technologies por un precio máximo de diez mil millones de dólares. La operación, que consolidaba setenta y cinco contratos previos en un único acuerdo decenal, no llamó especialmente la atención de la prensa generalista. Apenas un mes antes, Anduril Industries —otra compañía de software militar fundada con capital de Peter Thiel— había firmado otro acuerdo equivalente por veinte mil millones, agrupando ciento veinte contratos dispersos. El mensaje, dirigido más al sector financiero que al gran público, era inequívoco: el Pentágono ya no compra armas a Lockheed o a Boeing como su principal partida tecnológica. Compra software de análisis de datos a empresas de Silicon Valley.
En conjunto con lo anterior, en el mismo año se reportaban decenas de miles de trabajadores, en países de la periferia, pasaban sus jornadas etiquetando imágenes para entrenar a los modelos de inteligencia artificial que sostienen el ecosistema de productos de OpenAI, Meta y Google. Cobraban menos de dos dólares la hora y, según múltiples investigaciones, sin acceso a apoyo psicológico tras la exposición continuada a contenidos extremos: violencia sexual, decapitaciones, abuso infantil. La empresa intermediaria, Scale AI, alcanzó en 2025 una valoración de veintinueve mil millones de dólares tras una inyección de capital de Meta.
Y en San Francisco, Alexander Karp, consejero delegado (CEO) de Palantir, presentaba en febrero de ese mismo año su libro The Technological Republic, el cual ha causado cierto revuelo en los últimos meses. En él denunciaba la “fragilidad intelectual” de los ingenieros que se niegan a colaborar con agencias militares y de control fronterizo, exigía un nuevo “Proyecto Manhattan” para la inteligencia artificial militar, y describía a sus propios compañeros de profesión como “perdidos en Juguetelandia” mientras la civilización occidental, según él, se desmorona. Además de ello, el autor manifiesta expresamente la necesidad de establecer un control social absoluto de la mano de la tecnología. Una perspectiva de la intencionalidad del propio libro y la empresa Palantir, se pueden ver en la última frase del prefacio:
“La propia Palantir es un intento —imperfecto, en evolución e incompleto— de construir una empresa colectiva cuyo resultado creativo combina la teoría y la acción. El despliegue de su software y su labor en el mundo constituyen la acción. Este libro intenta ofrecer los inicios de una articulación de esa teoría”.
Las tres escenas describen un mismo fenómeno: una transformación material y, a la vez, ideológica del modo en que se gestiona la información en las economías capitalistas avanzadas. Lo que sigue es un análisis de esa transformación, organizado en tres planos. Primero, la base económica: cuánto vale el negocio de los datos, quién lo controla y para qué se utiliza. Segundo, una radiografía de Palantir Technologies, la empresa que mejor encarna la fusión entre el aparato represivo estatal y la acumulación privada de capital en el contexto de la apropiación u empleo masivo de datos. Y tercero, las corrientes de pensamiento que las élites del sector están elaborando para legitimar este orden, desde el aceleracionismo efectivo hasta el neorreaccionarismo de Curtis Yarvin, pasando por la teología política de Peter Thiel y el tecno-nacionalismo de Karp.
La tesis subyacente, por tanto, se manifiesta do dos maneras complementarias: el modo en que hoy se recolecta, procesa y vende la información no es sino una respuesta funcional a las necesidades del sistema socioeconómico establecido, materializadas en una forma concreta y coherente con las condiciones materiales imperantes. Por un lado, la necesidad de encontrar nuevos espacios de acumulación de capital junto a la promesa de lograr una mayor tasa de explotación, en un intento desesperado por mantener las tasas de ganancia. Por otro, la necesidad de los aparatos de Estado, asociados con los grandes capitales, de lograr unas nuevas y mas efectivas formas de controlar el orden social, más aún en momentos en los que la crisis capitalista muestra sus síntomas y empeora las condiciones generales de la población.
Arquitectura general
Cifras generales
Conviene empezar por una cifra. En 2025, el mercado global de inteligencia artificial alcanzó una valoración estimada de 390.910 millones de dólares, con proyecciones que sitúan su tamaño entre 3,49 y 4,21 billones —billones europeos— de dólares para mediados de la próxima década. La tasa de crecimiento anual compuesto oscila entre el 18,7 y el 30,6 %, dependiendo del segmento. Para situar la magnitud, la economía mundial difícilmente crece por encima del 3 % anual según el Banco Mundial.

Detrás de ese crecimiento se mueve un volumen de capital de riesgo con unos volúmenes que hacen palidecer a casi todos sus precedentes. En 2025, las inversiones de capital riesgo en empresas de inteligencia artificial alcanzaron 258.700 millones de dólares globales, lo que representó el 61 % del capital riesgo total del año, frente al 30 % que ese mismo segmento captaba apenas tres años antes. Estados Unidos concentró cerca del 70 % de la inversión global, y la inversión privada estadounidense en IA durante 2024 (109.100 millones de dólares) fue casi doce veces superior a la china y veinticuatro veces superior a la del Reino Unido.

Estos datos sirven para situar la escala, pero esconden una pregunta más interesante: ¿hacia dónde fluye realmente todo ese dinero? La respuesta, como veremos, configura la forma específica que adopta la gestión de la información en el capitalismo contemporáneo, y esa forma responde a dos lógicas convergentes.
La cotidianeidad de la doble cara del fenomeno
La primera de las facetas adopta una forma más económica. La información se ha convertido en una mercancía y, a la vez, en el insumo principal de una nueva ola de optimización de la rentabilidad. La industria global de corredores de datos —empresas como Acxiom, Experian, Equifax o TransUnion— alcanzó en 2025 un volumen de negocio de 342.600 millones de dólares y se proyecta que llegue a 812.400 millones en 2034. Acxiom, por sí sola, mantiene un repositorio que abarca más de 2.500 millones de registros individuales en sesenta y dos países. La información no procede solo de bases públicas: el 35,7 % del canal de adquisición en 2025 correspondía a aplicaciones móviles, lo que significa que cada gesto que un usuario realiza en su teléfono —desde una búsqueda hasta un trayecto— se registra y almacena bajo un interés por, al menos, obtener rédito económico por ello.
Esta “materia prima” alimenta, por ejemplo, un ecosistema cada vez más sofisticado de optimización algorítmica de precios. El mercado de “AI-driven price optimization” alcanzó 2.980 millones de dólares en 2024 y crece al 14,7 % anual. A pesar de ello, la peculiaridad principal de estos sistemas reside en que se abandona el concepto de precio tal y como se conoce actualmente, permitiendo ensanchar los márgenes de beneficio con un incremento artificial y personalizado del precio de cada una de las mercancías. Todo ello, ejecutandose en función del historial de la persona, su ubicación, el dispositivo que utiliza o la urgencia que el algoritmo detecta en su comportamiento. Estudios sectoriales reportan incrementos de ingresos de hasta el 15 % y aumentos de margen de beneficio bruto de entre el 5 y el 10 % para los minoristas que adoptan estas plataformas.
