Este 8 de abril se celebra y reivindica el Día Internacional del Pueblo Gitano, una fecha marcada en el calendario desde 1990. La Unión Romaní Internacional declaró este día para conmemorar, festejar y dar visibilidad a la historia y las tradiciones de las comunidades gitanas. Desde entonces, se celebran conferencias, actos y debates donde se recuerda la herencia cultural y la lengua romaní, entre otras cuestiones de carácter histórico, social y político. Varios países y partidos institucionales de la Unión Europea han ido incorporando la fecha a su calendario de eventos, quizá para tratar de tapar las vergüenzas de los Estados europeos y sus deudas históricas pendientes con este pueblo perseguido.

Sin embargo, una cuestión relativamente silenciada demuestra que sí hubo quien trató de hacer sus deberes con el pueblo romaní de forma honesta: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La URSS fue el primer Estado obrero de la historia, y como tal, se fundó sobre una clara ambición de proteger a los pueblos sometidos al racismo y la persecución. Para empezar, el Código Penal soviético prohibía expresamente el racismo. En el Código Penal de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia (RSFSR) de 1922 (artículo 83) ya se castigaba la agitación y propaganda que excitara la enemistad nacional o racial. En el Código Penal de 1926, el artículo 59-7 (modificado en 1930) tipificaba específicamente la “propaganda o agitación dirigida a excitar la enemistad o discordia nacional o religiosa, así como la difusión, fabricación o almacenamiento de literatura del mismo carácter”, con penas de hasta 2 años de privación de libertad en los casos generales. En tiempo de guerra o disturbios masivos, la pena ascendía a 2 años, además confiscación de bienes, y en casos especialmente graves hasta la pena de muerte por fusilamiento con confiscación total de bienes. Esto demuestra que el racismo era una cuestión que el Estado soviético se tomaba muy en serio. La ideología oficial establecía la igualdad entre los pueblos, un principio que posteriormente se reguló principalmente a través del Artículo 74 del Código Penal de la RSFSR de 1960 (y sus equivalentes en otras repúblicas). El artículo seguía castigando las acciones que limitaran los derechos de los ciudadanos por motivos de raciales, nacionales o de religión, así como la propaganda o agitación destinada a excitar la enemistad racial o nacional y la humillación de la dignidad nacional.

El primer teatro gitano profesional de la historia

Sin embargo, la URSS no se limitó a elaborar leyes: también aplicó políticas concretas y especializadas para el libre desarrollo del pueblo gitano. En el marco de la política de korenizatsia (indigenización), el poder soviético fue el primero en la historia en tratar a los romaníes como una comunidad con derecho a un desarrollo cultural propio y libre de persecución: crearon un alfabeto romaní estandarizado, impulsaron la prensa en lengua romaní, fundaron un Teatro Romaní en Moscú y organizaron escuelas específicas para la población gitana en varias repúblicas soviéticas, iniciativas documentadas en obras como New Soviet Gypsies: Nationality, Performance, and Selfhood in the Early Soviet Union (Brigid O’Keeffe, 2013) y artículos como Romani Culture and Social issues – The history of the Romen Theatre, que citan un ejemplo emblemático de este esfuerzo pionero fue la fundación del Teatro Romen en Moscú, el primer teatro gitano profesional del mundo y aún hoy el mayor símbolo de la preservación de la identidad cultural romaní. La idea surgió de una propuesta de la Juventud Comunista y fue apoyada por Anatoly Lunacharski, comisario del pueblo de Educación. El 4 de octubre de 1930 se aprobó la creación de un teatro Indo-Gitano (haciendo referencia a la patria ancestral india de los romaníes). Ivan Rom-Lebedev —voluntario del Ejército Rojo en la Guerra Civil, voluntario del Ejército Rojo en la Guerra Civil Rusa, militante del PCUS, director del Coro Gitano, actor, escritor, dramaturgo, guitarrista y Artista de Honor de la República Socialista Federativa Socialista de Rusia (RSFSR) — fue puesto al frente de los trabajos iniciales. El taller artístico se inauguró el 24 de enero de 1931 en el antiguo Club Letón de Moscú. La primera obra, Atasia la adadives, fue dirigida por Moishe Goldblat. Poco después llegó Life on Wheels (Vida sobre ruedas), representada en romaní, que narraba la transformación de “antiguos gitanos” en “nuevos gitanos soviéticos”, combinando realismo socialista con la lógica de la política de nacionalidades.

