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Liceos franceses en llamas

Más de 6.100 detenidos, dos jóvenes mutilados por granadas policiales y disparos de LBD, y hasta 1.800 liceos bloqueados: la revuelta estudiantil desborda al Gobierno y plantea la hipótesis de una huelga general impulsada desde abajo.

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Foto: vía @PicturesFoIder (X)
Foto: vía @PicturesFoIder (X)

A finales de septiembre de 2026, un liceo de la banlieue parisina amanece bloqueado. Los estudiantes han montado barricadas con contenedores y sillas en la entrada. En el patio, una asamblea general decide por votación a mano alzada mantener el bloqueo en apoyo a los profesores en huelga, mientras las caceroladas se extienden por los pasillos. En apenas dos semanas, ese motín local se propaga como la pólvora y se convierte en la mayor movilización estudiantil francesa en décadas: hasta 1.800 liceos afectados según los sindicatos, aunque el Ministerio de Educación reconoce solo “cientos”. Más de 6.100 detenidos, la mayoría menores de edad. Veinticuatro centros dañados o incendiados según el ministerio. La lucha se ha saldado con un estudiante de 15 años en Lens con una mano amputada por una granada de policial; otro en Tours ha perdido un ojo por un disparo de LBD. La represión no es un daño colateral: es parte del conflicto.

A partir del liceo de la periferia parisina y la solidaridad con profesores en huelga, los bloqueos, las caceroladas y las marchas se han ido multiplicando. El 6 de octubre se convirtió así en la mayor jornada de acción hasta la fecha: estudiantes, profesores y padres marcharon juntos en París, Marsella, Lyon y Nantes, con bloqueos en cientos de centros y el apoyo declarado de los sindicatos CGT, Solidaires, FSU y FO. El Gobierno ha entrado en crisis: Sébastien Lecornu acaba de sustituir a Bayrou al frente de Matignon. El Ejecutivo anuncia medidas como el reemplazo de profesores ausentes y revisión de horarios. Pero los sindicatos estudiantiles, empezando por la USL, los consideran insuficientes. Jean-Luc Mélenchon, de LFI, compara la situación con el Mayo del 68.

Demandas y diagnóstico

Las demandas estudiantiles y sindicales se agrupan en tres ejes. Primero, más inversión en educación: falta de profesores, aulas hacinadas, edificios deteriorados. Segundo, rechazo a horarios de 8 a 18 horas. Tercero, crítica frontal a los recortes presupuestarios y a la austeridad, en un contexto de crisis de Gobierno y recortes de decenas de miles de millones de euros. En el ámbito universitario, la Fage, primera organización estudiantil, ha llamado a sumarse al movimiento, con una quincena de universidades bloqueadas, incluida París I. La Union étudiante reclama la derogación de la ley “Bienvenue en France”, que se restablezcan las APL a la vivienda y un aumento de la inversión en educación superior. En Nantes, los estudiantes actúan como organizadores y mediadores en las asambleas de instituto, conformando una transmisión intergeneracional de la protesta.

Actores y alianzas: sindicatos, partidos y la cuerda floja de LFI

Los sindicatos estudiantiles (USL, Union étudiante y Fage) han tejido alianzas con las centrales de trabajadores CGT, Solidaires, FSU y FO, que vienen respaldando las movilizaciones juveniles incluso en los momentos de mayor combatividad. En algunos bloqueos de liceos se han visto movilizaciones conjuntas de trabajadores y estudiantes, aunque su peso real está en disputa. En el plano político, LFI juega un papel moderador, con una de cal y otra de arena: Éric Coquerel llama al Gobierno a “mantener la cordura” y critica que “la única respuesta sea la represión”, mientras Mélenchon declara que “los Insumisos llaman a métodos de lucha no violentos”. Bompard acusa al Gobierno de “caer en el conspiranoicismo” por las acusaciones de instigación contra LFI. Matignon se acusa a LFI de “organizar” el movimiento, y Aurore Bergé afirma que Mélenchon “llama a una especie de insurrección”. LFI camina así sobre la cuerda floja entre absorber la energía del movimiento y evitar ser catalogado como organizador de disturbios, con la vista puesta en las elecciones presidenciales de 2027.

