Madrid y Barcelona han irrumpido con fuerza en el “Top 5” de las ciudades europeas preferidas para la inversión inmobiliaria internacional, ocupando el segundo y cuarto puesto respectivamente, por delante de plazas financieras históricas como Milán, París, Ámsterdam, Berlín o Estocolmo. Según el último informe sobre el sector inmobiliario global elaborado por el banco de inversión Houlihan Lokey, el mercado español se ha convertido en una clara excepción dentro del continente europeo al registrar un incremento interanual del 40% en su volumen de inversión, una cifra de crecimiento que en toda Europa solo ha sido superada por el mercado de Bélgica, que experimentó un alza del 52%.

El balance de la actividad inmobiliaria europea durante el año 2025 cerró con un repunte general de la inversión del 10% interanual, alcanzando los 177.000 millones de euros, con el Reino Unido, Francia y Alemania concentrando casi la mitad de los flujos financieros. Las transacciones transfronterizas representaron aproximadamente el 45% de la actividad total del continente, impulsadas principalmente por el apetito sostenido de inversores procedentes de Norteamérica, Asia-Pacífico y una reactivación del capital de Oriente Próximo.

En este contexto, los fondos de inversión especializados en el mercado europeo captaron un 20% más de recursos que el año anterior, acumulando un colchón de 35.000 millones de euros listos para ser desplegados en adquisiciones de activos. En el Estado español, este capital extranjero ha encontrado un terreno fértil debido a la solidez de sus rentas de alquiler y a una demanda que no deja de crecer, contrastando con el estancamiento de las economías del norte.

El atractivo de Madrid y Barcelona para los grandes fondos de inversión se sustenta en dos pilares que tensionan directamente el tejido urbano local. Por un lado, la escasez de oficinas de alta calidad y con certificaciones medioambientales en los distritos financieros centrales ha disparado los precios de los alquileres corporativos a máximos históricos. Por otro lado, la actividad inversora ha encontrado su principal motor en el sector residencial, conocido en la jerga financiera como “living”.

Ante las severas dificultades que afronta la población local para acceder a una vivienda en propiedad, las carteras de los inversores institucionales se han volcado masivamente en la financiación de proyectos de “build to rent” (construir para alquilar), residencias de estudiantes y nuevas modalidades de alojamiento temporal conocidas como “flex living”. Esta tendencia consolida un modelo especulativo donde la vivienda se convierte en un activo financiero de alta rentabilidad, capturando las nóminas de los inquilinos mediante contratos de arrendamiento gestionados por corporaciones transnacionales.