La segunda cara adopta una forma coercitiva, y está institucionalizada. En Estados Unidos, las agencias federales —singularmente el Departamento de Seguridad Nacional (DNS) y el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE)— han construido un aparato de vigilancia que se sostiene sobre la misma infraestructura comercial descrita antes. El presupuesto de ICE para el año fiscal 2025 alcanzó 28.700 millones de dólares —casi el triple que en 2024— y tiene proyectada una inyección adicional de al menos 56.250 millones en los tres años siguientes. Si se comparase con los ejércitos regulares de todo el mundo, ese nivel de financiación posicionaría a ICE como la decimocuarta entidad militar mejor financiada del mundo, entre los presupuestos de defensa de Ucrania e Israel. Concretamente, se situaría como el decimocuarto ejército más financiado del mundo, con más de 300 millones de esa partida destinanda específicamente a tecnología de vigilancia e inteligencia artificial, según los registros federales de contratación publicados por Politico.
Buena parte de esa partida se está dirigiendo a contratos con empresas de software y biometría. ICE mantiene un contrato de diez millones de dólares con Clearview AI, la firma que entrenó su sistema de reconocimiento facial raspando más de treinta mil millones de imágenes de internet sin consentimiento. Tiene un contrato de once millones de dólares con Cellebrite para extraer datos de teléfonos móviles. Otros tres millones para Magnet Forensics y su dispositivo Graykey, capaz de saltar el cifrado de aplicaciones como Signal o WhatsApp. Y dos millones de dólares para Paragon Graphite, un programa espía que activa silenciosamente micrófonos de dispositivos sin que el usuario lo perciba.
En el terreno de la inteligencia artificial propiamente dicha, el contrato más voluminoso es el de treinta millones de dólares adjudicado en abril de 2025 a Palantir Technologies —en un procedimiento de fuente única, sin concurso— para construir el llamado ImmigrationOS, un sistema de rastreo en tiempo casi real de la "vida útil migratoria" de cada individuo: detección, detención, deportación y seguimiento de las autodeportaciones voluntarias. El contrato se injertó en el acuerdo previo del ICE con Palantir, cuyo precio acumulado supera ya los 145 millones de dólares. A eso se suman doce millones más firmados en abril de 2026 con la empresa Edge Ops LLC para el "Proyecto SAFE HAVEN", una herramienta de IA que mapea rutinas diarias, hábitos y ubicación en tiempo real de las personas migrantes y los clasifica automáticamente como "amenazas potenciales". En diciembre de 2025, el ICE adjudicó contratos de localización de personas —denominados eufemísticamente como skip tracing— a trece empresas privadas, por un precio que puede alcanzar los 1.200 millones de dólares en dos años, con contratistas que utilizan modelos de lenguaje de gran escala para mapear redes de familiares y asociados a partir de registros comerciales y fuentes abiertas, con los que pueden recibir hasta 50.000 nombres al mes. La compañía Flock Safety, que opera redes de lectores automáticos de matrículas en miles de municipios estadounidenses, generó trescientos millones de dólares en ventas en 2024; auditorías de 2025 demostraron que numerosos departamentos de policía locales comparten esos datos directamente con ICE y la Patrulla Fronteriza, sin orden judicial.
El mecanismo legal que articula este sistema se conoce como el “vacío legal de los corredores de datos” (data broker loophole). En teoría, la Cuarta Enmienda de la Constitución estadounidense exige una orden judicial firmada por un juez, basada en "causa probable", para acceder a comunicaciones privadas, metadatos o ubicación precisa de un ciudadano. En la práctica, las agencias federales eluden ese requisito con un procedimiento sencillo: en lugar de pedir la orden, compran los datos en el mercado abierto, a las mismas empresas que ya estaban explotando esa información con "fines publicitarios". ICE mantiene un contrato de cinco millones de dólares con Pen Link para acceder a datos de geolocalización de millones de teléfonos móviles.
El cuello de botella físico
Más allá de los sistemas de software se encuentra la limitación energética. La gestión de los volúmenes de información que sostienen este ecosistema requiere infraestructura física —centros de datos, cables submarinos, plantas de generación eléctrica— y, al menos en el llamado Norte Global, esa infraestructura está experimentando una concentración de capital que evidencia la magnitud de la importancia que se les atribuye a la IA y la gestión de datos.
Cinco compañías —Alphabet (Google), Amazon, Meta, Microsoft y Oracle— concentran la mayor parte del despliegue. Sus gastos combinados de inversión en capital físico (capex) se cuadruplicaron tras el lanzamiento masivo de modelos generativos a principios de 2023. Entre el segundo trimestre de 2023 y el cuarto de 2025, su capex creció a una tasa anualizada del 72 %. Para 2026, las proyecciones sitúan su gasto combinado en infraestructura por encima de los 770.000 millones de dólares anuales. Solo Amazon gastó 134.700 millones en 2025; solo Microsoft, 118.000 millones. Como referencia, Meta —la menor de las cinco en este rubro— gastó más en 2025 que Saudi Aramco, TSMC y los tres grandes operadores de telecomunicaciones estadounidenses sumados.

Por otro lado, se denominan hiperescaladores las empresas que operan centros de datos a una escala prácticamente ilimitada, capaces de crecer de forma casi indefinida añadiendo servidores, y que alquilan esa capacidad de cómputo, almacenamiento y red al resto del mundo —bancos, gobiernos, ejércitos, startups de IA— como si fuera un suministro básico, con la misma lógica con que una compañía eléctrica vende kilovatios. Un solo campus hiperescalador puede ocupar varios kilómetros cuadrados y consumir tanta electricidad como una ciudad mediana.
De esta manera, para 2030 se proyecta que la demanda mundial de capacidad de centros de datos se triplique, generando un déficit eléctrico estimado de hasta 45 GW solo en Estados Unidos —el equivalente a la producción combinada de cuarenta y cinco centrales nucleares. Los hiperescaladores son ya los mayores compradores corporativos de energía renovable del mundo, con más de 50 gigavatios de capacidad contratada mediante acuerdos de compra de energía. Microsoft, en una operación que habría sido impensable hace una década, anunció en 2024 que reabrirá un reactor nuclear en Three Mile Island —lugar del peor accidente nuclear de la historia estadounidense— para alimentar exclusivamente sus centros de datos de inteligencia artificial.
Para 2030 se proyecta que la demanda mundial de capacidad de centros de datos se triplique, generando un déficit eléctrico estimado de hasta 45 GW solo en Estados Unidos —el equivalente a la producción combinada de cuarenta y cinco centrales nucleares.
En la Unión Europea, la respuesta a esta asimetría ha sido la creación del programa InvestAI, dotado con 20.000 millones de euros, para construir hasta cinco AI Gigafactories capaces de albergar cientos de miles de chips avanzados. En abril de 2025, la convocatoria recibió setenta y seis solicitudes de dieciséis Estados miembros.
