Ladrones de tierra y de cuerpos
Confesiones de antiguos directivos forenses y fosas comunes en Gaza: diversas investigaciones documentan el robo de órganos, piel y huesos de palestinos, utilizados para trasplantes, investigación y beneficio económico estatal.
El 5 de agosto de 2024, tras más de trescientos días de genocidio masivo y descarnado en la Franja de Gaza, las autoridades israelíes devolvieron a Khan Younis los restos de 89 palestinos en un contenedor de carga. Los familiares, que esperaban recuperar a sus seres queridos para darles una sepultura digna con ritos islámicos, se encontraron con cuerpos en avanzado estado de descomposición, imposibles de identificar sin pruebas de ADN. Según relata el medio New York War Crimes, los funcionarios palestinos se vieron obligados a enterrarlos en una fosa común cerca del Hospital Nasser, sin saber si eran detenidos torturados o cuerpos sustraídos de tumbas previamente arrasadas por excavadoras.
Este macabro episodio no es un hecho aislado, sino el capítulo más reciente de una perturbadora historia que abarca más de treinta años. Organizaciones como Euro-Med Human Rights Monitor han documentado casos en los que el ejército israelí retiró decenas de cadáveres de las inmediaciones del Complejo Médico Al-Shifa y del Hospital Indonesio. Profesionales médicos en Gaza, tras examinar algunos de los cuerpos liberados, reportaron evidencias de mutilación y falta de órganos vitales, incluyendo córneas, cócleas, hígados, riñones y corazones.

Abu Kabir, epicentro de las profanaciones
La raíz de estas prácticas se remonta al Instituto Nacional de Medicina Forense de Israel, conocido como Abu Kabir, construido sobre las ruinas de una aldea palestina del mismo nombre que fue sometida a una limpieza étnica en 1948. Durante años, este centro fue dirigido por el doctor Yehuda Hiss, una figura importante en el historial de los abusos biomédicos en la región.

En el año 2000, en una entrevista con la antropóloga estadounidense Nancy Scheper-Hughes, Hiss admitió abiertamente que extraían piel, huesos, válvulas cardíacas y córneas de cuerpos de palestinos y trabajadores extranjeros sin el consentimiento de sus familias. Hiss describió cómo los especialistas retiraban globos oculares completos, que luego eran sustituidos por prótesis plásticas, pegando los párpados de los difuntos para que sus parientes no notaran la falta al recibir el cuerpo.
A pesar de que no existen grabaciones públicas de la entrevista, en diciembre de 2009, Scheper-Hughes entregó fragmentos del audio a periodistas israelíes, que se emitieron en el Canal 2 de la televisión israelí, junto con imágenes de archivo; posteriormente, fueron publicadas por el medio israelí Mako, el 19 de diciembre de 2009, en el artículo ¿A dónde desaparecen los órganos de Abu Kabir?.
En los fragmentos de la entrevista, Hiss admitía lo siguiente:
“Todo se hacía de manera extraoficial, muy informal. Nunca pedíamos permiso a las familias. Empezamos extrayendo córneas para varios hospitales israelíes... Sentía que estas córneas debían ir a pacientes del sistema público. [...] Extraíamos piel de la parte posterior de las piernas. Extraíamos córneas. No extraíamos córneas de aquellos cuerpos donde sospechábamos que las familias podrían querer abrir los párpados... También empezamos a tomar huesos largos de las piernas. Luego nos pidieron válvulas cardíacas... A partir de 1995 empezamos a hacerlo de forma más formal. [...] Lo que se hacía aquí era extraoficial, muy informal. No pedíamos permiso a la familia. Pero solo extraíamos de cuerpos en los que la familia había dado permiso para la autopsia. NSH: «¿La ley permite esto?» YH: La ley exige permiso para la autopsia, pero no para la extracción. Lo leí en los libros de leyes... Éramos libres de tomar piel de la parte posterior de las piernas. Tomábamos córneas... y cubríamos cualquier lugar del que hubiéramos extraído algo”.

