Julius Nyerere afirmó una vez que EEUU era un régimen de partido único que, por una extravagancia típicamente americana, se desdoblaba en dos. En las últimas elecciones, su ala más reaccionaria ha logado imponerse. El mundo entero se mueve hoy entre la expectación y el miedo, mientras se entonan elegías por la “democracia liberal” desde París hasta Bogotá. Trump, victorioso en la noche del 6 de noviembre, no es más que el rostro grotesco de una era de creciente autoritarismo político, nacionalismo económico y cruda competición geopolítica –el nuevo programa de clase de la burguesía en medio del declive capitalista.

En la izquierda, la política de coalición con el ala “progresista” del imperialismo, representada por el Partido Demócrata, ha demostrado de nuevo su abyecto fracaso. La unidad con las fuerzas imperialistas implica sacrificar cualquier posibilidad de poner sobre la mesa un programa socialista; implica posicionarse en el bando del Tío Sam contra la clase trabajadora internacional. La lógica del mal menor nos ata a la ola que lleva hacia el mayor de los males.

Pues el Partido del Orden yanki puede tener un rostro Demócrata y otro Republicano, pero se construye sobre un compromiso unánime con los intereses del Imperio y la oligarquía que lo gobierna. Su apoyo cerrado al Estado genocida de Israel, su mutua adhesión al proteccionismo económico y su idéntica defensa de una política de guerra fría contra China no son más que expresiones de esta unidad subyacente.

El segundo mandato de Trump implicará con toda seguridad una escalada en la ofensiva global contra las clases trabajadoras, hoy abrazada por ambas alas del Partido del Orden. En términos geopolíticos y económicos, Biden continuó el camino abierto por Trump, y Trump le dará ahora una nueva y violenta vuelta de tuerca. La tendencia hacia empobrecimiento generalizado se agudizará, de forma desigual pero combinada, desde Europa hasta África a fin de que las corporaciones americanas puedan apropiarse de una porción mayor del menguante pastel de la plusvalía global. La reacción avanzará enormes pasos a la hora de convertirse en la ideología hegemónica de un Occidente en declive. Los derechos políticos y económicos serán desmantelados con metódica intensidad. El orden mundial liberal está herido de muerte, y algo más oscuro –y sin embargo intrínsecamente ligado a su fracaso—está llegando para sustituirlo.

La cuestión es: ¿cómo deben responder los socialistas? La situación demanda urgentemente una ruptura política de clase con el bloque imperialista, incluyendo a esos centristas que todavía se aferran a la vieja melodía de una unidad trazada en terreno enemigo. La política de lealtad al Estado capitalista, que se atreve a llamar “democracia” al régimen oligárquico de la burguesía americana, debe ser abandonado por fin y para siempre. Manchado de sangre palestina, hoy el mundo entero puede contemplar la miseria e impotencia de un Sanders o una Ocasio-Cortez, capaces de transigir con el genocidio en nombre del “mal menor”.

Para superar este estado de subordinación, la independencia política de la clase trabajadora debe ser reestablecida. Una oposición real al régimen imperialista solo puede provenir de un partido inequívocamente comprometido con la emancipación de la clase trabajadora internacional. Esta es una lección global y debe ser aplicada internacionalmente, desde California hasta Shangai.

El trumpismo no puede ser combatido por medio de otras opciones procapitalistas y fieles al orden oligárquico americano. El liberalismo y el reformismo no pueden ser la solución a los problemas de su propia creación; no pueden acabar con la bestia que ellos mismos han gestado y alimentado. En tanto que el rostro contemporáneo de la principal potencia capitalista, el trumpismo solo puede ser combatido con socialismo.