El sector militar global no rinde cuentas climáticas. La Convención de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático no obliga a los Estados a declarar las emisiones derivadas de la actividad militar, lo que produce el llamado Military Emissions Gap. Cuando investigadores independientes lo han estimado, el resultado es contundente: el conjunto de las fuerzas armadas del mundo emite aproximadamente 2.750 millones de toneladas de CO₂ equivalente al año, alrededor del 5,5% de las emisiones globales —más que la aviación y la marina civil sumadas, y más que las emisiones nacionales totales de Rusia (Conflict and Environment Observatory y Scientists for Global Responsibility, 2022, datos actualizados en 2025). Si las fuerzas armadas mundiales fueran un país, ocuparían el cuarto puesto en huella de carbono global.

​​​​​​​​​​​​​​El mayor consumidor institucional de petróleo mundial

El Departamento de Defensa de Estados Unidos es el mayor consumidor institucional de hidrocarburos del planeta. Sólo este concentra entre el 77% y el 80% del consumo total de energía del gobierno federal estadounidense desde 2001 y compra más de 100 millones de barriles de petróleo al año según el "Costs of War Project". Solo entre 2001 y 2017, el Pentágono emitió 1.200 millones de toneladas de CO₂ equivalente, una cifra superior a la huella anual conjunta de Suecia, Dinamarca y Portugal. De esa cifra, más de 400 millones de toneladas son atribuibles directamente al consumo de combustible en las guerras post-11S (Iraq, Afganistán, Pakistán, Siria). En 2017 las emisiones anuales del Pentágono superaron los 59 millones de toneladas de CO₂, suficientes para situarlo como el 55º país emisor del mundo.

Las emisiones militares europeas no se quedan atras. Los estados miembros alcanzaron unos 39 millones de toneladas en 2021 según CEOBS, con Francia aportando aproximadamente un tercio del total UE+OTAN (europeos). Un estudio académico citado por CEOBS encuentra que cada incremento del 1% del gasto militar como porcentaje del PIB se traduce en un aumento de hasta el 2% en las emisiones nacionales de gases de efecto invernadero.

Ucrania y Gaza

La Initiative on GHG Accounting of War, dirigida por Lennard de Klerk con la National University of Life and Environmental Sciences de Ucrania y el apoyo de la European Climate Foundation, ha estimado que el conflicto ha generado 311 millones de toneladas de CO₂ equivalente entre febrero de 2022 y febrero de 2026, una cifra comparable a las emisiones anuales completas de Francia. Solo en 2025 ardieron 1,39 millones de hectáreas en Ucrania —muy por encima de los promedios prebélicos— y los incendios suponen ya el 23% de las emisiones de guerra. Resulta a su vez interesante, que, a pesar de que los aspectos climáticos no tengan ningún protagonismo en las mesas de decisión de la guerra, Ucrania ha anunciado en COP30 que reclamará a Rusia más de 57.000 millones de dólares por daño climático, lo que sería la primera reclamación interestatal por emisiones inducidas por conflicto.

A las emisiones se suma la contaminación física, donde hasta junio de 2025, más de 139.000 km² del territorio, una superficie similar a la de Grecia, se consideraban potencialmente contaminados con minas o municiones sin detonar (ISPI / UNMAS). De los 42 millones de hectáreas agrícolas, solo 24 millones son accesibles. Las pérdidas para el sector agrícola se estiman en 83.900 millones de dólares, y al ritmo de desminado actual la Cámara de Cuentas ucraniana calcula que harían falta 83 años para limpiar todas las tierras de cultivo afectadas.

En septiembre de 2025, la segunda evaluación de UNEP sobre Gaza cifró en 61,5 millones de toneladas los escombros generados por la guerra, una cantidad 20 veces superior a la suma de todos los conflictos anteriores en la Franja. Aproximadamente el 15% de esos escombros presentan riesgo de contaminación elevada (asbesto cancerígeno, residuos químicos, municiones sin detonar). La degradación ecológica se sintetiza en los siguientes números: a mayo de 2025, el 97,1% de los cultivos arbóreos, el 82,4% de los cultivos anuales, el 95,1% del matorral y el 89% de las praderas estaban dañados. De los 54 depósitos y bombeos de agua de la Franja, solo nueve permanecen operativos y únicamente tres sin daños. Cada día se vierten al Mediterráneo unos 130.000 metros cúbicos de aguas residuales sin tratar (UNEP 2024, 2025). UNEP considera que la recuperación ambiental requerirá décadas si es que Israel dejase de intervenir militarmente en el territorio.

​​​​​​​​​​​​​​Las herencias químicas

Las guerras del siglo XXI han dejado pasivos ambientales que se cobran víctimas durante generaciones. Entre 2003 y 2004, fuerzas estadounidenses dispararon aproximadamente 181.000 obuses con uranio empobrecido en territorio iraquí, especialmente en Fallujah. Estudios publicados en el International Journal of Environmental Research and Public Health (2010) y en Conflict and Health (2011) documentaron en Fallujah una multiplicación por 38 de los casos de leucemia infantil (frente a una multiplicación por 17 entre supervivientes de Hiroshima y Nagasaki), incrementos significativos en cánceres y anomalías congénitas, así como niveles de uranio en cabello de padres de niños afectados 28 veces superiores a lo normal. 

Ningún mecanismo de freno

El acuerdo climático de París opera sobre datos incompletos. SIPRI registró un aumento del 9,4% en el gasto militar mundial en 2024 frente a 2023 —el mayor incremento interanual desde el fin de la Guerra Fría—, y proyecta que el rearme en marcha "bloqueará durante décadas equipamiento intensivo en combustibles fósiles" (CEOBS, 2025). Sin obligación internacional de declarar emisiones militares y con un sector en absoluto auge para la lucha interimperialista, el cumplimiento de la senda de 1,5 °C se queda en anécdota.