Asimismo, en el viejo continente el problema de la energía no se hace sino más grave que en Estados Unidos, dada la dependencia extranjera de combustibles fósiles, entre otros. Aun así, los estados miembros entran de igual manera a la carrera de la IA generando que, por ejemplo, se prevé que se cuadruplique el consumo eléctrico de los centros de datos en el Estado francés para 2035. En el conjunto del continente en 2030 representará hasta el 25% de todo el crecimiento de demanda eléctrica europea en esa década, según S&P Global. Para 2030, los centros de datos europeos necesitarán tanta electricidad como Portugal, Grecia y los Países Bajos juntos hoy. La concentración geográfica, en este sentido, tambien juega un papel considerable. En el ejemplo más claro —Irlanda—los centros de datos ya absorben casi el 80% de la demanda eléctrica de Dublín (la capital concentra casi el total de todos los centros del país), mientras que actualmente su demanda a nivel nacional supone entre un 21 y 22% del uso energético total. Este hecho ha llevado a Irlanda a imponer restricciones de conexión a la red, y a pesar de no padecer de casos tán acusados, otros países como los Países Bajos se han visto obligados a decretar una moratoria de nueve meses sobre nuevos permisos para hiperescaladores.
En el estado español, la patronal del sector Spain DC calcula que la potencia instalada en centros de datos, pasará de los 439 megavatios actuales a 2.537 megavatios en 2030, con una inversión prevista de 66.900 millones de euros hasta final de la década. El epicentro de ese crecimiento se está desplazando hacia Aragón: Microsoft está construyendo un campus en Zaragoza con una inversión proyectada de 5.300 millones de euros para dar servicio a toda Europa, y el fondo estadounidense Blackstone planea en Calatorao —mediante su filial QTS— uno de los mayores campus de centros de datos del continente, con 7.500 millones de euros de inversión y 224 hectáreas de extensión. Ecologistas en Acción, la Asociación Naturalista de Aragón (ANSAR) y la plataforma No Centros de Datos Aragón denunciaron que los 20 centros de datos que estarán operativos en la región en los próximos años requerirán una potencia de 6.970 MW, seis veces el consumo energético de toda Aragón.
Por su lado, también se observa que el capital financiero institucional también ha puesto en marcha la maquinaria en este sentido. El Banco Europeo de Inversiones comprometió en 2025 un récord de once mil millones de euros para reforzar la red eléctrica, casi el triple de la cifra de 2023.
Para 2030, los centros de datos europeos necesitarán tanta electricidad como Portugal, Grecia y los Países Bajos juntos hoy.
La fuerza de trabajo invisible
El desarrollo de los principales modelos de IA, a diferencia de lo que parece, descansa sobre una capa de trabajo humano que el discurso público de la industria tiende a ocultar. Los modelos de lenguaje a gran escala no aprenden por sí solos: necesitan que personas etiqueten millones de ejemplos, indiquen qué respuestas son aceptables y cuáles no, filtren contenidos extremos para que el sistema final no los reproduzca. Este trabajo, conocido como data annotation y reinforcement learning from human feedback (RLHF), constituye un mercado mundial valorado en 3.770 millones de dólares en 2024, con proyección a 17.100 millones en 2030.
La empresa de referencia en este segmento es Scale AI. Tras la inversión de 14.300 millones de dólares de Meta en 2025, la firma alcanzó una valoración de veintinueve mil millones. Sus ingresos en 2024 ascendieron a 870 millones. Cabe remarcar que este tipo de trabajos son comunmente externalizados a países de la periferia mediante filiales —Remotasks, Outlier— ya que de no lograr las tasas de explotación que permiten estas prácticas, sería enormemente más costoso poder desarrollar esta tecnología a la velocidad a la que lo hace. Esa externalización se reporta principalmente en países como Kenia, Filipinas, Colombia, India o Venezuela.
Más allá de la explotación como recurso para obtener una mayor rentabilidad, varias organizaciones también señalan las condiciones de estos trabajadores desde una perspectiva ética. Las investigaciones realizadas por la organización Equidem en 2024 y 2025 documentan salarios por debajo incluso del mínimo local, deducciones arbitrarias, retrasos en los pagos, despidos algorítmicos sin recurso, exposición continuada a contenidos traumáticos sin acompañamiento psicológico, y una clasificación contractual deliberada como "trabajadores autónomos" que impide cualquier tipo de protección a nivel laboral.
La narrativa de la "inteligencia artificial autónoma" se suma por tanto a la apropiación de valor de la periferia en forma de salarios, y enmascara una elevada cuota de trabajo humano devaluado hasta el extremo. La novedad es que ahora el producto final no es un bien material en sí mismo, sino un sistema que, una vez entrenado, cuenta con el potencial de desplazar trabajo humano especializado.
Militarización
La integración entre las grandes tecnológicas comerciales y el aparato militar estadounidense (aparente líder en la integración bélica de este tipo de sistemas) ha alcanzado en los dos últimos años un grado que rompe la separación tradicional entre el sector civil y la industria militar. El gasto militar global, calculado en los presupuestos anuales de los departamentos de defensa, alcanzó 2.718 billones de dólares en 2024 y aproximadamente 2.88 billones para 2025; es el undécimo año consecutivo de crecimiento. Estados Unidos representa por sí solo entre 820.000 y 997.000 millones de ese total. Para el año fiscal 2025, el Departamento de Defensa de EEUU solicitó, en los presupuestos iniciales (ya que posteriormente vió incrementadas esas cifras) 849.800 millones de dólares, de los cuales 1.800 millones específicamente etiquetados para inteligencia artificial y 17.200 millones para "ciencia y tecnología" en sentido amplio. Desde 2016, el departamento ha asignado más de 75.000 millones a programas vinculados a IA y hasta 9.000 millones adicionales a centros de datos clasificados.
Dos iniciativas concentran el grueso de esta inversión. Project Maven, lanzado originalmente en 2017 para aplicar visión por ordenador a vídeos de drones, ha evolucionado hasta convertirse en un sistema integrado de fusión de inteligencia que combina datos satelitales, redes sociales y bases de corredores de datos comerciales para identificar y priorizar objetivos. En 2025, el proyecto cuyo principal contratista es Palantir Technologies, incorporó formalmente modelos de lenguaje comerciales para acelerar el análisis táctico y simular escenarios. El sistema está operativo en los teatros de Ucrania y Asia Occidental. La segunda iniciativa, la Replicator Initiative, busca desplegar miles de drones autónomos baratos —"atritables", en la terminología militar— capaces de operar en enjambre con supervisión humana mínima. Anduril es el contratista central de este programa.

A finales de 2025, el Pentágono lanzó la plataforma GenAI.mil, que da acceso a millones de militares a los modelos comerciales de Google, OpenAI, Anthropic y Meta dentro de un entorno cifrado.
