La capacidad operativa del ejército de Estados Unidos en Oriente Medio ha sufrido un golpe de dimensiones inéditas desde el inicio de la guerra el pasado 28 de febrero. Una investigación exhaustiva de The Washington Post, basada en el análisis de imágenes satelitales de alta resolución, indica que al menos 228 estructuras y equipos militares han sido dañados o destruidos en emplazamientos estadounidenses repartidos por la región. El nivel de devastación supera ampliamente las cifras admitidas públicamente por la Administración Trump, evidenciando que la red de bases, hangares, depósitos de combustible y sistemas de defensa aérea ha sido perforada de manera sistemática por el fuego iraní.

El análisis detalla represalias directas contra objetivos estratégicos importantes, incluyendo equipos de misiles Patriot en Bahréin y Kuwait, radares de defensa THAAD en Jordania y Emiratos Árabes Unidos, así como la destrucción de un avión de control E-3 Sentry en Arabia Saudí. Según los datos verificados por el diario estadounidense, más de la mitad de los daños se concentran en el cuartel general de la 5ª Flota en Bahréin y en las bases de Ali al-Salem, Camp Arifjan y Camp Buehring en Kuwait. "Los ataques iraníes fueron precisos; no hay cráteres aleatorios que indiquen fallos", afirma Mark Cancian, asesor principal del Center for Strategic and International Studies (CSIS), tras revisar la documentación visual que muestra impactos quirúrgicos en cuarteles, gimnasios y comedores destinados al personal.

La vulnerabilidad de estas instalaciones muestra lo que expertos militares describen como un fracaso en la adaptación a la guerra moderna de drones y una infravaloración de la inteligencia previa de Irán sobre la infraestructura estadounidense. Según estimaciones del CSIS, el ejército de EEUU ha agotado ya el 53% de su inventario de interceptores THAAD y el 43% de los Patriot para intentar frenar la ofensiva, lo que supone un "coste enorme" en términos materiales y financieros, además de la dificultad de lograr materias primas para producir el arsenal y el tiempo necesario para reponerlo. Decker Eveleth, analista del Center for Naval Analyses, señaló que los drones de ataque, aunque con cargas pequeñas, son "más difíciles de interceptar y mucho más precisos", convirtiéndose en un dolor de cabeza para las fuerzas estadounidenses que operan en la región.

El impacto humano de los ataques asciende a siete militares fallecidos y más de 400 heridos confirmados hasta finales de abril, de los cuales al menos 12 presentan lesiones graves. Este balance, que no ha podido ser confimado por ninguna fuente independiente, ha forzado al Mando Central de EEUU (CENTCOM) a reubicar gran parte de su personal fuera del alcance de los proyectiles iraníes, llegando a trasladar el cuartel general de la 5ª Flota a la base aérea de MacDill en Florida. Funcionarios estadounidenses, bajo condición de anonimato, han sugerido que es poco probable que las tropas regresen a las bases regionales en grandes números en el corto plazo, reconociendo que el campo de batalla se ha vuelto "transparente" ante la capacidad tecnológica de Teherán.

Mientras tanto, el flujo de información sobre la guerra sufre un bloqueo impuesto por el gobierno de Estados Unidos, que ha solicitado a los principales proveedores comerciales de satélites, Vantor y Planet, que retengan o retrasen la publicación de imágenes de la zona de guerra. Esta opacidad informativa ha sido contrarrestada por agencias estatales iraníes, que han difundido capturas de alta resolución de los impactos, cuya autenticidad ha sido confirmada por el Post mediante la comparación con los sistemas de la Unión Europea (Copernicus). Ante estas evidencias, William Goodhind, investigador de Contested Ground, concluyó que Irán ha atacado deliberadamente edificios de alojamiento "con la intención de infligir bajas masivas", evidenciando que ninguna instalación estadounidense en la zona puede considerarse segura.