Pequeños Estados, grandes vulnerabilidades energéticas
El Sur Global paga la factura de una guerra que no provocó, evidenciando una dependencia internacional sistemática al servicio de un puñado de empresas petroleras.
Mientras Estados Unidos libera 400 millones de barriles de su Reserva Estratégica de Petróleo y China recurre a sus 12.000-15.000 millones de barriles almacenados, un conjunto mucho más amplio de naciones queda expuesto a la intemperie. Son los países pequeños, los Estados insulares, las economías en desarrollo que carecen del colchón financiero, de la diversificación productiva y de la influencia geopolítica para protegerse de la tormenta. Para ellos, cada guerra en Asia Occidental se traduce inmediatamente en un aumento insostenible del precio de los alimentos, en una crisis de balanza de pagos, en el cierre de oficinas públicas a media tarde o en la declaración de un estado de emergencia. La guerra de Irán no golpea a todos por igual. Y los más vulnerables son los que menos responsabilidad tienen en el conflicto.
Dos tercios del mundo en la cuerda floja: el dato de UNCTAD
La radiografía de la dependencia mundial de materias primas es implacable. Según el informe The State of Commodity Dependence 2025 de la UNCTAD, 95 de los 143 países en desarrollo —el 66% del total— siguen siendo dependientes de las exportaciones de commodities (petróleo, gas, minerales, productos agrícolas). Entre los países menos desarrollados, la proporción asciende a más del 80%.
La definición de la UNCTAD es precisa: un país es "dependiente" cuando más del 60% de sus exportaciones de mercancías proceden de materias primas. Y lo que el informe revela es que esta dependencia no se ha reducido en las últimas décadas, sino que se ha consolidado como una característica estructural de la economía mundial. Mientras el comercio mundial de mercancías se expandió un 25,6% entre los períodos 2012-2014 y 2021-2023, las exportaciones crecieron solo un 15,5%. Esto indica que los países más dependientes están perdiendo terreno.
Entre 2021 y 2023, los productos energéticos representaron el 44,5% de las exportaciones mundiales de mercancías. Asia y Oceanía concentraron el 37,1% de esas exportaciones, con Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí representando más de la mitad del total de Asia Occidental. África, en cambio, vio caer el valor de sus exportaciones un 5,6% en el mismo período. Esto en la práctica significa que la salud de toda la economía —el precio de la moneda, el empleo, los ingresos fiscales, la capacidad para importar alimentos y medicinas— depende del precio de uno o dos productos básicos en los mercados internacionales. Cuando esos precios suben, el país vive una bonanza temporal; cuando bajan —o cuando una guerra como la de EEUU e Israel contra Irán interrumpe el suministro y dispara los precios de los combustibles importados—, la economía entra en shock. No hay margen de maniobra.


Tuvalu: 10.600 habitantes, una cuarta parte del PIB en petróleo
El caso de los pequeños Estados insulares del Pacífico es particularmente extremo. Tuvalu, un país de poco más de 10.600 habitantes, gasta aproximadamente una cuarta parte de su PIB en la importación de petróleo. Con una capacidad de almacenamiento limitada y pocas alternativas, Tuvalu depende de envíos regulares de diésel para mantener las luces encendidas y los servicios esenciales en funcionamiento. La crisis bélica de Asia Occidental ha disparado los precios locales: el diésel subió un 40% y la gasolina alrededor de un 30%. El gobierno declaró un estado de emergencia de dos semanas para racionar los suministros. Existe la posibilidad real de que no haya envíos consistentes más allá de junio.
Tuvalu no es una excepción. Las Islas Marshall declararon un estado de emergencia económica de 90 días, cerrando sus oficinas públicas no esenciales a media tarde e imponiendo requisitos estrictos para reducir el uso de electricidad. Las Islas Salomón informaron de que solo disponían de entre 40 y 50 días de combustible almacenado. Palau, Nauru y Kiribati están estudiando sus propias respuestas. La analista citada por Renew Economy fue contundente: "La crisis del petróleo iraní ha expuesto las vulnerabilidades de los pequeños Estados insulares y su dependencia del diésel. Estos son los países que menos pueden permitirse la volatilidad del mercado".
