El 21 de abril de 1946, apenas un año después de que las armas callaran en Europa tras la derrota del fascismo ante el Ejército Rojo de Obreros y Campesinos de la Unión Soviética, el Partido Comunista de Alemania (KPD) y el Partido Socialdemócrata (SPD) se fusionaron para dar lugar al Partido Socialista Unificado de Alemania (SED). Internationale Forschungsstelle DRR recuerda el acontecimiento en un dosier publicado este 20 de abril. El texto recuerda que esta unión, lejos de ser un mero trámite administrativo, representó la reconstitución del movimiento obrero y socialista organizado sobre una base marxista revolucionaria dentro de la zona de influencia soviética. Tras tres décadas de divisiones entre socialistas revolucionarios y reformistas que facilitaron el ascenso del nazismo y doce años de represión nazi, la reunificación sobre bases marxistas revolucionarias se presentó como la única garantía de que el curso de alemania no lo determinara la burguesía reaccionaria nazi, sino la clase trabajadora.

La historiografía liberal dominante ha intentado imponer el relato de la "fusión forzosa" (Zwangsvereinigung), alegando que "Moscú obligó a los socialdemócratas a aceptar la unión". Sin embargo, este enfoque oculta que el apoyo a la unificación entre las bases del SPD era sustancial y nacía de una convicción profunda forjada bajo el yugo nazi. El historiador Günter Benser señala que el colapso del socialismo en 1989 reactivó estas narrativas anticomunistas para deslegitimar este episodio histórico que facilitó la génesis de la República Democrática Alemana (DDR). Pero la realidad histórica de una Alemania ocupada por las potencias que salieron victoriosas de la II Guerra Mundial implicaba la intervención de todas las potencias, no solo de la URSS; mientras los aliados occidentales prohibían sindicatos transversales, saboteaban referéndums de nacionalización e imponían ilegalizaciones a los comunistas, la administración soviética permitió y promovió la organización de partidos claramente antifascistas que asumieran las urgentes tareas de reconstrucción.

Las bases de un programa común y la ruptura con el pasado

La unificación, por tanto, no fue un proceso improvisado ni sencillo, sino que se cimentó sobre tres pilares programáticos ampliamente discutidos. Primero, los firmantes adoptaron el compromiso de no repetir los errores de 1918, asegurando que la caída de los líderes nazis no dejara intactas las estructuras de poder económico y que el mando militar fascista no se pudiera recomponer. Esto implicó la expropiación de los medios de producción en sectores estratégicos y el desmantelamiento de los latifundios como base del militarismo prusiano. Segundo, el SED estableció el marxismo revolucionario como fundamento ideológico, recuperando el Manifiesto Comunista y el Programa de Erfurt. Finalmente, plantearon la tesis de una "vía alemana al socialismo" que, según Anton Ackermann, permitiera una transición mediante la creación de una república democrático-antifascista bajo el liderazgo de la clase obrera sin desembocar en una guerra civil. La URSS, por supuesto, no iba a permitir que este proyecto fuera destruido por la fuerza desde occidente.

Frente a esta voluntad de unidad real surgieron figuras hostiles como Kurt Schumacher, dirigente del SPD, quien se opuso frontalmente a la unión con los comunistas desde su oficina en Hannover y con el respaldo del ejército británico. El enfoque de Schumacher, centrado en llegar al poder estatal "desde arriba", tenía un profundo cariz anticomunista y antisoviético, por lo fue calificado por oficiales de la URSS como la base del "primer partido legal antisoviético en Alemania". Sin embargo, los líderes del SPD en el Este, como Otto Grotewohl, desobedecieron a las directrices de Schumacher y se acercaron a los comunistas. A pesar de estos intentos de sabotaje y de los plebiscitos internos manipulados en las zonas occidentales, la SED logró aglutinar a 1,3 millones de miembros fundadores, convirtiéndose en el motor de la transformación social y del dinamismo político de una nueva clase obrera alemana que renacía entre las ruinas para construir un nuevo Estado

Hechos contrastables y el veredicto de la historia

La historiografía consultada por indican que las demandas de socialización de la economía y expropiación de criminales de guerra no eran exclusivas de los comunistas; incluso la Unión Demócrata Cristiana (CDU) llegó a pedir nacionalizaciones en 1947 ante el descrédito total del capitalismo y los industriales alemanes tras la catástrofe bélica nazi. No obstante, estas promesas solo se materializaron en el Este. En la Alemania Occidental, por el contrario, el movimiento obrero permaneció fracturado y el anticomunismo se mantuvo como doctrina de Estado. Además, los beneficiarios e impulsores del régimen nazi mantuvieron sus posiciones de privilegio en el gran capital monopolista.

"Solo la unidad de todos los trabajadores garantiza la victoria de nuestro trabajo", rezaban los carteles del KPD en 1945, mientras el SPD recordaba que "los barones de la minería han caído" y que solo la unidad haría fuerte al movimiento obrero.

En última instancia, la formación del SED permitió la única experiencia de construcción socialista estable en suelo alemán. Sin esta herramienta política, las aspiraciones de transformación antifascista radicalizadas corrían el riesgo de ser fácilmente absorbidas por la restauración liberal-capitalista impuesta en el bloque occidental. Los hechos históricos, rigurosamente analizados por la Internationale Forschungsstelle DRR, muestran que esta experiencia de unidad no se puede reducir a una "coacción de la URSS", ya que existía una necesidad histórica expresada y organizada de forma clara y contrastable en una clase trabajadora que, tras sufrir el horror del fascismo, comprendió que su supervivencia y emancipación dependían de superar la división que la habían condenado anteriormente, una división que fue superada con un programa de construcción socialista que se extendería durante años.