Represión, impunidad policial y respuesta institucional

El balance represivo es abrumador: más de 6.100 detenidos desde el inicio del movimiento, la mayoría menores de edad, en torno al 85% según los datos disponibles hasta el momento. Hay cientos de heridos entre estudiantes y personal docente. Además de la mano amputada en Lens y el ojo perdido en Tours, se han registrado decenas de heridos graves. La Inspección General de la Policía Nacional (IGPN) ha abierto investigaciones sobre al menos 10 casos, pero hasta ahora ningún agente ha sido responsabilizado. La Liga de Derechos Humanos califica la situación como “una negación de las libertades fundamentales” y señala que el Gobierno utiliza “armas de guerra” contra menores. La investigadora Robi Morder sostiene que esta represión sistemática contra menores es “sin precedentes”. El Gobierno ha respondido con medidas administrativas: el ministro de Educación, Geffray, exige “impartir docencia a distancia cuando los disturbios o bloqueos impidan la recepción segura de los alumnos”, y todos los prefectos han recibido una orden de excepción: prohibir concentraciones en los alrededores de los cerca de 400 institutos cerrados. Algunas prohibiciones han sido anuladas por los tribunales administrativos, pero el Gobierno insiste en reeditarlas, creando un ciclo de “prohibición—anulación—nueva prohibición”.

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Dinámicas de fondo: los Chalecos Amarillos, una posible confluencia explosiva

En TikTok, bajo el hashtag #giletsjaune2026, circulan numerosos vídeos que llaman a una acción el 17 de octubre. Los impulsores son mayoritariamente jóvenes que nunca participaron en el movimiento de 2018. El detonante es el precio del combustible: la gasolina supera los 2 euros por litro y el diésel roza los 2,30. Las figuras históricas de los Chalecos Amarillos están básicamente en silencio. Jérôme Rodrigues, una de ellas, predice: “Los Chalecos Amarillos no volverán en la forma de 2018, pero puede ser una nueva revuelta popular de mayor escala”. La posibilidad de confluencia con el movimiento estudiantil es incierta pero digna de seguimiento. Las demandas se van solapando (educación, anti-austeridad, poder adquisitivo), pero la lógica organizativa es distinta: el movimiento estudiantil tiene canales de contacto con sindicatos y partidos; los Chalecos Amarillos 2.0 serían aún más descentralizados y se articularían por redes sociales. El escenario más probable a corto plazo es el de las luchas paralelas más que una fusión efectiva, con puntos de contacto en las calles pero sin dirección unificada.

¿Condiciones para una huelga general?

Las condiciones favorables se van acumulando: el movimiento estudiantil se prolonga más de una semana y abarca cientos de institutos; los sindicatos ya se han volcado en su apoyo; la incorporación universitaria amplía la base social; la violencia policial multiplica la indignación, que se extiende de la educación al poder adquisitivo; el Gobierno se muestra vacilante pero necesita efectuar recortes masivos. Sin embargo, también persisten condiciones desfavorables para la huelga: el Gobierno califica el movimiento de “manipulado por LFI” para aislarlo; el carácter espontáneo y descentralizado del movimiento estudiantil dificulta que los sindicatos lo “absorban” hacia una huelga general; las organizaciones revolucionarias combativas son hoy por hoy relativamente minoritarias; el carácter desorganizado de los amagos de los Chalecos Amarillos 2.0 también dificulta un frente de huelga unificado; y falta unidad de acción entre las distintas centrales sindicales. Las variables clave son si los sindicatos logran “traducir” las demandas estudiantiles a cuestiones laborales negociables, si los Chalecos Amarillos del 17-O confluyen o transcurren en paralelo, si el Gobierno mantiene la escalada represiva o abre una salida negociada y si LFI consigue capitalizar el descontento sin ser utilizado como chivo expiatorio para criminalizar el movimiento.

El Estado francés se vuelve a perfilar como epicentro de la conflictividad social. La pregunta que queda abierta es si la juventud puede sostener por sí misma la presión hasta una huelga general y si el “otoño caliente” francés se convertirá en un “invierno de huelgas” o si se apagará. El elemento diferenciador respecto a Grecia y similar con el Estado español y Alemania es que en el caso francés la iniciativa ha sido juvenil y estudiantil, no del sindicalismo laboral, lo que plantea un desafío inédito a las estructuras tradicionales de la protesta y abre un ciclo de politización para toda una generación trabajadora.