Irán es, en este Dominical nº4, más que un país o un escenario bélico. Es un prisma. A través de él se refractan todas las contradicciones del capitalismo fósil del siglo XXI: la geopolítica como lucha por el control de los puntos de estrangulamiento energéticos; la guerra como acelerador de la transferencia de riqueza; el costo oculto de los conflictos que nunca aparece en los presupuestos oficiales; y la carrera desesperada de los actores regionales por reconfigurar las rutas energéticas para no quedar atrapados en el fuego cruzado.

Tres dimensiones del conflicto iraní convierten este escenario en un caso ejemplar. La primera es la centralidad geopolítica del estrecho de Ormuz, ese cuello de botella planetario cuyo cierre ha demostrado la fragilidad del sistema energético global. La segunda es el costo real de la guerra, que supera con creces las cifras oficiales del Pentágono. La tercera es la carrera por nuevas rutas, ejemplificada por el oleoducto Basora–Haditha de Irak, que simboliza la respuesta del capitalismo fósil a su propia vulnerabilidad: más infraestructura, más tuberías, más apuestas por un futuro de petróleo que quizás ya no llegue.

54 kilómetros que paralizan el mundo

El estrecho de Ormuz es, para la economía mundial, lo que la arteria carótida para el cuerpo humano: un conducto de apenas 54 kilómetros de ancho en su punto más angosto por donde pasa, en circunstancias normales, cerca del 20% del petróleo mundial y el 21% del gas natural licuado (GNL) . Su cierre equivale a un paro cardíaco inducido.

Desde el inicio de la guerra el 28 de febrero de 2026, Irán ha cerrado de facto el estrecho al tráfico de exportación de petróleo y gas del Golfo. Los volúmenes de exportación de crudo y productos refinados se situaron rápidamente en menos del 10% de los niveles previos al conflicto. Las pérdidas acumuladas de oferta de los productores del Golfo superaron en mayo de 2026 los 1.000 millones de barriles, con más de 14 millones de barriles diarios de petróleo atrapados en la región.

El cierre, sin embargo, no ha sido unilateral. La "arquitectura del doble bloqueo" se ha consolidado: Irán impide la salida del petróleo de sus vecinos árabes, y Estados Unidos ha impuesto un bloqueo naval a los puertos iraníes para impedir sus propias exportaciones. El resultado es un estrangulamiento bilateral que ha eliminado del mercado una fracción masiva del suministro mundial y ha disparado los precios del crudo Brent por encima de los 120 dólares por barril.

La Agencia Internacional de la Energía (AIE) calificó la situación como un "shock de oferta sin precedentes". Para el conjunto del año, la AIE prevé que la demanda mundial de petróleo caiga en 1,3 millones de barriles diarios por debajo de sus previsiones anteriores al conflicto, una contracción impulsada por los precios elevados y el debilitamiento de la actividad económica.

La "geopolítica del gas": el nuevo mapa del poder global

La crisis de Ormuz no es un incidente aislado. Es la materialización más violenta de lo que Magnus Commodities, en su análisis La Geopolítica del Gas Natural: El Nuevo Mapa del Poder Global (marzo de 2026), ha denominado el paso de una "geografía fija" (basada en gasoductos) a una "geografía líquida" (basada en el GNL y en las rutas marítimas vulnerables). Según este análisis, "el mercado global, que moviliza más de 4.000 bcm anuales, ha dejado de seguir las leyes de la oferta y la demanda para regirse por las leyes de la guerra".

