Entrevistamos conjuntamente a Mario del Rosal y a F. Javier Murillo, doctores en Economía por la Universidad Complutense de Madrid cuya línea de investigación se inscribe en el análisis crítico de la economía política. Del Rosal es actualmente Profesor Ayudante Doctor en el Departamento de Economía Aplicada, Estructura e Historia de la UCM; por su parte, Murillo es autor de una investigación doctoral centrada en el análisis marxista de la dinámica salarial y la estructura de la propiedad en el ciclo económico español.

En este encuentro, ambos académicos examinan los factores macroeconómicos que han propiciado la pérdida de peso industrial en Europa, las implicaciones de las políticas del Banco Central Europeo sobre las condiciones materiales de las clases trabajadoras y el impacto presupuestario que el actual proceso de rearme ejerce en detrimento del gasto social y los servicios públicos.

La industria europea ha ido perdiendo peso frente a otras potencias en las últimas décadas. ¿A qué se ha podido deber y qué consecuencias ha dejado eso en la actualidad?

M: La industria europea ha perdido peso frente a otros productores por sus crecientes dificultades para mantener niveles de costes laborales unitarios competitivos en los mercados mundiales. Esto significa básicamente dos cosas:

Por un lado, Europa no es capaz de sostener tasas de crecimiento suficientes de la productividad debido tanto a la madurez o, incluso, relativa obsolescencia de algunos sectores, como al dinamismo de otros países en este aspecto gracias a desarrollos tecnológicos cada vez más punteros.

Por otro lado, a pesar de la contención salarial que se ha aplicado permanentemente en los países europeos desde hace lustros (y, sobre todo, en la zona euro), otros productores internacionales tienen costes laborales mucho más bajos y cierto margen para mantenerlos gracias a su nivel relativamente más atrasado de desarrollo como al uso de rígidos mecanismos de represión laboral y salarial sobre su clase trabajadora.

China es un ejemplo evidente de ambas cosas. 

F.J: La desindustrialización en Europa obedece a un proceso histórico que comenzó hace décadas. Es el resultado de la reconfiguración del capital a escala global, motivada por la búsqueda, en otras localizaciones, de costes unitarios de producción más reducidos con el objetivo de ampliar los márgenes de rentabilidad.

Una de las consecuencias de la profundización en la internacionalización de la producción es la creciente interdependencia respecto a otras regiones. Las recientes disputas en la economía mundial han provocado rupturas en la cadena de suministro, lo que revela la creciente dependencia europea. Estas dificultades de abastecimiento han terminado por estrangular el tejido industrial del continente.

Asimismo, otro de los efectos de este proceso de desindustrialización ha sido la fragmentación de la clase trabajadora en Europa. El alto grado de organización que esta había alcanzado en el continente suponía una amenaza para la rentabilidad por lo que la deslocalización resultó funcional para los intereses del capital.

Por último, cabe señalar que ha sido un proceso asimétrico, que no ha afectado por igual a todas las regiones. El este de Europa se ha integrado como una industria auxiliar proveedora, subordinada a las necesidades de las economías centrales. Mientras tanto, las naciones del sur han sido las más afectadas, ya que en ellas ha tenido lugar un profundo desmantelamiento industrial, quedando su estructura productiva asentada sobre ramas tradicionales del sector terciario, como la hostelería y el turismo.

¿Ha podido afectar el declive de la herencia colonial?

M: Las colonias han servido históricamente a las metrópolis europeas para conseguir materias primas, mano de obra y productos industriales primarios a bajos costes y con condiciones de producción leoninas. También han sido útiles, en ocasiones, como mercados de destino de bienes de producción en masa. La independencia formal de las antiguas colonias no ha supuesto el fin de estas relaciones de dependencia y explotación, ni mucho menos. En la actualidad, sigue perpetuándose una economía mundial prototípica de tipo centro-periferia en la que muchos países africanos, latinoamericanos y asiáticos mantienen estructuras productivas evidentemente extravertidas y dependientes. La novedad más relevante estriba en que ya no son simples proveedores de fuerza de trabajo o materias primas, sino que ocupan posiciones en cadenas globales de valor que son controladas en muchos casos por multinacionales de países centrales y en las que la capacidad de generación y captación de plusvalor es mucho menor para la periferia.