Este es el escenario macroeconómico. El siguiente paso es examinar, en detalle, una empresa que encarna como ninguna otra la convergencia entre acumulación privada y la función represiva de los aparatos de Estado.
Palantir: anatomía del caso paradigmático
Qué es Palantir Technologies
Palantir no es una empresa de inteligencia artificial en el sentido en que lo son OpenAI, Anthropic o Google DeepMind. No entrena modelos fundacionales, no compite por construir el siguiente sistema generativo de propósito general, y no factura sus servicios por consumo de cómputo o por número de tokens procesados. Tampoco es un fabricante de armamento en el sentido en que lo son Lockheed Martin, Boeing o Raytheon: no construye aviones, no produce munición y no opera líneas de ensamblaje industriales. Y, contra lo que sugiere parte del periodismo crítico, tampoco es estrictamente una empresa de vigilancia masiva en el sentido en que lo es la NSA o, en el plano comercial, las empresas de corredores de datos como Acxiom o Experian: Palantir no recolecta datos por su cuenta, ni mantiene bases propias de información sobre ciudadanos.
Palantir es, en su definición técnica más precisa, una empresa de software de fusión, organización y operacionalización de datos. Su producto consiste en una capa de infraestructura que permite a una organización —ya sea el Pentágono, el sistema sanitario británico o la división aeroespacial de Airbus— integrar bases de datos dispersas, heterogéneas y previamente incompatibles en una representación coherente sobre la que se pueden ejecutar consultas, análisis y decisiones. La compañía se autodefine como un "sistema operativo empresarial".
Palantir es, en su definición técnica más precisa, una empresa de software de fusión, organización y operacionalización de datos.
Lo que hace de Palantir un agente especialmente útil, especialmente para aquellos que la crearon, es que desarrolla la capa lógica que conecta los datos de una organización con sus decisiones operativas. En la práctica, esto significa que cuando un analista de inteligencia, un médico hospitalario, un gestor de una refinería o un comandante en el campo de batalla utiliza un sistema basado en Palantir, no está utilizando "una herramienta más" sobre los datos de su organización: está utilizando la única herramienta que conecta esos datos con su acción cotidiana. De esta manera, se convierte en muchos casos en la llave entre el almacenamiento masivo de los datos y su posible utilización con una intencionalidad determinada. Además, lejos de ser solamente un "sistema operativo empresarial" que actúa como agente imparcial (hecho que los propios fundadores niegan categóricamente), funciona desde su origen bajo "el interés nacional estadounidense" que en los apartados posteriores se analizará más en profundidad. Además la intencionalidad ya puede ser intuída desde el propio nombre, ya que lo recibe del mundo de ficción del señor de los anillos, donde el Palantir es una "piedra vidente" que Permite a sus usuarios ver cualquier lugar por distante que sea o ver el pasado o el futuro, entre otras funciones.
Origen
Palantir Technologies fue fundada en el verano de 2003 por Peter Thiel, Alexander Karp, Joe Lonsdale y Stephen Cohen. La idea original, según el propio relato de la compañía, surgió de la experiencia de Thiel en PayPal, donde había desarrollado algoritmos para detectar fraude analizando patrones en grandes volúmenes de transacciones. La hipótesis era sencilla: lo mismo que servía para detectar tarjetas robadas podía servir para detectar "amenazas terroristas" tras los ataques del 11 de septiembre de 2001.
La empresa atrajo rápidamente el interés de In-Q-Tel, el fondo de capital riesgo creado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en 1999 con la misión específica de identificar e invertir en tecnologías privadas con aplicaciones para la comunidad de inteligencia. La inversión inicial de In-Q-Tel en Palantir fue de aproximadamente dos millones de dólares, una cifra modesta en términos absolutos pero estratégicamente decisiva: garantizó a la empresa acceso a los problemas reales de la CIA, retroalimentación técnica directa de analistas en activo y, sobre todo, el sello de confianza que abriría posteriormente la puerta a contratos con el FBI, la NSA, el Departamento de Defensa y aliados internacionales como el Reino Unido o Israel.
Esta génesis es importante por dos motivos. El primero es técnico: el producto estrella de Palantir —primero Gotham, después Foundry, y desde 2023 la Artificial Intelligence Platform (AIP)— se desarrolló desde el inicio para resolver problemas de fusión de datos en entornos clasificados. La capacidad de integrar fuentes heterogéneas y dispersas en una única "imagen operativa" es la competencia central de la empresa, y solo se desarrolla cuando se tienen clientes que verdaderamente padecen ese problema a gran escala. Las empresas comerciales que persiguen la misma capacidad llegaron tarde, sin las relaciones ni el prestigio de "seguridad nacional" que Palantir había acumulado durante una década.
El segundo motivo es político: el origen mismo de la compañía la sitúa, desde el inicio, como un actor estatal disfrazado de privado. La frontera entre Palantir y el aparato de inteligencia estadounidense nunca ha sido nítida, ni en su financiación inicial, ni en su clientela, ni en su personal. Esta hibridación es lo que permite, después, que la empresa sirva como vehículo para externalizar funciones que, ejecutadas directamente por una agencia estatal, requerirían "supervisión democrática".
El producto: cómo funciona Gotham, Foundry y AIP
El producto de Palantir se articula hoy en cuatro plataformas integradas, cada una con un propósito específico, pero diseñadas para operar como un sistema único.
Gotham es la plataforma original y la más asociada al imaginario público de la compañía. Está construida para entornos de inteligencia y guerra: integra cantidades masivas de datos estructurados (registros, transacciones, comunicaciones) y no estructurados (imágenes satelitales, vídeos de drones, posts en redes sociales) para identificar objetivos, mapear redes humanas y proporcionar conciencia situacional en tiempo real a analistas militares y de inteligencia. Es el producto que se utiliza en Project Maven, en TITAN y en las operaciones israelíes en Palestina, Líbano, Irán y Ucrania, por ejemplo.
Foundry es la versión "civil" del mismo motor técnico, orientada a clientes corporativos y administraciones públicas. Su función es unificar todas las herramientas técnicas de las grandes empresas industriales. Foundry es el producto que sostiene la plataforma Skywise de Airbus, el sistema federado de datos del NHS británico y los entornos analíticos de empresas como BP, Ferrari o Morgan Stanley.
Apollo, lanzado posteriormente, es una plataforma de despliegue y orquestación. Permite que el software de Palantir se actualice de forma autónoma y simultánea en miles de entornos clasificados, redes con air-gap, vehículos militares y submarinos, sin tiempos de inactividad y sin necesidad de intervención humana. Apollo es la respuesta técnica al problema operativo de mantener un sistema operativo coherente en infraestructuras dispersas, sometidas a condiciones de seguridad extremas. Es la pieza menos discutida en la prensa, pero probablemente la más decisiva desde el punto de vista de la dependencia institucional que crea.