Belice y la lección de la energía solar
En el otro lado del mundo, Belice ofrece un caso similar pero con un matiz importante: la posibilidad de romper la dependencia. Horace Palacio, analista de Breaking Belize News, describió con claridad la dinámica perversa que afecta a los pequeños Estados importadores: "Belice no controla los mercados mundiales de petróleo, pero los beliceños pagan el precio cada vez que las tensiones geopolíticas sacuden las cadenas de suministro. Cuando estallan guerras en regiones productoras de petróleo como Oriente Medio, los mercados energéticos mundiales reaccionan al instante, y los países pequeños como Belice absorben el shock".
Palacio califica esta situación como "una vulnerabilidad estructural en la economía. Cada aumento de los precios mundiales del petróleo se convierte en un impuesto para las familias y las empresas beliceñas". Su diagnóstico es directo: "Mientras Belice dependa del combustible importado, cada guerra en el extranjero seguirá golpeando a los beliceños en el surtidor".
Pero Belice tiene una ventaja que los países de Oriente Medio no pueden monopolizar: el sol. El país goza de un clima tropical con una fuerte insolación durante todo el año. Palacio aboga por una estrategia agresiva de energía solar, junto con inversiones en almacenamiento y modernización de la red, para reducir la demanda de combustible importado y estabilizar los precios de la electricidad. Su argumento es que la independencia energética no es solo una cuestión medioambiental, sino de seguridad económica: "La energía es más que electricidad. Es seguridad económica".
Nigeria: un exportador que importa refinados
No todos los países dependientes son importadores netos. Nigeria, el mayor productor de petróleo de África, ilustra una paradoja igualmente cruel: es rico en crudo, pero sufre una incapacidad estructural para refinarlo. Sus refinerías nacionales apenas funcionan, por lo que, siendo productor, es al mismo tiempo importador neto de productos refinados.
La crisis de Irán ha exacerbado esta contradicción. A mediados de marzo de 2026, los precios de la gasolina en Nigeria se habían disparado: el precio de salida de fábrica pasó de 774 a aproximadamente 995 naira por litro, y los precios al por menor superaron las 1.000 naira en muchos estados. La Corporación Nacional de Petróleo de Nigeria (NNPC) se vio obligada a buscar crudo adicional en el mercado internacional para estabilizar el suministro, pero los precios globales seguían dictando las condiciones.
El presupuesto nigeriano para 2026 se había anclado en un precio del petróleo conservador de 60-65 dólares por barril. Con el Brent superando los 100 dólares, los ingresos fiscales por crudo aumentaron, pero ese efecto positivo se vio rápidamente erosionado por el aumento de la factura de importaciones —incluyendo no solo combustibles sino también alimentos y fertilizantes— y por la presión sobre el tipo de cambio. El resultado es una economía que gana por un lado y pierde por el otro, incapaz de romper el ciclo de dependencia.
Cuba: bloqueo, dependencia y la crisis energética como arma imperial
Cuba, una nación insular del Caribe con algo más de 11 millones de habitantes, encarna de forma dramática las vulnerabilidades energéticas que azotan a los pequeños Estados del Sur Global. Como importador neto de combustibles —produce solo alrededor del 40% de sus necesidades diarias de petróleo—, la isla depende estructuralmente de suministros externos para mantener su red eléctrica, transporte y servicios básicos. Históricamente, esta dependencia se canalizó primero a través de acuerdos políticos con la Unión Soviética y posteriormente con Venezuela y Petrocaribe, donde el intercambio de médicos y otros servicios por crudo subsidiado funcionaba como un mecanismo de solidaridad sur-sur. Sin embargo, la agresión estadounidense contra Venezuela y el subsiguiente bloqueo energético impuesto por Washington en 2026 han cortado drásticamente estos flujos, dejando al país sin reservas de diésel y gasolina. A mediados de mayo de este año, el ministro de Energía y Minas de Cuba, Vicente de la O Levy, ha reconocido públicamente que el país se había quedado “absolutamente sin fuel oil, absolutamente sin diésel”. Las plantas termoeléctricas operan al límite con producción doméstica, gas natural y una creciente pero aún insuficiente contribución de energías renovables. Los apagones en La Habana superan las 20-22 horas diarias, paralizando hospitales, escuelas, industrias y el transporte. Protestas con cacerolazos han comenzado en las calles, mientras el gobierno declara negociaciones de urgencia para comprar combustible en un mercado global encarecido por la guerra contra Irán.