Ese supuesto «declive de la herencia colonial», por tanto, no me parece que sea tal en la esfera económica y productiva, por lo que considero que no es un factor relevante en la decadencia relativa de la industria europea.

F.J: No ha sido el principal factor que ha provocado este proceso. Conviene no olvidar que el proceso de descolonización representó la independencia formal de estas regiones, pero las redes de dominación económica se perpetuaron mediante diferentes mecanismos. Por lo tanto, el capital europeo ha seguido manteniendo una presencia importante en la estructura de propiedad empresarial en estos nuevos Estados, así como un acceso privilegiado a sus mercados locales.

Ese proceso de desindustrialización ha venido acompañado de una fuerte dependencia energética y de insumos de fuera de Europa. Todo ello, junto con el recrudecimiento del conflicto con Rusia ¿Qué alternativas deja a Europa y cuáles son las estrategias que plantea?

M: La alternativa más sensata a largo plazo, y no sólo para Europa, debe ser la sustitución sistemática de fuentes de energía fósiles por renovables y la aplicación generalizada y regulada de mecanismos de ahorro energético. Para eso sería imprescindible un modo de producción de propiedad colectiva con planificación económica democrática a largo plazo. Lamentablemente, estamos bajo las reglas del capitalismo, y eso significa que lo que manda no es el bienestar común de las sociedades humanas o la conservación del medioambiente, sino la propiedad privada y su rentabilidad. Por esa razón, la UE y sus gobiernos, como defensores en última instancia de los capitales europeos, se ven forzados a buscar vías que permitan un nivel suficiente de ganancias a las empresas. De ahí que la estrategia «verde» europea resulte inviable en el corto plazo.

No sabría decir cuál es la mejor alternativa a esa dependencia energética y de materias primas que sufre Europa. No obstante, lo que sí diría es que los países europeos, en su papel como economías subordinadas a Estados Unidos, están tomando un callejón sin salida en el que pretenden reanimar la acumulación mediante una suerte de keynesianismo militar que implica más recortes salariales, más precariedad laboral, peores servicios públicos y, en definitiva, peores condiciones de vida para la clase trabajadora europea (y no sólo) en su conjunto.

F.J: Sin duda, la creciente dependencia energética representa uno los principales retos que debe abordar el continente. Las economías europeas son completamente dependientes de las fuentes energéticas más consumidas, gas natural y petróleo. En los últimos años, el mapa de proveedores ha experimentado una profunda reorientación, en detrimento de Rusia y a favor de Estados Unidos.

En el caso del petróleo, Rusia pasó de ser el principal suministrador —aportando casi la mitad del crudo en 2020— a vender un marginal 5% en 2023. Estados Unidos le arrebató el liderazgo al consolidarse en el mercado comunitario, elevando su cuota del 10% al 33%.

El mercado de gas natural ha experimentado una dinámica similar. Mientras que en 2020 Rusia suministraba el 60% del total, para 2023 su aportación representaba poco más del 10%. Por su parte, Estados Unidos se afianzó como uno de los socios prioritarios, escalando desde un modesto 5% hasta el 25% del suministro.

Esta situación refleja la posición de subordinación que mantiene el continente respecto a Estados Unidos. A pesar de las reivindicaciones en pos de una mayor autonomía estratégica, la dependencia respecto al líder hegemónico de la economía mundial es cada vez más profunda.

Se ha visto que las políticas "verdes" han decaído drásticamente en los últimos años. ¿Cuál era el sentido de toda esa inversión que se ha visto reducida enormemente de la noche a la mañana?

M: Como decía antes, esa inversión, desde el punto de vista del valor de uso, tenía todo el sentido del mundo. Pero, desde la perspectiva del valor de cambio y, por tanto, de la ganancia privada del capital, es inviable.

Y esto conduce a una contradicción típica del capitalismo: cuando la inversión no encuentra destinos rentables y, además, se basa en su mayor parte en deuda, los problemas del proceso de acumulación no se solucionan. Al contrario: se aplazan hacia un futuro en el que la exigencia de destrucción de capital improductivo hace que la necesidad de la crisis acabe siendo cada vez más imperiosa.