AIP (Artificial Intelligence Platform), lanzada en 2023, añade a las anteriores una capa de modelos generativos integrados con los datos de la organización. AIP no es, en sí, un modelo de lenguaje, sino la infraestructura que permite conectar de forma segura modelos comerciales —los de OpenAI, Anthropic, Google o Meta— a los datos privados de un cliente, manteniendo controles de acceso estrictos, registros de auditoría y la posibilidad de que un agente de inteligencia artificial proponga o ejecute acciones operativas de manera autónoma.
Por debajo de estas cuatro plataformas, y constituyendo la verdadera competencia diferencial de la compañía, opera lo que Palantir denomina la Ontology.
La Ontology es una capa semántica que se sitúa entre los datos en bruto y las decisiones operativas. Su función es traducir los registros heterogéneos de una organización —filas de tablas, mensajes, sensores, documentos— en una representación dinámica del mundo real. En el lenguaje técnico de Palantir, esta representación se compone de "tipos de objeto" (un avión, un paciente, un sospechoso, una pieza de inventario), "propiedades" (la ubicación de ese avión, el historial clínico de ese paciente, el rango salarial de ese trabajador) y "tipos de enlace" (la relación entre ese avión y la flota a la que pertenece, entre ese paciente y su médico de referencia, entre ese "sospechoso" y los otros nodos de la red social que se le atribuye). El resultado es lo que en el sector se llama un "gemelo digital" de la organización entera.
El sistema puede, si se le deja, actuar de manera autónoma, y en los casos que no lo hace, la acción queda a un click de ejecutarse.
Pero la Ontology no es solamente descriptiva, sino que también incluye "tipos de acción" y "funciones" que permiten que las decisiones tomadas dentro del sistema se ejecuten directamente sobre los sistemas de la organización. Cuando un analista —o un agente de inteligencia artificial— decide dentro de la plataforma que un objetivo debe ser priorizado, que un paciente debe ser reasignado a otra unidad o que una pieza debe redirigirse a otra fábrica, la Ontology escribe esa decisión de vuelta en los sistemas operativos del cliente y la convierte en acción. La frontera entre análisis y ejecución se disuelve y el software deja de ser una herramienta de apoyo a la decisión para convertirse en el lugar donde la decisión se toma y desde donde se ejecuta.
Este detalle técnico tiene implicaciones políticas considerables que conviene explicitar. Cuando un sistema como AIP propone objetivos de bombardeo en un escenario de guerra, o nombres a deportar en una base de datos migratoria, o trabajadores a despedir en una empresa, el sistema puede, si se le deja, actuar de manera autónoma, y en los casos que no lo hace, la acción queda a un click de ejecutarse.
Volúmenes de negocio
En el ejercicio 2024, los ingresos globales de Palantir alcanzaron 2.866 millones de dólares. En el ejercicio 2025, esa cifra ascendió a 4.475 millones, lo que representa un crecimiento interanual del 56 %. Sólo el cuarto trimestre de 2025 generó 1.407 millones de dólares en ingresos, un 70 % más que el mismo trimestre del año anterior. La compañía cerró el año con un margen operativo ajustado del 50 % sobre el conjunto del ejercicio, y del 57 % en el último trimestre. El margen de beneficio neto bajo principios contables generales (GAAP) en el cuarto trimestre fue del 43 %.

En la industria del software empresarial, el indicador más utilizado para medir simultáneamente crecimiento y rentabilidad es la llamadaRule of 40: la suma del porcentaje de crecimiento y del margen operativo. Una empresa de este sector se considera "saludable" si esa suma supera el 40 %. Palantir cerró el cuarto trimestre de 2025 con una Rule of 40 del 127 %. La capitalización bursátil de la compañía alcanzó aproximadamente 360.000 millones de dólares en marzo de 2026, situándola entre las cincuenta empresas más valiosas del índice S&P 500.
Históricamente, la cartera de Palantir era predominantemente gubernamental, de manera que el gobierno de los Estados Unidos proporcionaba la base estable de ingresos y la orientación táctica y estratégica se pudo dejar definida directamente de manera planificada. En 2025, con el enorme crecimiento económico que ha presentado la empresa, el reparto se ha equilibrado, con el 54 % de los ingresos procedente de contratos públicos y el 46 % del sector privado.
En el cuarto trimestre de 2025, los ingresos del sector privado crecieron un 137 % interanual, hasta los 507 millones de dólares trimestrales. El segmento gubernamental estadounidense, lejos de estancarse, creció a su vez un 66 %, hasta los 570 millones. Es decir: ambos segmentos están acelerando simultáneamente, y la aceleración sector comercial es lo que ha disparado las valoraciones bursátiles.
Aplicación bélica
La aplicación más visible y polemizada del software de Palantir es la militar, donde la compañía ha sustituido al ecosistema clásico de contratistas de "defensa" como proveedor de la capa decisional del Pentágono.
Project Maven nació en 2017 como un programa relativamente acotado para aplicar visión por ordenador al análisis de vídeos grabados por drones en zonas de guerra. Cuando Google participó inicialmente, una rebelión interna de sus ingenieros forzó a la compañía a abandonar el contrato en 2018, alegando que su trabajo no debía utilizarse para construir tecnología bélica. Palantir absorbió el contrato sin objeción y, durante los años siguientes, lo expandió hasta convertirlo en algo cualitativamente distinto: un sistema integrado de fusión de inteligencia que combina imágenes satelitales, datos de drones, redes sociales y registros de corredores de datos comerciales para identificar y priorizar objetivos a escala industrial.
La evolución financiera del programa indica la magnitud del cambio. En 2024, Palantir aseguró un contrato del Ejército por 480 millones de dólares para Maven a cinco años, ampliado posteriormente con casi 100 millones adicionales. En mayo de 2025, el Pentágono elevó el techo contractual del Maven Smart System hasta los 1.300 millones de dólares y, poco después, adjudicó una modificación adicional de 795 millones para licencias de software continuadas. El sistema opera hoy de forma integrada en prácticamente todos los mandos combatientes unificados de Estados Unidos, incluyendo INDOPACOM, EUCOM y CENTCOM. En abril de 2025, la Agencia de Comunicaciones e Información de la OTAN contrató a Palantir para extender el Maven Smart System a la totalidad de la alianza transatlántica, un acuerdo que se finalizó en un tiempo récord de seis meses.
Paralelamente, en marzo de 2024 el Ejército estadounidense adjudicó a Palantir un contrato de 178,4 millones de dólares para desarrollar y entregar diez prototipos del programa TITAN (Tactical Intelligence Targeting Access Node), un sistema diseñado para integrar señales de sensores orbitales y aéreos en estaciones terrestres montadas sobre vehículos tácticos. El propósito explícito de TITAN es comprimir la cadena que va desde la detección de un "objetivo" hasta su "destrucción": lo que el lenguaje militar contemporáneo denomina la kill chain. Palantir entregó los dos primeros prototipos en marzo de 2025 y se posicionó como candidata principal para la fase de producción en serie, estimada entre 100 y 150 unidades.