El informe de MagnusCMD identifica un cambio estructural que explica por qué la guerra de Irán es tan devastadora para los mercados energéticos: la dependencia del GNL y de los estrechos marítimos ha sustituido a los gasoductos como columna vertebral de la seguridad energética mundial. Pero esa "geografía líquida" es inherentemente más vulnerable: un barco puede ser desviado, un puerto bloqueado, un estrecho minado. Europa, que perdió el gas ruso tras la destrucción del Nord Stream, se ha visto abocada a competir en el mercado spot global de GNL, lo que "conectó el precio de la calefacción en Berlín con los conflictos en Oriente Medio". La AIE ya ha advertido de que, incluso si se alcanza un acuerdo para reabrir gradualmente el estrecho a partir del tercer trimestre, la oferta se recuperará más lentamente que la demanda, lo que mantendrá el mercado en déficit hasta finales de año. El "talón de Aquiles" del sistema energético mundial no se cura con un alto el fuego: la infraestructura dañada, las rutas desviadas, los seguros disparados y la desconfianza geopolítica tardarán años en recomponerse, si es que alguna vez lo hacen. Por tanto, lo que MagnusCMD denomina el fin de la "inocencia energética" es, en el fondo, el reconocimiento de que el petróleo y el gas nunca fueron mercancías como las demás: fueron, desde sus orígenes, objetos de lucha encarnizada entre potencias.

El coste real de la guerra: más allá de los 29.000 millones del Pentágono

El 29 de abril, un alto funcionario del Pentágono declaró ante el Congreso que la guerra de Irán había costado hasta ese momento 25.000 millones de dólares. Apenas dos semanas después, la cifra se revisó al alza hasta los 29.000 millones. Pero para los investigadores del proyecto Costs of War de la Universidad de Brown, esa cantidad es apenas "la punta más pequeña del iceberg". Stephanie Savell, directora del proyecto, recordó una lección aprendida tras dos décadas de guerras en Irak y Afganistán: "los líderes políticos siempre dicen que la guerra será rápida, eficiente y barata, y siempre ha ocurrido lo contrario". El Iran War Energy Cost Tracker de la Universidad de Brown cuantifica el impacto real en los bolsillos de los estadounidenses. Hasta el 12 de mayo de 2026, los hogares estadounidenses habían pagado más de 37.300 millones de dólares en sobrecostes energéticos adicionales (gasolina y diésel) desde el inicio de la guerra. El precio medio de la gasolina en Estados Unidos superó los 4,50 dólares por galón, un 50% más que antes de la guerra.

A ello se suma una deuda nacional estadounidense que ha superado los 39 billones de dólares —"guerras de tarjeta de crédito", en palabras de Savell, "que no tocan a los estadounidenses porque estamos trasladando el coste a las generaciones futuras". Y, por supuesto, los costes humanos: 13 soldados estadounidenses muertos, cientos de heridos, y miles de civiles iraníes y de otros países de la región fallecidos o desplazados. La congresista demócrata Ro Khanna estimó que el costo total para la economía estadounidense —incluyendo el aumento de los precios de la gasolina y los alimentos— podría alcanzar los 631.000 millones de dólares, unos 5.000 dólares por hogar.

La carrera por nuevas rutas: el oleoducto Basora–Haditha

Frente al cierre del estrecho de Ormuz, los países productores del Golfo no se han limitado a esperar. Han respondido con la única herramienta que el capitalismo fósil conoce: más infraestructura. Una auténtica carrera contrarreloj por encontrar rutas alternativas. El caso más emblemático es el nuevo oleoducto Basora–Haditha de Irak. El 1 de mayo de 2026, el Ministerio de Petróleo de Irak anunció el inicio del proyecto: un conducto de 700 kilómetros de longitud y 56 pulgadas de diámetro con una capacidad proyectada de 2,5 millones de barriles diarios. El oleoducto conectará los yacimientos del sur de Irak (Basora) con la región occidental de Haditha, desde donde el crudo podrá ser exportado a través de tres salidas diferentes: Baniyas en Siria, Ceyhan en Turquía y Aqaba en Jordania.

El proyecto había sido aprobado a finales de 2024 con un presupuesto de unos 4.600 millones de dólares, pero permaneció casi dos años sin ejecutarse. El cierre de Ormuz actuó como un acelerador forzoso. El primer ministro Mohammed Shia' al-Sudani presidió una reunión de urgencia a finales de abril que desembocó en la asignación inmediata de 1.500 millones de dólares para el proyecto, financiados a través del mecanismo Irak–China de "petróleo por infraestructuras". El ritmo de finalización, advirtió el ministerio, "dependerá de la disponibilidad de los recursos financieros necesarios". Algunas estimaciones sitúan el plazo mínimo en dos años.

