El 2 de julio de 1976, la Asamblea Nacional de Vietnam, reunida en Hanói desde el 24 de junio, aprobó la resolución que proclamó la República Socialista de Vietnam, unificó los símbolos nacionales y renombró oficialmente Saigón-Gia Định como Ciudad de Ho Chi Minh. El texto, conservado en el Centro Nacional de Archivos III de Vietnam, estableció la bandera roja con estrella amarilla, el emblema con espigas de arroz y rueda dentada, la capital en Hanói y el himno Tiến quân ca. La firma de Trường Chinh, en nombre del Presidium, selló un proceso que había comenzado con la caída de Saigón el 30 de abril de 1975 y que se había formalizado con las elecciones legislativas del 25 de abril de 1976, en las que participó cerca del 99% del electorado y en las que todos los escaños fueron para candidatos del Frente de la Patria de Vietnam, una coalición de fuerzas políticas comunistas y patrióticas.
El 50 aniversario principal de la liberación del Sur y reunificación nacional se celebró en abril del año pasado, con un desfile masivo de unos 13.000 participantes, pero el hito institucional de 1976 se conmemoró este julio con actos en la capital sureña.
La reunificación no fue un proceso neutro ni una simple culminación natural de la historia sino, como recuerda la historiografía oficial vietnamita, el resultado de una larga y sangrienta resistencia que libró el pueblo vietnamita ante la agresión extranjera y con la aspiración de reunificar el país, un esfuerzo que llevó a cabo bajo el liderazgo del Partido Comunista de Vietnam. Los archivos abiertos desde los años noventa han permitido a varios académicos documentar que los líderes del Norte, y en particular Lê Duẩn y Ho Chi Minh, apostaron por la reunificación en clave comunista mediante la lucha armada, y que la decisión de escalar el conflicto no fue una reacción pasiva a la intervención estadounidense, sino también el resultado de debates internos. Otras investigaciones han revelado, frente a las narrativas que pretenden presentar a los comunistas vietnamitas como meros nacionalistas, el peso que tuvo la ideología marxista-leninista y maoísta en el proceso de liberación, dando una resolución socialista a la cuestión nacional.
Paralelamente, otros historiadores han recuperado la historia de la República de Vietnam (1955-1975) como un proyecto republicano anticomunista, con el objetivo de explicar su desarrollo político más allá de su relación con Estados Unidos y de estudiar las bases sociales con las que contó. Sin embargo, historiadores marxistas vietnamitas recuerdan que el Vietnam del Sur tampoco era el “proyecto democrático alternativo” que la historiografía occidental trata de presentar: era un Estado autoritario, sostenido en gran medida por Washington, con una élite corrupta y una profunda desigualdad social, cuya legitimidad se desmoronó ante la incapacidad de resolver la cuestión agraria y la dependencia económica y militar de EEUU. La diáspora anticomunista y ciertos sectores académicos occidentales presentan hoy aquel régimen del sur como “una república truncada por la fuerza de Vietnam del Norte y el Vietcong”, ignorando las razones materiales por las que el Frente de Liberación Nacional obtuvo un apoyo tan masivo en el campo y en las ciudades del Sur. Además, el sacrificio de la reunificación y los crímenes cometidos contra el pueblo vietnamita fueron tan inconmensurables que han sido difíciles de ocultar incluso para el poderoso aparato propagandístico y cultural de Washington.
La República Socialista de Vietnam, por su parte, impulsó la colectivización de la agricultura y la creación de “zonas económicas nuevas” tras la caída de Saigón, lo que desplazó a cientos de miles de personas del sur hacia regiones inhóspitas e impuso la reeducación de funcionarios y militares del antiguo régimen. La narrativa de la diáspora anticomunista, que conmemora este “Abril Negro” como si fuera una tragedia, tiende a presentar estos últimos episodios como una “persecución indiscriminada”, omitiendo que muchos de los que huyeron o fueron reeducados habían colaborado activamente con una potencia extranjera que bombardeó Vietnam con napalm, agente naranja y más de siete millones de toneladas de bombas, matando a cientos de miles de vietnamitas. La memoria de la diáspora anticomunista ha impuesto su relato en amplios sectores académicos y mediáticos de Occidente, donde el “Abril Negro” se conmemora con más eco que la liberación de Saigón porque encaja en la narrativa de legitimación conveniente para las potencias imperialistas que atormentaron durante décadas al pueblo vietnamita, hasta que fueron derrotadas.
Medio siglo después, Vietnam conmemora así su reunificación formal con la mirada puesta en el desarrollo económico y el futuro, pero la historia de la reunificación, como toda historia, sigue siendo objeto de disputa. Lo que ha quedado claro en estas cinco décadas es que la liberación de Vietnam no fue un accidente ni una imposición externa, sino el resultado de una guerra de liberación que el propio pueblo vietnamita libró contra tres imperios —primero Japón, luego Francia y finalmente Estados Unidos—, pagando un altísimo coste humano. La victoria del pueblo de Vietnam, que nunca se doblegó ante la mayor potencia militar de la historia, inspiró y sigue inspirando a los pueblos que luchan contra el imperialismo.