El sueldo de Von der Leyen sube un 22,8% desde 2022 y roza ya los 36.000 euros brutos al mes
Los “ajustes automáticos” activados cada año por la propia Comisión blindan a la cúpula comunitaria mientras Bruselas pide contención salarial a los Estados y los salarios reales europeos siguen por debajo de 2019.
El sueldo base de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, ha pasado de unos 32.100 euros brutos mensuales antes del ajuste de 2024 a 35.861 euros tras la actualización anual del 3% aplicada el 1 de julio de 2025, según los datos publicados en el Diario Oficial de la Unión Europea. En total, el aumento acumulado desde principios de 2022 es de aproximadamente el 22,8%, fruto de hasta siete actualizaciones —la séptima en abril de 2025 y la octava en julio del mismo año—.
Gracias a estos “ajustes automáticos”, los comisarios europeos también han visto cómo su sueldo base pasaba de unos 26.200 a 29.234 euros mensuales en el mismo periodo. Las cifras, difundidas inicialmente por el diario alemán Bild y posteriormente verificadas por medios como Euronews, indican unas subidas considerables, aunque la Comisión, en su habitual jerga burocrática, insiste en que no se trata de una decisión discrecional de Von der Leyen, sino de “un mecanismo automático previsto en el Estatuto de los funcionarios y en el Reglamento (UE) 2016/300”. El mecanismo es automático, sí, pero los sueldos no se suben solos. Alguien los sube, y ese alguien es la propia Unión Europea, cuya máxima responsable es la propia Ursula Von der Leyen. Cada año, es la Comisión la que activa la actualización, aplica la fórmula y publica los nuevos importes en el Diario Oficial, por lo que no hay ninguna “mano invisible”: hay una institución y una jerarquía que deciden, dentro del marco legal vigente, que las retribuciones de la cúpula comunitaria sigan subiendo. A efectos prácticos, el sueldo de la presidenta de la Comisión sigue creciendo muy por encima de la media de los trabajadores europeos, y quienes lo firman son sus propios colegas de institución.
De hecho, el contraste con la evolución de los salarios de los trabajadores europeos es notable. Según los datos del propio Banco Central Europeo, el crecimiento de los salarios negociados en la eurozona fue del 4,8% en 2024, pero se desaceleró hasta el 3,1% en 2025, con una tendencia a la baja que se acentúa este año. El indicador que excluye pagos excepcionales —que refleja los incrementos estructurales— se situó en el 4,2% en 2024 y en el 3,8% en 2025, y las proyecciones apuntan a una bajada hacia el 2,7% para el 2026 . Es decir, el aumento del 22,8% en tan solo tres años para la cúpula comunitaria es muy superior al ritmo de crecimiento de los convenios colectivos de la mayoría trabajadora europea.
La comparación es aún más significativa si se observa junto con la evolución del poder adquisitivo real. Los salarios reales en la UE cayeron un 3,7% en 2022 y siguieron disminuyendo ligeramente en 2023, antes de repuntar un 2,7% en 2024. A pesar de esa aparente “recuperación” nominal, los salarios reales en la UE seguían siendo en 2024 un 0,7% inferiores a los niveles de 2019, y en países como Francia, Alemania, Italia, República Checa y Finlandia no se espera que recuperen los niveles prepandemia hasta finales de este año. Los trabajadores europeos, en promedio, aún no han recuperado el poder adquisitivo perdido durante la crisis inflacionaria, mientras que la presidenta de la Comisión y los comisarios han visto cómo sus retribuciones crecían por encima de la inflación de forma ininterrumpida.
Pero el contraste más llamativo de todos no está en las cifras, sino en las declaraciones oficiales de la propia Comisión. En el marco del Semestre Europeo, Bruselas “recomienda” a los Estados miembros contener el crecimiento de sus gastos públicos y, en el caso de los países con déficit excesivo, aplicar políticas fiscales “considerablemente más estrictas”. La Comisión pide así a los gobiernos que limiten el crecimiento de sus gastos netos a tasas que en algunos casos, como Francia, no superan el 0,8% anual . Es decir, mientras Bruselas exige a los Estados miembros una disciplina presupuestaria que limita su capacidad de gasto social y de inversión pública, sus propios altos cargos ven cómo sus retribuciones crecen a un ritmo muy superior al de los salarios que esos mismos Estados negocian con los sindicatos.
La paradoja viene de atrás, pero se vuelve especialmente dolorosa en un contexto de crisis inflacionaria. Los “ajustes automáticos” de los sueldos de la cúpula comunitaria están vinculados al poder adquisitivo de los funcionarios estatales y al coste de la vida en Bruselas y Luxemburgo, dos de las ciudades más caras de Europa. Con estos argumentos, afirman que es un mecanismo diseñado para proteger los salarios de los altos cargos —cuyo importe mensual consta de hasta cinco cifras— ante la “pérdida de poder adquisitivo, pero lo hace en un momento en que millones de trabajadores europeos ven cómo sus salarios reales siguen por debajo de los niveles de 2019 y cómo la Comisión les pide, precisamente, “contención”, cuando los propios comisarios parecen especialmente generosos cuando se trata de sus propios sueldos.