Esta no es una crisis coyuntural provocada por “mala gestión” o por la guerra en Asia Occidental. Es el resultado previsible de una dependencia energética estructural agravada por décadas de bloqueo económico estadounidense. Cuba no controla los mercados petroleros internacionales ni posee las reservas estratégicas de las grandes potencias. Cada interrupción en el suministro —ya sea por sanciones, por caídas en la producción venezolana o por el encarecimiento derivado de conflictos geopolíticos— se traduce en un shock inmediato: subida de precios, racionamiento, colapso parcial de la red eléctrica y deterioro de la balanza de pagos. Los alimentos, medicinas y fertilizantes importados también se encarecen, cerrando el círculo vicioso de la vulnerabilidad. Al igual que Belice o Tuvalu, Cuba ilustra cómo los pequeños Estados pagan la factura de guerras y decisiones tomadas en otros continentes. Pero en su caso, el factor imperial es aún más directo: el Ejecutivo de Trump amenazó con aranceles a cualquier país que enviara combustible a la isla, cortando efectivamente rutas de Venezuela, México y otros proveedores potenciales. Esto no solo expone la fragilidad energética; refuerza la tesis de la dependencia estructural. La isla vende sus servicios (médicos, educativos) y algunos bienes a precios que no compensan la compra de combustibles y bienes industrializados a precios dictados por el centro. El bloqueo actúa como un mecanismo permanente de transferencia de valor y de castigo por la soberanía política.

La teoría de la dependencia
La teoría de la dependencia latinoamericana —desarrollada por autores como Ruy Mauro Marini, Theotonio dos Santos y André Gunder Frank— sostiene que el llamado “subdesarrollo” no es una etapa previa al desarrollo, sino una condición estructuralmente producida por la inserción de las economías periféricas en el sistema capitalista mundial. En ese sentido, los países dependientes no son “atrasados”; son activamente subdesarrollados por los mecanismos de transferencia de valor hacia el centro.
John Bellamy Foster, aunque es conocido principalmente por su trabajo sobre ecología política y metabolismo social, ha aplicado consistentemente esta perspectiva al ámbito energético. En su artículo Peak Oil and Energy Imperialism (Monthly Review, 2008), Foster argumentaba que el ascenso del militarismo y el imperialismo a principios del siglo XXI "puede atribuirse plausiblemente en gran medida a los intentos de los intereses dominantes de la economía mundial por obtener el control de las menguantes reservas mundiales de petróleo". Aplicada al contexto de la guerra contra Irán en curso, se vuelve a comprobar cómo la dependencia de los pequeños Estados del Sur Global no es un accidente, sino una estructura activamente producida y reproducida por las relaciones de poder capitalistas a escala planetaria. Incluso los países periféricos que exportan petróleo quedan atrapados en el subdesarrollo energético: venden barato su recurso no renovable (a menudo a empresas transnacionales que capturan la mayor parte de la renta) y compran caros los bienes industrializados producidos por las compañías del centro. Los que importan petróleo, como en casos extremos Tuvalu, Belice o Cuba, sufren una doble explotación: pagan el precio de mercado por un bien cuyo suministro controlan las grandes potencias, y ven cómo los beneficios de esa venta —y de la propia guerra que la interrumpe— se concentran en manos de los ya ricos.
Estrategias de supervivencia: renovables, diversificación y sus límites
Frente a esta red de dependencias, algunos países están ensayando estrategias para romper el ciclo. Timor-Leste ha declarado que reducir la dependencia del combustible importado "es crucial para reducir los costes, mejorar la seguridad energética y liberar recursos para las prioridades sociales y económicas". Mauricio, que importa el 100% de su crudo, ha advertido de que esta dependencia energética "sangra directamente en nuestra seguridad alimentaria".