Ucrania y Gaza
La caracterización de Palantir como "proveedor de software empresarial" se vuelve insostenible cuando se examina el uso operacional concreto de su tecnología en guerras y genocidios activos. En estos contextos, los modelos algorítmicos son la capa donde se determina qué se destruye y a quién se mata.
En Ucrania, Palantir despliega su software desde poco después del inicio de la guerra a gran escala en febrero de 2022 para integrar imágenes satelitales, datos de drones e inteligencia de fuentes abiertas en una representación operacional coherente del frente. La afirmación más explícita sobre el alcance real de esta presencia procede del propio Karp, quien declaró públicamente que Palantir es "responsable de la mayor parte del targeting en Ucrania".
El caso de Gaza está aún más documentado. A finales de enero de 2024, pocas semanas después del estallido de la ofensiva israelí, los ejecutivos de Palantir, incluidos Karp y Thiel, viajaron a Tel Aviv y firmaron una asociación estratégica con el Ministerio de Defensa de Israel comprometiéndose explícitamente a suministrar tecnología avanzada para "misiones relacionadas con la guerra". Investigaciones periodísticas y de organizaciones de derechos humanos publicadas durante 2024 y 2025 han documentado el uso por parte de las fuerzas israelíes de sistemas de focalización asistida por inteligencia artificial conocidos por los nombres operativos The Gospel y Lavender, capaces de generar listas de objetivos a un ritmo que rebasa cualquier posibilidad de revisión humana.
La defensa pública de Palantir ante acusaciones como la de propiciar un genocidio, se apoya en tres argumentos repetidos: que la compañía "solo proporciona los médios analíticos y no toma decisiones operativas"; que los gobiernos clientes son entidades soberanas con sus propios marcos legales; y que el software incluye "registros de auditoría inalterables que permiten reconstruir cualquier decisión a posteriori", en teoría. Como ha señalado la Electronic Frontier Foundation en sus informes de 2026, ninguno de estos tres argumentos resiste un análisis serio.
El aparato policial
Las capacidades técnicas para escenarios bélicos en el exterior se aplican de igual manera por el aparato represivo y coercitivo doméstico. Su aplicación interior es, de hecho, una de las áreas de mayor crecimiento (en cuanto a volumen de actuacion y de ingresos) de la compañía.
Los contratos de Palantir con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas estadounidense (ICE) superan los 248 millones de dólares acumulados desde 2011. La agencia opera, a través del software de la compañía, una serie de aplicaciones específicas: FALCON, Investigative Case Management e ImmigrationOS. La más reciente y políticamente cargada es la denominada ELITE (Enhanced Leads Identification and Targeting for Enforcement), cuya operación interna fue revelada por documentación filtrada a principios de 2026.

ELITE no es un sistema de "búsqueda de fugitivos" en el sentido tradicional, sino más bien una plataforma que mapea barrios enteros, identifica concentraciones de población sin documentos y genera listas priorizadas de localizaciones para redadas. Su capacidad diferencial procede de la integración masiva de fuentes registros que ha ido aportando el Estado mediante diferentes contratos. De esta manera, la empresa cuenta con información del Departamento de Salud y Servicios Humanos, datos de Medicaid, datos económicos de la SEC, información de corredores comerciales, redes sociales… La consecuencia operativa es que, en la práctica, los datos sanitarios de personas migrantes que han acudido a un hospital estadounidense pueden alimentar las listas de deportación que se ejecutan unas semanas después.
La defensa oficial de Palantir frente a estas revelaciones ha consistido en argumentar que ELITE prioriza individuos "con cargos criminales de alta gravedad", algp que los datos de organizaciones civiles desmienten categoricamente. Según el CATO Institute, una de cada cinco detenciones de ICE en 2025 implicó a personas sin ningún antecedente penal ni órdenes previas de expulsión.
El uso municipal del software sigue una lógica análoga. El programa "Operation Laser" de la policía de Los Ángeles, ahora desactivado tras la presión cívica, utilizaba Palantir para asignar "puntuaciones de riesgo criminal" a individuos a partir de bases históricas de detenciones, entrevistas de campo y supuestas "afiliaciones a bandas". Como han documentado múltiples auditorías académicas, los datos históricos sobre los que se entrenaban estos sistemas estaban profundamente sesgados por décadas de prácticas policiales discriminatorias contra minorías raciales y barrios obreros. El sistema reproducía y amplificaba esos sesgos, presentándolos al final del proceso bajo una capa de "objetividad matemática" que volvía más difícil su impugnación política.
En Nueva Orleans, un programa similar fue desplegado en secreto durante años a través de una donación "filantrópica" que esquivaba el escrutinio del consejo municipal. El acuerdo, canalizado a través del programa filantrópico NOLA For Life del alcalde Mitch Landrieu, arrancó en 2012 y se prorrogó tres veces durante seis años; el propio presidente del consejo municipal declaró a The Verge en 2018 que "ningún concejal sabía que el programa había existido". Durante ese periodo, el software de Palantir procesó registros policiales, historiales de llamadas desde prisión, fichas de entrevistas de campo, datos de libertad vigilada, "redes de afiliación a bandas" y publicaciones en redes sociales de los residentes, generando una lista de aproximadamente 3.900 personas clasificadas como "potenciales perpetradores" o "víctimas de violencia". La empresa accedió a la cuenta LexisNexis del departamento de policía —millones de registros públicos y judiciales— y utilizó la ciudad como banco de pruebas para vender posteriormente el mismo producto a otras agencias. Cuando el programa salió a la luz, se constató además que los análisis predictivos empleados en juicios nunca habían llegado a los abogados defensores como material de descubrimiento.
Rumbo estratégico de Palantir
Todos estos ejemplos, componen simplemente parte de la casuística concreta y conocida de la empresa, pero representan con cierta claridad su orientación y las funciones para las que se diseñó.
Palantir no es ni un caso atípico ni la peor empresa del sector. Es, en cambio, la realización más coherente, transparente y autoconsciente del modelo descrito en la sección anterior: la fusión funcional entre la lógica de acumulación de capital privado y la lógica de control estatal, y es la pieza por la que, en muchos de los casos (su función, no la empresa en concreto), se vuelve realmente útil toda la extracción de la información.
Es aquí donde aparece la conexión con el pensamiento de Karp (el CEO de la empresa): La República Tecnológica, publicada en febrero de 2025, con la intencionalidad de aportar una justificación filosófica explícita, hasta el punto de que la ironía estructural del "karpismo" consiste en presentarse como "crítica patriótica" del actual Silicon Valley, cuando en realidad funciona como un manual operativo que naturaliza, justifica y celebra exactamente lo que Palantir ya está haciendo; de modo que la cuestión central que plantea la compañía no es ética sino estructural, y se manifiesta en la pregunta de por qué el modelo es tan replicable que está siendo imitado por una creciente constelación de competidores (Anduril, Scale AI, Booz Allen Hamilton, los llamados Neo-Primes) y por qué, pese a las controversias acumuladas, su crecimiento financiero es continuado y creciente.