F.J: El principal bastión que activaron las instituciones comunitarias europeas para intentar superar la recesión tras la crisis vinculada a la COVID fueron los fondos de recuperación —el programa Next Generation UE fue el que absorbió más financiación . Aunque se presentaron como una palanca para potenciar la transición energética hacia un modelo más sostenible sustentado en energías limpias, en realidad funcionaron como un mecanismo propagandístico cuyo principal objetivo fue el de evitar el colapso de la acumulación.

Para la concesión de estos recursos se mantuvo cierto grado de condicionalidad, requiriendo que se destinaran a impulsar la digitalización económica o a favorecer el desarrollo verde. No obstante, el criterio resultó sumamente laxo: bastaba con que el proyecto financiado no tuviera un impacto significativamente negativo sobre el medio ambiente para que pudiera ser aprobada su financiación. Por lo tanto, el programa formó parte de una campaña de lavado de imagen verde con un alcance muy limitado sobre la transformación del modelo energético.

Esa inversión se está encaminando a un plan de rearme acelerado de cientos de millones de euros. ¿Puede ser una herramienta para reactivar forzadamente el sector industrial europeo?

M: Ese proceso de rearme, como comentaba antes, no es más que una nueva versión del clásico keynesianismo militar al que tantas veces ha recurrido el capitalismo para tratar de apuntalar la rentabilidad. Muchas industrias europeas saludan estos planes con entusiasmo porque les permite captar flujos de inversión masivos de capitales privados y públicos en paralelo con una demanda garantizada por parte de los Estados. ¡El sueño de cualquier capital!

Una cuestión que siempre convendría recordar a los defensores de las supuestas ventajas del militarismo para la industria europea es que principales beneficiarios de esta inversión masiva en armas ni siquiera van a ser los capitales europeos, sino las empresas de EE. UU. Recordemos que, según el SEPRI, las tres mayores compañías de producción de armamento del mundo son estadounidenses; que, de las 100 empresas militares más grandes del planeta, 39 son yanquis y apenas 26 europeas; y que, en facturación, las primeras duplican con creces a las segundas. Esto significa que la clase trabajadora europea no solamente está siendo obligada a sufragar la producción de armas, sino que lo está haciendo para beneficio de Estados Unidos.

Sea como fuere, esta estrategia implica, como siempre lo ha hecho, recortes sociales de todo tipo. El dinero dedicado a armas no sale de la nada, sino que, en última instancia, se obtiene de los fondos que se escamotean a la educación, la sanidad, los cuidados, etc. Cuando una sociedad se rearma, no solamente significa muerte, dolor y destrucción, sino peores condiciones de vida, mayor desigualdad y, en definitiva, un enorme perjuicio para la clase trabajadora de todos los países.

F.J: En primer lugar, un análisis meramente cuantitativo invita al escepticismo respecto al impacto que puede tener este programa sobre la actividad económica en Europa. Su cuantía total —800.000 millones de euros— es similar a la que absorbieron los fondos Next Generation que, como se ha señalado, tuvieron un impacto muy reducido sobre la acumulación.

Por otra parte, ha de considerarse que el potencial productivo actual de la industria local es muy limitado. Por ello, a pesar de que el plan fija un mínimo de componentes europeos para autorizar que los proyectos sean financiados, la capacidad de respuesta a corto plazo es muy restringida. Ante la incapacidad de las fábricas locales para atender las necesidades más inminentes, una fracción significativa de los recursos movilizados se destinará a la compra de material a compañías estadounidenses, que son las que dominan los mercados mundiales de seguridad y armamento.

¿Qué otras consecuencias puede tener todo ese rearme teniendo en cuenta los mecanismos como la ampliación de los márgenes de deuda y demás?

M: En primer lugar, recortes, recortes y más recortes sociales. En servicios públicos, pensiones, infraestructuras, etc.

En segundo lugar, mayor precariedad laboral y salarial, tanto por la exigencia de competitividad exterior como por las consecuencias del endeudamiento que comentamos a continuación.