A pesar de que el Ministerio de Salud de Israel afirmó en 2009 que estas prácticas “eran cosa del pasado” y que actualmente se rigen por “normas éticas estrictas”, el historial de impunidad sugiere lo contrario. El doctor Chen Kugel, actual director de Abu Kabir y antiguo subordinado de Hiss, reveló ante Scheper-Hughes que, aunque en teoría se extraían tejidos de diversos grupos, era mucho más sencillo hacerlo de aquellos que los sionistas percibían como “subhumanos”. Según Kugel, cualquier queja de una familia palestina era descartada bajo la premisa de que “el enemigo siempre miente”.
Violación de todos los códigos éticos internacionales
Las acciones documentadas en Abu Kabir y las denuncias actuales en Gaza representan una transgresión flagrante de la normativa médica y humanitaria internacional. El Código de Núremberg, surgido tras las atrocidades médicas de los nazis en la Segunda Guerra Mundial, establece que cualquier intervención en seres humanos requiere un consentimiento informado absoluto. De igual forma, la Declaración de Helsinki de 1964 refuerza, sobre el papel, la “protección ética de los sujetos de investigación”.
En el ámbito de la gestión de cadáveres, la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó en 2010 principios rectores sobre el trasplante de células, tejidos y órganos que exigen el consentimiento del donante o de sus herederos. Además, el Derecho Internacional Humanitario, específicamente las Reglas 113 y 114 del Comité Internacional de la Cruz Roja y los Convenios de Ginebra, estipulan que los fallecidos “deben ser tratados con dignidad, sus restos no deben ser mutilados y deben ser entregados a sus familias sin demora”.
Sin embargo, estamos hablando de Israel. La entidad sionistas ha normalizado categorías como “terrorista” o “prisionero de guerra”, que quedan fuera de todo derecho. En 2019, la Corte Suprema de Israel dictaminó que el ejército tiene la potestad de retener los cuerpos de los mártires palestinos para utilizarlos como “monedas de cambio” en futuras negociaciones de prisioneros.
Redes internacionales y tráfico de órganos
La sospecha de que el robo de órganos tiene fines comerciales ha sido un tema recurrente. En 2009, el periodista sueco Donald Boström publicó en el diario Aftonbladet un reportaje que vinculaba la extracción ilegal en el Instituto Abu Kabir con el auge de Israel como uno de los centros principales del mercado internacional de tráfico de órganos. La respuesta oficial de Israel fue calificar las acusaciones de “libelo de sangre antisemita”, logrando incluso la cancelación de visitas diplomáticas suecas por esta cuestión.
Sin embargo, las detenciones de ciudadanos israelíes vinculados a redes de tráfico de órganos en el extranjero han sido constantes:
- En 2003, la policía de Durban (Sudáfrica) desarticuló una red que había organizado más de 100 trasplantes ilegales para pacientes israelíes.
- En 2006, el FBI detuvo en Brooklyn al rabino Levy Izhak Rosenbaum, quien operaba una red que abarcaba varios países y utilizaba a médicos estadounidenses para realizar las cirugías.
- En 2019, las autoridades de Kazajistán arrestaron al doctor israelí Abilay Donbay por participar en una red que se aprovechaba de personas en situación de extrema pobreza en Ucrania y Tayikistán.
Incluso casos de ciudadanos occidentales han sido afectados por esta práctica. Tras el asesinato de la activista estadounidense Rachel Corrie en 2003, aplastada por una excavadora israelí, Yehuda Hiss realizó la autopsia a pesar de que el doctor palestino Ahmed Abu Nikera ya había determinado la causa de la muerte previamente. En 2010, Hiss admitió ante un tribunal que había conservado tejidos y órganos de Corrie sin autorización. Según los testimonios recopilados por la familia, estos restos nunca les fueron devueltos para su entierro.
Los “Cementerios de Números” y el duelo secuestrado
Para facilitar la gestión de estos cuerpos sin supervisión, Israel utiliza lo que se conoce como los “cementerios de números”. Se trata de zonas militares cerradas donde los palestinos son enterrados bajo placas metálicas que solo contienen un código numérico, sin nombres ni fechas. La falta de identificación sistemática impide que las familias realicen sus ritos funerarios y, según documenta Al Jazeera, oculta las pruebas de posibles mutilaciones o torturas.
En 2016, el doctor Saber Al-Aloul relató que los cuerpos devueltos tras ser retenidos en morgues israelíes llegaban congelados a -35 °C. Este estado de congelación extrema obliga a esperar entre 24 y 48 horas para realizar cualquier examen forense independiente, un tiempo que muchas familias no pueden esperar debido a la urgencia religiosa del entierro en el islam o debido a las presiones de las autoridades de ocupación para realizar rituales rápidos y nocturnos.
Casos recientes como el de Walid Daqqa, un escritor y militante palestino que murió bajo custodia tras 38 años de prisión y padecer cáncer, ilustran la crueldad de esta política. A pesar de haber cumplido su condena original, su cuerpo sigue retenido. La Alta Corte de Israel dictaminó en septiembre de 2024 que su uso potencial en un intercambio de prisioneros prevalecía sobre su derecho a una sepultura digna. Lo mismo ocurrió con Yahya Sinwar, líder del de Hamas en la Franja de Gaza, cuyo cuerpo fue sometido a una autopsia exhaustiva sin consentimiento familiar tras su muerte en combate en octubre de 2024.

La piel como recurso nacional
Uno de los aspectos más perturbadores revelados por Meira Weiss, antigua empleada del Instituto Abu Kabir, en su libro "Sobre sus cadáveres" (2014), es la existencia de un “banco de piel” israelí que suministra injertos para colonos con quemaduras, principalmente soldados. Weiss afirma que durante la Primera Intifada, el ejército permitía la extracción constante de piel de palestinos bajo la cobertura de autopsias obligatorias. Los trabajadores del instituto recordaban esos años como los “buenos días”, debido a la abundancia de material biológico disponible sin restricciones.
Incluso en el Parlamento de Israel (Knesset), el debate llegó a la esfera pública. En 2009, el parlamentario Ahmed Tibi presentó evidencias de que la extracción continuaba, citando el caso de Fadul Ordul Shaheen, un gazatí que murió por complicaciones de diabetes. Al ser entregado a su familia, su cuerpo presentaba cortes profundos y sus ojos estaban sangrando; la familia denunció que le habían sustraído las córneas y los riñones.
Mientras el genocidio en la Franja de Gaza continúa y se multiplican las fosas comunes, el robo de órganos palestinos persiste. Así lo demuestran las denuncias recogidas por la Agencia de Noticias Wafa sobre más de 100 mártires devueltos con signos de manipulación quirúrgica solo durante 2024.