Guyana, paradójicamente, está utilizando sus ingresos petroleros para financiar un intento de cambio a renovables. El presidente Irfaan Ali ha declarado: "Estamos tratando de ser un petro-Estado que no se convierte en una economía dominada por el petróleo. Estamos tratando de usar un recurso no renovable para construir un futuro renovable, no solo en energía, sino en potencial humano, complejidad económica y dignidad nacional".
Un artículo publicado en el Journal of African Development identifica varias estrategias de diversificación: el éxito de Kenia en la tecnología financiera y las energías renovables, las políticas de beneficencia de Botsuana (que añade valor a sus diamantes en lugar de exportarlos en bruto) y la transición de Mauricio hacia una economía basada en los servicios.
En el caso cubano, la asfixia energética ha acelerado —con apoyo chino— la instalación de parques solares. Entre 2025 y principios de 2026 se están conectando decenas de nuevos megavatios, y las importaciones de paneles y baterías se disparan. Analistas señalan que una inversión de alrededor de 8.000 millones de dólares podría permitir generar más del 90% de su electricidad con renovables, reduciendo drásticamente la palanca de coerción externa. Sin embargo, las limitaciones financieras, tecnológicas y el propio bloqueo complican y ralentizan esta transición. No basta con paneles solares si faltan divisas para importar componentes o si las instituciones financieras internacionales imponen condiciones políticas.
Cuba no es un exportador de materias primas energéticas como Nigeria, pero comparte con los pequeños Estados insulares la misma exposición: su economía y la calidad de vida de su pueblo dependen directamente de un recurso volátil cuyo precio y flujo controlan otras potencias y empresas transnacionales. La guerra contra Irán solo ha exacerbado una vulnerabilidad preexistente fabricada por el sistema, que en el caso de Cuba está creada ad hoc para destruir su modelo económico, social y político. En última instancia, el caso cubano confirma que la dependencia energética no es un accidente geográfico ni una fatalidad natural. Es una condición reproducida por relaciones de poder asimétricas. Romperla exige no solo instalar paneles solares o diversificar, sino desafiar políticamente el bloqueo, el control de las rutas marítimas y el dominio de las grandes petroleras. Mientras ese poder imperial no se cuestione, los apagones seguirán siendo una herramienta de dominación sobre aquellos que, como Cuba, se atreven a buscar un camino independiente. La luz de la isla se apaga literalmente bajo el peso de una arquitectura imperialista internacional diseñada para mantener a la periferia en la oscuridad, con especial virulencia en el caso de los países “rebeldes”.
El límite de todas estas estrategias es el mismo: la arquitectura financiera internacional, el poder de las grandes petroleras y la geopolítica de las rutas marítimas establecen un muro. Mientras esas estructuras de poder no se desafíen, las estrategias de supervivencia —por necesarias que sean— seguirán siendo parches en un sistema que beneficia a unos pocos.
La dependencia no se rompe con buenas intenciones
La guerra contra Irán, el bloqueo contra Cuba y la situación energética de varios países del Sur Global ha puesto de manifiesto que hay países que pueden liberar reservas estratégicas y países que no tienen ni siquiera un depósito de combustible para dos meses. Hay países que pueden endeudarse para subsidiar la gasolina y países que ya están ahogados por los intereses de su deuda o las sanciones. Y esa desigualdad no es un accidente, sino una característica estructural del capitalismo. En ese sentido, lo que sucede en Tuvalu, Belice, Nigeria o Cuba no son anécdotas exóticas. Son manifestaciones locales de todo un sistema mundial de dependencias energéticas que ata a los países pequeños y expoliados por el imperialismo a la volatilidad del mercado del petróleo, y que convierte las crisis en mecanismos de transferencia de valor desde la periferia al centro. Romper esa dependencia no es solo una cuestión técnica —instalar paneles solares o diversificar la economía— sino una cuestión política. Exige enfrentar políticamente el poder de quienes se benefician de este sistema en su misma escala: las grandes petroleras, las potencias hegemónicas que controlan el tráfico marítimo, las instituciones financieras que imponen recetas de austeridad, y los estados imperialistas que los amparan. Mientras ese poder no se cuestione y se confronte, las guerras por el petróleo seguirán apagando las luces de los parias de la tierra.