En tercer lugar, un aumento sustancial de la deuda pública que, como consecuencia de las exigencias del Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza (heredero del Pacto de Estabilidad y Crecimiento), forzará a los gobiernos a más recortes para poder cumplir con los límites de déficit y deuda.

Y, en cuarto lugar, algo que suele escapar a los análisis puramente economicistas, pero que es clave para comprender la peligrosa involución social y política que estamos sufriendo actualmente. La militarización no sólo busca argumentos supuestamente económicos, sino que siempre intenta legitimarse sobre razonamientos sociales, políticos e identitarios. La expansión contagiosa de los posicionamientos de extrema derecha, del racismo, la xenofobia, la aporofobia y todo tipo de idearios supremacistas y nacionalistas es tanto el caldo de cultivo que permite la aplicación de estas políticas como su resultado. La clase trabajadora, que es mundial por definición, debe luchar contra este viejo y letal monstruo, sin dejarse engañar con mentiras tantas veces repetidas a lo largo de la Historia.

F.J: Resulta crucial considerar que el plan de rearme se implementa en un momento de plena reactivación del marco de disciplina fiscal en la Unión Europea, materializado en la imposición de techos sobre los niveles de déficit y deuda pública —del 3% y del 60% sobre el PIB, respectivamente—. La actuación de las instituciones comunitarias revela con claridad los intereses que promueve el proceso de integración: una de las pocas partidas de gasto que ha quedado excluida del cómputo para el cálculo de dichos umbrales es, precisamente, la vinculada con el gasto militar.

Esto implica mayor laxitud con el gasto público en armamento y seguridad, mientras se recrudece el corsé impuesto sobre el resto de componentes. Entre ellos, el gasto social, que es el que mayor trascendencia tiene sobre las condiciones materiales de vida de las clases populares. Para cumplir simultáneamente con los niveles de gasto militar requeridos por la OTAN y con las reglas fiscales de la UE, los Estados miembros se verán abocados a aplicar severos recortes sobre partidas como sanidad y educación, así como sobre otros componentes de los sistemas de protección social.

El BCE ha sido un actor central en las últimas crisis económicas para estabilizar la economía europea. ¿Qué mecanismos son los más relevantes? ¿Son “estables” a medio-largo plazo?

M: El BCE es un banco central que combina principios marcadamente ortodoxos con políticas monetarias acomodaticias cuando la circunstancias lo requieren. Su único objetivo es el control de la inflación y sus herramientas son siempre las mismas: los tipos de interés y la emisión monetaria.

Ante escenarios de amenaza inflacionaria, el BCE siempre responde de la misma manera, independientemente de cuáles sean las causas reales de las subidas de precios. Cuando aplica las recetas típicas (subidas de tipos y restricción de la emisión), lo que consigue no es mitigar la inflación, sino provocar una recesión más o menos controlada que acabe deprimiendo la demanda, lo que, en última instancia suele conducir una menor presión al alza sobre los precios. Son recetas basadas en diagnósticos falsos que, sin embargo, parecen funcionar porque atajan la inflación, pero a costa de destrucción económica. Matan moscas a cañonazos, pero no sólo eso, sino que sus políticas monetarias agravan la desigualdad porque benefician sustancialmente a la banca privada y a los ricos, por cuanto aumenta la rentabilidad de los activos, y perjudica a la clase trabajadora y las pequeñas industrias, dado que incrementa el coste de la deuda.

Todo esto es asumido como un mal necesario por varias razones. Una es la llamada «independencia» del BCE, que le permite funcionar totalmente aislado de la capacidad de presión de la clase trabajadora y con plena irresponsabilidad sobre las consecuencias de sus actos. La otra es que los enfoques teóricos ortodoxos en que se sustentan siguen dominando la Academia  y la política oficial, de manera que continúan imponiéndose como el sentido común y como si fueran la única versión aceptable y científica de la economía política.

