Las fronteras como fosas comunes
El endurecimiento de la violencia en los controles fronterizos, provoca que más de 72.000 personas hayan “muerto” en rutas internacionales en la última década; un cuarto del total en las fronteras de la UE, el mar Mediterráneo.
La crisis humanitaria asociada a los movimientos migratorios globales ha alcanzado niveles de letalidad sin precedentes debido al endurecimiento de los controles fronterizos y al uso sistemático de la violencia institucional. Según los datos consolidados por el proyecto Missing Migrants de la Organización Internacional para las Migraciones, desde el año 2014 se han documentado más de 72.000 muertes y desapariciones en rutas internacionales, localizándose la mayor parte de estas víctimas en el mar Mediterráneo. Los registros oficiales de este organismo internacional confirman que el año 2024 cerró con una de las estadísticas más alarmantes de la década, puesto que aproximadamente una de cada 120 personas que intentaron cruzar el Mediterráneo “perdió la vida” en el intento. Esta ruta marítima concentró por sí sola la cuarta parte del total de los fallecimientos de migrantes reportados a nivel mundial durante ese periodo, consolidándose como el espacio más peligroso del planeta para el tránsito humano.
En el contexto europeo, la pérdida de vidas no solo se atribuye a los riesgos propios del mar, sino también a una estrategia activa de campos de concentración, devoluciones en caliente e intercepciones violentas patrocinadas por la Unión Europea y que eluden el principio de rescate. Organizaciones civiles y medios de comunicación han señalado de manera reiterada la responsabilidad de los Estados miembros y la opacidad de la “ICE europea” Frontex, por su presunta complicidad en abusos y omisión de socorro. Una investigación publicada por el diario británico The Guardian analizó cerca de 2.000 muertes directamente vinculadas a expulsiones ilegales en los márgenes de la UE. Asimismo, informes concurrentes de Amnistía Internacional y del Comité Europeo para la Prevención de la Tortura han verificado un patrón de violencia policial que incluye golpes sistemáticos, torturas y denegación del derecho de asilo en zonas críticas como las fronteras de Grecia, Croacia, Bulgaria y el corredor terrestre entre Polonia y Bielorrusia, donde se han constatado asesinatos por impactos de bala y cuadros severos de hipotermia tras devoluciones forzosas.

Al otro lado del Atlántico, la frontera entre Estados Unidos y México refleja una dinámica de violencia y desprotección similar. Colectivos de derechos humanos como No More Deaths y registros regionales como el El Paso Migrant Death Database estiman que al menos el 15% de los “fallecimientos” son responsabilidad directa de los agentes de la Border Patrol. La documentación local detalla que estas muertes se producen principalmente a causa de persecuciones vehiculares a alta velocidad que derivan en accidentes fatales, caídas mortales desde el muro fronterizo debido a la presión policial, uso de fuerza letal y decesos bajo custodia federal provocados por la falta deliberada de atención médica oportuna.
Esta alarmante tendencia a la militarización y el uso de la fuerza contra las poblaciones desplazadas se extiende a otras regiones del mundo con consecuencias fatales. Entre los años 2022 y 2023, una investigación de Human Rights Watch denunció la matanza de cientos de migrantes etíopes a manos de guardias fronterizos de Arabia Saudí en la frontera con Yemen, quienes emplearon armas explosivas y disparos a corta distancia contra civiles desarmados en una práctica que la organización señaló como un crimen de lesa humanidad. De igual modo, los monitores internacionales advierten sobre una persistente violencia ejercida por cuerpos policiales y milicias armadas en las rutas desérticas del Sáhara africano, así como en los perímetros fronterizos de Asia, destacando los abusos letales en la frontera entre Turquía y Siria y la persecución violenta dentro de Myanmar.