Irak no es el único país que busca vías de escape. Arabia Saudí ha recurrido desde los primeros días de la guerra al oleoducto estratégico Este-Oeste ("Petroline"), que conecta sus campos del Golfo con la terminal de Yanbu en el mar Rojo. Construido en 1981, tiene una capacidad de 7 millones de barriles diarios y está funcionando ya a su máxima capacidad. Emiratos Árabes Unidos, por su parte, ha desarrollado el oleoducto Habshan–Fujairah, que conecta sus yacimientos con la terminal de Fujairah, situada al este del estrecho. El 28 de abril de 2026, Emiratos Árabes Unidos anunció oficialmente su retirada de la OPEP y la OPEP+, efectiva a partir del 1 de mayo, lo que sugiere que Abu Dabi quiere liberarse de las restricciones de producción para aumentar su oferta y aprovechar los altos precios.

Más infraestructura fósil como respuesta a la vulnerabilidad

Si Ormuz está bloqueado, las empresas buscan otras vías para dar salida a su producto. Por otro lado, esa respuesta no hace más que agravar la dependencia estructural del sistema energético mundial de los combustibles fósiles y de sus vulnerables infraestructuras. Cada nuevo oleoducto, cada terminal ampliada, cada ruta alternativa explorada es una apuesta por un futuro de petróleo. Pero ese futuro es cada vez más incierto: el pico del petróleo convencional se acerca, las reservas se agotan, el cambio climático exige una reducción drástica de las emisiones, y la propia guerra de Irán es una manifestación de la violencia que genera la escasez. Construir más oleoductos para evadir un estrecho bloqueado es, en cierto sentido, como añadir más tuberías a un barco que se hunde: alivia la presión momentáneamente, pero no resuelve el problema de fondo.

El capitalismo, cuando se enfrenta a sus límites biofísicos, no transiciona voluntariamente hacia otro modelo. Se aferra con más fuerza a lo que tiene, con más violencia, con más desigualdad, con más infraestructura que hipotecan el futuro. La guerra contra Irán y la carrera por nuevas rutas son, por tanto, dos caras de la misma moneda: la primera es la expresión militar de esa lógica; la segunda, su expresión infraestructural. Ambas condenan al mundo a seguir dependiendo del petróleo durante décadas, incluso cuando los científicos llevan años advirtiendo de que esa dependencia es incompatible con la supervivencia del planeta tal como lo conocemos.

Irán como modelo

Irán permite ver con claridad las tres dimensiones de la crisis estructural del petróleo. La geopolítica, que convierte un estrecho de 54 kilómetros en el punto más vulnerable de la economía mundial, y que materializa la "geopolítica del gas" como el nuevo mapa del poder global. Por otro lado, el coste real de la guerra, que supera con creces los 29.000 millones del Pentágono e incluye decenas de miles de millones en sobrecostes energéticos para los consumidores, una deuda que crece sin cesar y unas vidas humanas que ningún presupuesto puede cuantificar. Y, finalmente, la carrera por nuevas rutas, ejemplificada por el oleoducto Basora–Haditha, que muestra cómo el capitalismo fósil responde a su vulnerabilidad con más infraestructura, más tuberías, más apuestas por un futuro de petróleo que quizás ya no llegue.

En consecuencia, vemos que la guerra contra Irán no es un accidente, ni una desviación, ni una catástrofe evitable bajo este sistema. Es la manifestación más cruda de un sistema en crisis: un sistema que convierte la escasez en beneficios, la geopolítica en violencia y el futuro en deuda. Y mientras no se cuestionen y superen sus fundamentos, las guerras por el petróleo no harán más que multiplicarse. Irán no es el primer agredido, ni será el último.