F.J: El BCE, que se erige como uno de los principales pilares sobre los que se ha construido el euro, evidenció sus carencias desde el estallido de la crisis global en el año 2008. En primer lugar, porque no se había dotado de un mecanismo propio para abordar las crisis en el continente. Aunque improvisa diversas soluciones en los años inmediatamente posteriores, finalmente se recurrió al FMI para conformar el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), lo que refleja, de nuevo, la supeditación a los intereses estadounidenses. El MEDE, gestionado a través de la troika, se convirtió en el instrumento mediante el que se implementaron los programas de ajuste en las economías europeas para abordar las crisis del euro. Dichos planes tuvieron un fuerte impacto restrictivo sobre los salarios, el empleo y, en general, las condiciones de vida de la población.

El BCE, contraviniendo sus propios principios fundacionales, implementó una política monetaria hiperexpansiva para reactivar la acumulación en las economías europeas. Sin embargo, esta estrategia tuvo un alcance muy limitado y resultó incapaz, por sí sola, de restituir un ritmo sólido de crecimiento de la actividad económica.

El MEDE es el principal instrumento del que actualmente dispone el BCE para abordar las eventuales crisis que se pudieran desencadenar en el continente. Y las consecuencias de la activación de los programas de rescate son ampliamente conocidas.

¿Qué papel está jugando ahora el BCE, con el rearme y la reindustrialización sobre la mesa?​​​​​​​

M: El papel del BCE no es directo, por cuanto no es responsable de la política fiscal ni de la creación de fondos europeos. Sin embargo, su función como comprador de deuda soberana de los países europeos a través de los mercados, como suministrador de liquidez a la banca privada y su capacidad para influir sobre el coste de la financiación es un engranaje importante para la estrategia en su conjunto.

F.J: Es muy importante recordar que el BCE se instituye con el único objetivo de controlar el nivel de precios en la eurozona. De ahí que la principal preocupación de la entidad en el marco actual sea, precisamente, evitar que la deuda pública se dispare, previniendo así nuevas presiones inflacionistas. Asimismo, la institución sostiene que, ante eventuales escaladas de precios, debe evitarse la adopción de mecanismos de indexación que garanticen el poder adquisitivo de los salarios. Desde la perspectiva del BCE, el mantenimiento de las cláusulas de salvaguarda provocaría una reacción en cadena que sumergiría a las economías europeas en una destructiva espiral inflacionistas.

Este planteamiento revela que el BCE sacraliza la contención salarial como la principal vía para moderar el crecimiento del nivel de precios. 

Desde el punto de vista de la industrialización, lejos de promover una intervención activa y sistemática por parte de los Estados, el BCE defiende que la mejor estrategia pasar por reforzar el funcionamiento de los mercados financieros, para favorecer la canalización del ahorro hacia la financiación de proyectos de inversión. Para ello, apuesta por impulsar la Unión de los Mercados de Capitales, instrumento para articular la integración financiera en el continente.

Con lo comentado anteriormente ¿qué se puede pronosticar de la base industrial europea en un futuro cercano?

M: Alguien dijo alguna vez que un economista es un tipo que te dirá mañana por qué lo que predijo ayer no se ha cumplido hoy. Por tanto, hacer pronósticos no sólo es arriesgado, sino yo diría que, además, resulta un tanto pretencioso. En este caso, no sólo no me atrevo a hacer pronósticos, sino que me parece que hacerlos suele ser bastante inútil.

Lo único que añadiría a todo lo comentado es que las trabajadoras y los trabajadores, que somos quienes producimos lo que la sociedad necesita cada día con nuestro esfuerzo, no debemos dejar que ninguna promesa de desarrollo industrial y ninguna amenaza de agresión externa se convierta en excusa para obligarnos a aceptar el chantaje empobrecedor y criminal de la militarización.

Hoy, como siempre y más que nunca:

¡Ni guerras entre pueblos ni paz entre clases!

F.J: Con base en todo lo anterior, se puede afirmar que el objetivo de reindustrializar el continente resulta incompatible con el mantenimiento de los criterios de disciplina fiscal. El impacto que puede tener el plan de rearme, tanto por el montante de los recursos movilizados como por las propias deficiencias estructurales de su diseño, será muy limitado y no servirá, en ningún caso, para superar la subordinación respecto a los intereses estadounidenses canalizados a través de la OTAN.