Nueva filosofía de Silicon Valley
Durante décadas, Silicon Valley operó bajo la cobertura de la a veces llamada Ideología Californiana, una síntesis improbable entre el libertarianismo de mercado y el utopismo contracultural heredado de los años sesenta, formulada en su forma más explícita por Richard Barbrook y Andy Cameron en 1995. Su tesis era que la tecnología, por sí misma, "empoderaría al individuo frente al Estado y las grandes corporaciones", y que la cooperación abierta entre programadores construiría "una sociedad más democrática sin necesidad de intervención política directa". Desde esta visión, el ingeniero informático no era un trabajador, ni un empresario en sentido tradicional, sino "un agente de emancipación".
Esa narrativa funcionó mientras las empresas tecnológicas eran relativamente pequeñas, sus márgenes elevados sin necesidad de coordinarse con el Estado, y sus productos visiblemente útiles para los usuarios finales. En 2025, las cinco mayores empresas del sector concentraban una capitalización bursátil cercana a los 25 billones de dólares, una cifra superior al PIB combinado de la Unión Europea y Japón, y las contradicciones entre el discurso "emancipatorio" y la realidad material se habían vuelto difíciles de sostener. Las plataformas que prometían "democratizar la información" estaban siendo utilizadas para vigilancia masiva o la perspectiva de acumulación frente a cualquier posible bienestar del trabajador o el consumidor. Además, la participación del Estado en la financiación y la definición del rumbo estratégico de las grandes empresas también se ha vuelto necesaria en muchas ocasiones por parte de los grandes capitales estadounidenses, con lo que la conocida como Ideología Californiana lleva años sin vigencia histórica. En cambio, actualmente se pueden observar tendencias ideológicas mucho más explícitamente políticas y articuladas, que corresponden al momento en que las grandes tecnológicas necesitan acceder a presupuestos públicos masivos para mantener su crecimiento y deben justificar una alianza con el aparato estatal que la generación anterior había rechazado, acompañada de tesis mucho más autoritarias.
Aceleracionismo Efectivo y neorreacción
La primera de estas elaboraciones, y la más mediática, es el llamado Aceleracionismo Efectivo o e/acc, popularizado a partir de 2022 por figuras del capital riesgo como Marc Andreessen y Garry Tan. Su tesis es explícita: creen que el desarrollo tecnológico, y específicamente el desarrollo de la inteligencia artificial, "es una consecuencia inevitable de las leyes de la termodinámica", de manera que la vida sería "un sistema disipativo que aumenta la complejidad del universo", y la tecnología, "la forma más eficiente de continuar ese proceso". De este modo, basándose en "las fuerzas y tendencias de la naturaleza" proclama que frenar estos "avances" sería "antinatural". Andreessen formalizó parcialmente esta posición en su Manifiesto Tecno-Optimista de octubre de 2023, donde declaraba explícitamente como enemigos a la "ética de las víctimas", a la "sostenibilidad", al "estancamiento" y a la "regulación".
El argumento, formulado así, es deliberadamente cosmológico (al pretender subordinar las tendencias tecnológicas y sociales a procesos puramente naturales) , pero su función práctica es mucho más mundana. Si la expansión de los modelos de IA, los centros de datos y la captura masiva de información están dictados por las leyes físicas del universo, cualquier expresión contraria a ello se convierte en "antinatural". Las víctimas del proceso, ya sean trabajadores desplazados, comunidades sometidas a vigilancia o ecosistemas degradados por el consumo eléctrico, pasan a ser "daños colaterales necesarios" e incluso "éticamente justificados".
Otra línea establecida, es la corriente conocida como Dark Enlightenment o movimiento Neorreaccionario (NRx), originada en una serie de blogs publicados entre 2007 y 2014 por el ingeniero de software ultraderechista estadounidense Curtis Yarvin bajo el seudónimo Mencius Moldbug, y desarrollada filosóficamente por el británico Nick Land. Su tesis es que la democracia liberal es una "tecnología obsoleta": un "sistema operativo" que en el contexto contemporáneo produce "parálisis decisional", "ineficiencia administrativa" y, sobre todo, "fricción" al desarrollo tecnocapitalista. Yarvin propone sustituir el modelo "democrático" por una "sociedad anónima soberana", es decir, un Estado gestionado como una corporación, con un consejero delegado-monarca con plenos poderes ejecutivos, libre de elecciones periódicas, prensa adversarial y control judicial, que respondería ante un consejo de accionistas, los grandes capitales financieros y tecnológicos, en lugar de ante una población votante. Las instituciones que en su narrativa ejercen un "control ideológico ilegítimo" sobre las democracias liberales occidentales, principalmente las grandes universidades, los medios tradicionales, el funcionariado federal y la judicatura, las agrupa bajo el rótulo despectivo de "La Catedral", y propone su desmantelamiento progresivo bajo el acrónimo "RAGE" (Retire All Government Employees).
La aparente excentricidad de estas tesis no debe confundir a menospreciar su influencia real. Peter Thiel ha apoyado financiera e intelectualmente a Yarvin durante más de una década, y J.D. Vance, vicepresidente de los Estados Unidos desde enero de 2025, ha citado a Yarvin como una influencia teórica mientras mantenía relaciones documentadas con figuras del entorno NRx.
Peter Thiel
Peter Thiel ocupa una posición singular en todo este mapa ideológico, porque no se limita a financiar a otros pensadores, sino que es él mismo un autor cuya posición ha evolucionado en paralelo a la transformación material del sector tecnológico. En su ensayo de 2009 La Educación de un Libertario, publicado en el Cato Institute, formuló la frase que mejor sintetiza su programa: "Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles". Thiel argumentaba que la extensión del sufragio durante el siglo XX y el aumento del número de receptores de prestaciones sociales habían convertido la democracia en un "mecanismo estructuralmente hostil al capitalismo", en la medida en que, según él, las mayorías tenderían a votar por la redistribución de la riqueza, la regulación de los mercados financieros y la intervención sobre los grandes monopolios. Su conclusión inicial fue una estrategia de "salida": invertir en tecnologías que permitieran a las élites capitalistas "escapar del alcance del Estado democrático", ya fuera a través del ciberespacio, la colonización del espacio o las comunidades oceánicas autónomas (seasteading).