El teatro cambió su nombre a Teatro Romaní Gitano de Moscú y se convirtió en un espacio emblemático donde el drama y la música romaní se entretejían con los ideales socialistas. Sus artistas viajaban en verano a las granjas colectivas gitanas para llevar las obras directamente a sus “hermanos rurales”. Obras como Los juegos de Tabor, Nosotros, los Gitanos o Hola, Pushkin (dirigida originalmente por el propio Ivan Rom-Lebedev) han llevado la cultura romaní a escenarios internacionales en Japón, Francia, Italia, Yugoslavia y más allá. Gran parte de este mérito corresponde a la labor de los militantes comunistas romaníes y los propios intérpretes del teatro, que se labraron una autoridad sobre el arte romaní soviético. Aunque el repertorio inicial se centró en obras escritas por autores romaníes, pronto se ampliaron clásicos con adaptaciones, y el teatro recibió la influencia del sistema de actuación de Konstantin Stanislavski, que exigía una profunda preparación psicofísica y ética. Durante la guerra, la compañía realizó giras por más de sesenta localidades en Siberia, el Extremo Oriente, Asia Central y el Cáucaso, recibiendo la medalla “Defensa del Cáucaso” por su contribución político-cultural.

Política económica, social y cultural

Estos procesos estaban insertos en el plan estatal de nacionalidades, acompañados de congresos y resoluciones oficiales que definían a los romaníes como un pueblo oprimido por el viejo orden zarista y burgués. Por tanto, proclamaron que el nuevo Estado debía asegurarle el acceso a la educación, la cultura y la tierra. En el plano socioeconómico, las primeras autoridades soviéticas promovieron la programas de sedentarización voluntaria y la incorporación del pueblo gitano a la economía planificada, mediante la creación de los koljos (granjas colectivas) romaníes, el acceso a créditos estatales, la escolarización masiva de la infancia y la incorporación de cuadros romaníes a estructuras políticas, sociales y culturales. El estudio académico de Elena Marushiakova y Vesselin Popov titulado Between two epochs: Gypsy/Roma movement in the Soviet Union and in the post-Soviet space de la Universidad de St Andrews recoge que la primera agrupación gitana de la Liga de la Juventud Comunista (Komsomol) fue establecida en Moscú en 1923 y también estaba encabezada por Ivan Rom-Lebedev, que precisamente añadió “Rom” a su apellido como declaración orgullosa de su identidad.

La agrupación fundada por Ivan Rom-Lebedev se transformó posteriormente en la Unión de Gitanos de toda Rusia en 1925. Según los autores, “con la asistencia del Partido y las organizaciones soviéticas que apoyaban las actividades de los militantes del Komsomol y de los gitanos de Moscú”, la sociedad voluntaria creció hasta convertirse en esta Unión, cuyos objetivos eran “unir a los gitanos, defender sus intereses, mejorar su desarrollo cultural, involucrarlos en labores, ayudar a establecer arteles y comunas laborales, organizar la transición voluntaria de los gitanos nómadas a una vida sedentaria, establecer clases vespertinas y dominicales, clubes y bibliotecas, publicar periódicos, libros y folletos en lengua romaní, combatir la embriaguez, la mendicidad y la adivinación”. En los años 30, incluso se planteó como hipótesis crear un distrito o una región nacional romaní, inspirada en el Óblast Autónomo Judío, pero nunca se llegó a materializar. Según los censos soviéticos y estudios posteriores, las mayores concentraciones oficiales se daban en Rusia, Ucrania y Moldavia. La cifra oficial de gitanos en toda la URSS ―pertenecentes a subgrupos como Ruska Roma, Kalderash, Lovari, Ursari, etc.― rondaba los 200.000-250.000 en las últimas décadas.

