El presidente español Pedro Sánchez ha celebrado los resultados del reciente Índice de Democracia de The Economist Intelligence Unit (EIU), que le otorgan una alta puntuación a su país. Sánchez ha reivindicado en una publicación de X los resultados de este informe como "datos de la ciencia" para consolidar su relato de que "España que se sitúa entre las democracias más plenas del mundo". Sin embargo, el triunfalismo del Ejecutivo español omite el hecho de que ese mismo índice otorga a Israel una puntuación de "país democrático", una calificación que choca frontalmente con la realidad de la ocupación en Palestina, el genocidio denunciado por organismos internacionales y la guerra que libra contra el Líbano e Irán.

La validez "científica" que Sánchez otorga a este ranking queda en entredicho al observar cómo la publicación británica mantiene a Israel con una de las puntuaciones más altas de su región. Mientras el Gobierno español presenta estas cifras para acallar el "ruido" de la oposición interna, el índice de The Economist demuestra un profundo sesgo liberal al centrarse en procedimientos institucionales y participación electoral, ignorando la destrucción sistemática de los derechos y la segregación racial contra la población palestina. Como ejemplo más reciente, el Estado de Israel acaba de aprobar la pena de muerte por ahorcamiento exclusivamente para presos palestinos acusados de cometer homicidios contra israelíes, convirtiéndose el único país del mundo que impone penas de muerte selectivas según el origen étnico. Con esto y con los últimos tres años de genocidio que se suman a siete décadas de ocupación, matanzas y apartheid, Israel parece ser un país "democrático" para The Economist.

En su mensaje, Sánchez apela a la "estabilidad" y a una "España cada día mejor"- Al abrazar este ranking sin matices como "ciencia", el Gobierno español no solo busca prestigio exterior, sino que acaba validando un marco ideológico que normaliza regímenes de ocupación. Esta coincidencia de intereses entre el optimismo de Sánchez y el blanqueamiento de Israel pone de manifiesto la vacuidad de los índices de "calidad democrática" occidentales. Mientras las bombas caen en Gaza y Líbano, y se mantienen los asentamientos ilegales, The Economist celebra una "mejora global" en la salud de la democracia y Sánchez lo utiliza para su propia campaña de imagen. Al final, lo que el presidente denomina "datos de la ciencia" no es más que un mecanismo de distracción para evitar el debate sobre la complicidad internacional con el colonialismo y la erosión real de las libertades bajo el dogma del orden liberal.