Quince años después, esa excéntrica estrategia de "salida" ha sido sustituida por su contraria, mucho más temible: la captura. Cuando los mercados de consumo dejaron de absorber el capital tecnológico al ritmo requerido y los presupuestos verdaderamente grandes pasaron a estar en manos del Estado, la lógica del "escape" perdió funcionalidad económica, y la lógica que la sustituyó fue la de tomar el control directo de las palancas estatales en lugar de huir de ellas. La justificación filosófica de esta captura la elaboró el propio Thiel en un texto anterior pero leído con mucha mayor atención en los últimos años, El Momento Straussiano, de 2004. En él construye una teología política a partir de tres pensadores antiliberales del siglo XX: de Carl Schmitt toma la idea de que la política se define por la distinción amigo-enemigo y que la verdadera soberanía sería la capacidad de declarar el estado de excepción; de Leo Strauss, la convicción de que la verdad es "peligrosa" para las masas y que las élites cultivadas "tienen el deber de gobernar mediante un esoterismo noble"; de René Girard, su mentor en Stanford, la teoría del deseo mimético y la violencia sacrificial, según la cual las sociedades humanas, en ausencia de una autoridad restrictiva fuerte, tenderían hacia "ciclos de envidia colectiva y violencia caótica".
La síntesis de su pensamiento actual por tanto se puede traducir aproximadamente de la siguiente manera: en un mundo donde las redes sociales globalizadas amplifican el "resentimiento mimético" hasta el colapso, donde "los enemigos del orden occidental" son irreductibles a la negociación y donde las masas "no pueden gobernarse a sí mismas", se volvería necesaria, según Thiel, una infraestructura técnica que ejerza de la autoridad restrictiva comentada por Girard. Esa infraestructura, en la práctica, es Palantir.
Alexander Karp
Junto a Thiel, Alexander Karp constituye la otra cara de la moneda, y la más interesante desde el punto de vista del análisis ideológico, porque cubre un flanco que Thiel no puede ocupar. Karp, doctor en teoría social por la Universidad Goethe de Frankfurt, donde estudió la tradición de Habermas y la Escuela de Frankfurt, presenta (o al menos presentaba hasta hace escasos años) una imagen pública deliberadamente excéntrica pero aparentemente "progresista" con tintes nacionalistas. Esta imagen cumple una función específica al hacer presentable, en círculos liberales y europeos, una agenda corporativa que Thiel, con su descarado perfil fascista, no puede vender.
La elaboración programática (y más actual) de Karp está en The Technological Republic. Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West, publicado en febrero del año pasado junto a Nicholas W. Zamiska, y se articula en cuatro tesis encadenadas. La primera es que Silicon Valley "se ha perdido en Juguetelandia" dedicando el "talento" de sus mejores ingenieros a "aplicaciones para compartir fotografías", "sitios web de compras" y "los caprichos efímeros de la cultura del entretenimiento"; cuando se lee desde una clave económica, la acusación no responde a una ética abstracta, sino a razones materiales concretas: el mercado del consumo digital se ha saturado, la tasa de ganancia también cae, y mantener el crecimiento económico se plantea imposible sin el respaldo institucional, ligando esta misma tesis a una pérdida de ambición sobre el "bienestar nacional" o la "defensa de la soberanía", todo ello en conjunto con el Estado.
La segunda tesis es que el rechazo ético del personal técnico de Silicon Valley a colaborar de forma mucho más integrada con el aparato militar y de control fronterizo, ejemplificado en las protestas internas que en 2018 forzaron a Google a abandonar Project Maven, constituye una "fragilidad intelectual" y un "pacifismo infantil", y que los directivos tienen una "obligación afirmativa" de estar dispuestos a "arriesgarse a la desaprobación de la multitud" para servir a los intereses estratégicos del Estado.
La tercera tesis es que la inteligencia artificial militar es la nueva "carrera nuclear" del siglo XXI y que Estados Unidos necesita un "nuevo Proyecto Manhattan" para desarrollar armas algorítmicas antes de que lo hagan sus adversarios, una argumentación estructuralmente idéntica a la lógica de carrera armamentística que convierte los presupuestos militares en clientes cautivos del sector tecnológico privado, sin posibilidad de discusión política sobre la conveniencia de desarrollar esas tecnologías.
La cuarta tesis, la más sofisticada, es la del "poder duro y la creencia suave", y reconoce que la coerción material por sí sola es insostenible y que necesita una "mitología compartida" que la legitime. Esa mitología, en su formulación, es el "proyecto nacional occidental", una narrativa de "civilización en peligro" que debería rearmarse moral y técnicamente para sobrevivir frente a sus enemigos. Esta retórica nacionalista es precisamente lo que justifica la externalización de funciones soberanas hacia empresas privadas, ya que si "la civilización occidental está en juego", las preocupaciones sobre "supervisión democrática", "transparencia presupuestaria" o "control judicial" pasan a ser simples lujos secundarios que no se podrían permitir.
La inevitabilidad estructural
Conviene cerrar este reportaje volviendo a la pregunta inicial: ¿Por qué la gestión de la información ha adoptado precisamente esta forma —oligopólica, extractiva, fusionada con el aparato coercitivo del Estado— y no otra? La respuesta no está en la voluntad personal de Peter Thiel ni en el discurso de Alexander Karp. La respuesta está en una serie de tendencias estructurales que el sistema capitalista no puede resolver de otro modo.
En un contexto de decrecimiento de las tasas de ganancia, desintegración de las clases medias en el norte global, el agotamiento de las fuentes de energía, el empeoramiento general de las condiciones materiales de la clase trabajadora, la devastación multinivel en el Sur Global y sus consecutivas olas migratorias... Todos estos factores, algunos de ellos abiertamente reconocidos y temidos por los los ideólogos de este nuevo fascismo, se presentan como riesgos reales contra la clase dominante. Esto significa que para defender estos intereses se vuelve necesario un programa que, por un lado, trate de aumentar las ganancias a costa de un mayor grado de explotación o directamente apropiándose del valor ajeno (mediante la guerra más puntera u otros mecanismos), y por otro, que aniquile o prevenga el potencial político que nace directamente del descontento social, bien mediante los mecanismos coercitivos y de control aplicados directamente desde los aparatos de Estado, o bien vía campañas ideológicas con orientaciones fascistas, que actúen de la manera más efectiva posible sobre cada una de las personas. Todo ello compone el oscuro escenario en el que se está adentrando el mundo, y Palantir está diseñada, precisamente, para cumplir cada una estas las funciones.
Consultas de interés
Karp, A., & Zamiska, N. W. (2025). The technological republic: Hard power, soft belief, and the future of the West. Crown.
Maslej, N., Fattorini, L., Perrault, R., Parli, V., Reuel, A., Bryson, J., Etchemendy, J., Klinger, K., Lanagan-Leitzel, L., Nayak, C., Niebles, J. C., Sellitto, M., Shoham, Y., Schulman, J., & Clark, J. (2025). Artificial intelligence index report 2025. Stanford University, Human-Centered Artificial Intelligence. Enlace
Nan Tian, Xiao Liang, Diego Lopes da Silva, & Lorenzo Scarazzato.(2025, abril). Trends in world military expenditure, 2024 (SIPRI Fact Sheet). Stockholm International Peace Research Institute. Enlace
Electronic Frontier Foundation. (2026, enero 15). Palantir has a human rights policy. Its ICE work tells a different story. Enlace
Zuboff, S. (2019). The age of surveillance capitalism: The fight for a human future at the new frontier of power. Enlace