Aunque la integración de estas comunidades con el resto de la sociedad soviética fue desigual y encontró resistencias culturales y prejuicios sociales que perduraban en algunos sectores de la población, los estudios historiográficos actuales subrayan que ningún otro Estado contemporáneo desarrolló un programa tan sistematizado de alfabetización, profesionalización y reconocimiento institucional para la población gitana. De hecho, este programa contrastó de manera radical con la situación en Europa occidental y central, donde se mantenían ordenanzas antigitanas, prácticas de expulsión y criminalización, hasta desembocar en el genocidio nazi (Porrajmos), que exterminó cientos de miles de romaníes en los territorios ocupados, también en la URSS.

Frente a ese contexto, la rica y relativamente desconocida experiencia soviética de los años veinte y primeros treinta se presenta como un pequeño renacimiento para el pueblo romaní, impulsado conscientemente desde el Estado soviético. Marushiakova y Popov destacan que, hasta 1938, “la política hacia los gitanos se basaba en su tratamiento como una nacionalidad separada, que debía desarrollarse sobre todo como una comunidad étnica, parte de la sociedad soviética, mediante la creación de koljos gitanos separados, arteles gitanos, escuelas gitanas, etc.”. Esta fase incluyó incluso campañas de agitación específicas entre gitanos nómadas para la sedentarización y su incorporación a la agricultura, inclusión laboral en las ciudades, estandarización de la lengua romaní, alfabetización masiva y desarrollo de una cultura romaní proletaria. Estas políticas, impulsadas bajo el liderazgo del Partido Comunista y del Estado soviético, representaron un esfuerzo sistemático de reconocimiento étnico-cultural sin precedentes.

Desaceleración de las políticas romaníes, destrucción de la URSS y su legado

El posterior giro recentralizador y la convulsa política interna soviética, que enfrentaba numerosas amenazas internas y externas, desaceleraron estas instituciones en parte. El paradigma cambió ligeramente, pero no como podría sugerir la propaganda anticomunista. En momentos posteriores adoptaron una aproximación más centralista que veía a los gitanos como parte integral de la sociedad soviética, sin distinciones tan específicas en las esferas económicas y educativas, pero manteniendo el apoyo estatal constante en el plano etnocultural. La represión y las purgas, aunque sí afectaron a personas gitanas, no respondía a una motivación racista antigitana, sino a las dinámicas políticas que afectaron a todo el pueblo soviético. Posteriormente, el decreto de 1956 bajo Jrushchov prohibió el nomadismo de forma más estricta. Este cambio de enfoque no eliminó por completo los avances previos, pero sí limitó el desarrollo autónomo de instituciones específicamente romaníes. Para cuando se disolvió la URSS en 1991, la visibilidad específica del romaní como lengua y cultura había alcanzado estadios de desarrollo limitados en comparación con el impulso inicial, y la caída del sistema volvió a dejar a las comunidades gitanas expuestas nuevamente a la pobreza y racismo, al igual que muchas otras minorías que conformaban el país más extenso de la historia.

Sin embargo, el precedente histórico que sentó la URSS quedó registrado, convirtiéndolo en el primer Estado moderno que, de forma explícita, consciente y sistematizada combinó reconocimiento oficial, infraestructura cultural propia y políticas sociales específicas dirigidas a la emancipación del pueblo romaní, mientras que en las "democracias" liberales reinaba la exclusión y la violencia abierta tolerada por los estados. Esta rica experiencia soviética de los años veinte y primeros treinta, aunque sigue siendo relativamente desconocida, fue un alivio y una oportunidad para el pueblo romaní soviético, lo que lo convierte en un punto de referencia que difícilmente se puede omitir al analizar experiencias de políticas de protección hacia minorías perseguidas.